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Hacía varios días que los compañeros habían acampado allí, a las afueras de Kendermore. Estaban casi llegando al final de su viaje, el cual había sido un éxito completo. Aquella noche partirían en dirección a Flotsam bajo la protección de la oscuridad. Tenían suficiente dinero para alquilar un barco, además de lo que les quedaba para provisiones y para pagar una semana de alojamiento en Flotsam. Su última actuación había tenido lugar aquella tarde.

El joven mago se abrió camino hacia el fondo del carromato entre los trastos. Su mirada se posó sobre la reluciente túnica roja que pendía de un clavo. Tika había comenzado a empaquetarla, pero Raistlin le había gritado con furia para que se detuviera. Encogiéndose de hombros, la muchacha la había dejado en el mismo lugar y había salido a dar un paseo por el bosque, con la certeza de que —como de costumbre— Caramon la encontraría.

La huesuda mano de Raistlin tocó la túnica, sus esbeltos dedos acariciaron la reluciente tela de lentejuelas, y el mago lamentó que aquel período de su vida llegara a su fin.

—He sido feliz —murmuró Raistlin para sí—. Es extraño. ¡No ha habido muchas ocasiones en mi vida en las que haya podido decir algo parecido, ni cuando era niño, ni tampoco en estos últimos años, después de que torturaran mi cuerpo y me condenaran a tener estos ojos. Entonces nunca creí en la felicidad. ¡Qué insignificante era comparada con mi magia! De todas formas... estas últimas semanas han sido días de paz, de auténtica felicidad. No creo que vuelva a vivirlos de nuevo. No después de lo que debo hacer...

Raistlin sostuvo la túnica un instante más y luego, encogiéndose de hombros, la arrojó a un rincón y continuó avanzando hacia el fondo del carromato, donde había colocado una cortina para separarlo del resto y disponer así de cierta intimidad. Una vez allí corrió la cortina.

Fantástico. Disponía de varias horas para él solo, de hecho, hasta el atardecer. Tanis y Riverwind habían salido de caza. Caramon supuestamente también, aunque todos sabían que aquello era sólo una excusa para quedarse a solas con Tika. Goldmoon estaba preparando comida para el viaje. Nadie le molestaría. El mago asintió para sí, satisfecho.

Sentándose frente a una pequeña mesa que Caramon había construido para él con ramas y troncos, Raistlin sacó cuidadosamente una bolsa de aspecto ordinario de uno de los bolsillos más ocultos de su túnica. Era la bolsa que contenía el Orbe de los Dragones. Cuando tiró del cordel que la anudaba, sus esqueléticos dedos temblaron. La bolsa se abrió. Raistlin introdujo una mano, y lo sacó. Sosteniéndolo sin problemas en la palma de la mano, lo inspeccionó escrupulosamente para ver si se había producido en él alguna variación.

No. En su interior aún relucía aquella tenue luz verdosa. Todavía era tan frío al tacto como una piedra de granizo. Sonriendo, Raistlin lo sujetó delicadamente con una mano mientras con la otra palpaba por debajo de la mesa. Finalmente encontró lo que buscaba una pequeña base de tres patas tallada en madera. Alzándola, Raistlin la colocó sobre la mesa. No estaba muy bien construida —Flint se hubiera burlado de él. Raistlin no tenía ni el interés ni la destreza necesarias para trabajar la madera. La había tallado laboriosamente, en secreto, encerrado en el traqueteante carromato en los largos días del viaje. No, no estaba demasiado bien hecha, pero no le importaba. Serviría para sus propósitos.

El mago colocó el Orbe de los Dragones sobre la base. Era del tamaño de una canica y tenía un aspecto casi ridículo, pero Raistlin se recostó en la silla, aguardando pacientemente. Tal como esperaba, al poco rato aquella extraña esfera comenzó a aumentar de tamaño. ¿O no...? Tal vez él estuviera menguando. Raistlin no hubiera podido asegurarlo. Sólo sabía que, de repente, el Orbe tenía el tamaño apropiado. Si algo había cambiado, era él mismo, que era demasiado pequeño, demasiado insignificante, incluso, para estar en la misma estancia que el Orbe.

El mago sacudió la cabeza. Sabía que no debía perder el control, e inmediatamente se dio cuenta de los sutiles trucos que le estaba jugando aquel objeto para socavar ese control. Pronto, aquellos trucos no serían sutiles. Raistlin sintió seca su garganta. Tosió, maldiciendo sus débiles pulmones. Alentando temblorosamente, hizo un esfuerzo por respirar lenta y profundamente.

«Relájate. Debo relajarme. No tengo miedo. Soy fuerte. ¡Mira lo que he hecho!», pensó.

Silenciosamente invocó al Orbe: «¡Mira el poder que he conseguido! Acuérdate de lo que hice en el Bosque Oscuro. Acuérdate de lo que hice en Silvanesti. Soy fuerte. No tengo miedo».

Los colores del Orbe relucieron pálidamente, pero la esfera no respondió. El mago cerró los ojos unos instantes, retirando el Orbe de su vista. Recuperando el control, los volvió a abrir y lo contempló con su suspiro. El momento se acercaba.

El Orbe de los Dragones había recuperado su tamaño original. Casi podía ver las acartonadas manos de Lorac sujetándolo. El joven mago se estremeció.

«¡No! ¡Detente!», se dijo con firmeza, e inmediatamente hizo que la visión desapareciera de su mente.

Se relajó una vez más, respirando regularmente, con sus ojos de relojes de arena clavados sobre la esfera. Entonces extendió lentamente sus esbeltos dedos de tono metálico. Tras un último momento de vacilación, Raistlin colocó sus manos sobre el frío cristal y pronunció las antiguas palabras.

—Ast bilak moiparalan-Suh akvlar tantagusar.

¿Cómo sabía lo que debía decir? ¿Cómo sabía cuáles eran las palabras que harían que el Orbe lo comprendiera, y se diera cuenta de su presencia? Raistlin lo ignoraba. Sólo percibía que, de alguna manera, en algún lugar de su interior, ¡conocía las palabras! ¿Se las había dicho la voz que le había hablado en Silvanesti? Tal vez. No tenía importancia.

Volvió a repetir las palabras en voz alta una vez más.

—Ast bilak moiparalan—Suh akvlar tantagusar.

Lentamente, el fluctuante color verde se sumergió en una miríada de ondeantes y brillantes colores que daba vértigo contemplar. Bajo sus manos, el cristal era tan frío, que resultaba doloroso al tacto. Raistlin tuvo la terrorífica visión de que retiraba las manos y su carne quedaba pegada al helado Orbe. Apretando los dientes, ignoró el dolor y susurró las palabras de nuevo.

Los colores cesaron de ondear. Una luz relució en el centro, una luz que no era ni blanca ni negra, era de todos los colores y de ninguno a la vez. Raistlin tragó saliva.

¡De la luz surgieron dos manos! Le entró una desesperada urgencia de retirar las suyas, pero antes de que pudiera hacerlo las dos manos se las agarraron fuerte y firmemente. ¡El Orbe desapareció! ¡La habitación desapareció! Raistlin no veía nada a su alrededor. No había luz. No había oscuridad. ¡Nada! Nada... nada más que dos manos que sujetaban las suyas. Completamente aterrorizado, Raistlin se concentró en esas manos.

¿Eran humanas? ¿Elfas? ¿Viejas? ¿Jóvenes? No podía saberlo. Los dedos eran largos y esbeltos, pero su roce era el de la muerte. Si le soltaban caería en el vacío, impelido hasta que la piadosa oscuridad lo consumiera. Mientras se sujetaba a ellas con una fuerza nacida del terror, Raistlin comprendió que aquellas manos estaban arrastrándolo lentamente cada vez más cerca de..., arrastrándolo hacia... hacia...

De pronto Raistlin volvió en sí, como si alguien le hubiera arrojado agua fría a la cara.

«¡No! ¡No iré!» —le dijo a la mente que percibía que controlaba aquellas manos.

A pesar de temer que las manos dejaran de sujetarlo, todavía temía más ser arrastrado hacia donde no quería ir. No se soltaría.

«Mantendré el control» —afirmó con furia a aquella mente y, sujetándose con mayor ahínco, el mago hizo acopio de todas sus fuerzas, de toda su voluntad, y tiró de las manos hacia él.