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Fue asimismo durante este primer encuentro cuando se le otorgó su nombre al Monte Noimporta.

Los caballeros pronto descubrieron que, aunque los gnomos parecían estar emparentados con los enanos —ya que también eran de estatura muy baja—, cualquier similitud terminaba ahí. Los gnomos eran criaturas flacas, de piel oscura y cabellos blancos, muy nerviosos y de bastante mal genio. Hablaban tan deprisa que los caballeros, al principio, pensaron que utilizaban otro idioma. Después se dieron cuenta de que empleaban el Común a un ritmo exageradamente rápido. El motivo se hizo obvio cuando un anciano cometió el error de preguntarle a los gnomos el nombre de su montaña.

Traducido, sonó más o menos así: Una Gran, Inmensa, Alta Montaña Hecha de Varios Estratos de Roca de Los Cuales Hemos Identificado Granito, Obsidiana, Cuarzo, Además de Trazos de Otras Rocas En Las Que Aún Estamos Trabajando, Que Tiene Su Propio Sistema Interno de Calor, El Cual Estamos Estudiando Para Poder Copiarlo Algún Día, Que Calienta La Roca a Temperaturas Que La Convierten Tanto Al Estado Líquido Como Gaseoso Que Ocasionalmente Sale a La Superficie y Desciende Por La Ladera de La Gran, Inmensa, Alta Montaña...

—No importa —respondió el anciano, agotado.

¡No importa! Los gnomos quedaron impresionados. Pensar que algo tan gigantesco y maravilloso podía ser reducido por esos humanos a algo tan simple, era demasiado fantástico para poder creerlo y por tanto, a partir de ese día la montaña fue llamada monte Noimporta, para el alivio de la Hermandad gnómica de Cartógrafos.

Después de esto los caballeros de Sancrist y los gnomos vivieron en armonía; aquellos consultaban a los gnomos cualquier cuestión de naturaleza técnica que necesitara ser resuelta y estos les proporcionaban sus innumerables nuevos inventos.

Cuando llegó el Orbe de los Dragones, los caballeros precisaron saber como funcionaba. Lo dejaron bajo la custodia de los gnomos, y enviaron a dos de sus hombres para que lo vigilaran. La idea de que aquella esfera de cristal pudiera ser mágico se les pasó por la cabeza.

5

Los gnomos.

—Ahora recuerda. Ningún gnomo vivo o muerto ha acabado una frase en su vida. La única forma de llegar a algo es interrumpirlos. No temas ser grosero. Ellos cuentan con ello.

El anciano mago se vio interrumpido, a su vez, por la aparición de un gnomo vestido con una larga túnica marrón, quien se acercó a ellos y los saludó respetuosamente.

Tasslehoff examinó al gnomo con gran curiosidad. El kender nunca había visto anteriormente un ser de esta raza, aunque las viejas leyendas de la joya Gris de Gargath decían que esa raza y la suya tenían un parentesco lejano. Desde luego el joven gnomo tenía algo de kender —sus esbeltas manos, su expresión dispuesta, y unos ojillos agudos penetrantes que lo observaban todo. Pero aquí se acababa el parecido porque no tenía en absoluto aquel aspecto liviano de los kenders. El gnomo era nervioso, serio y de aspecto ajetreado.

—Tasslehoff Burrfoot —dijo educadamente el kender, extendiendo su mano. El gnomo la agarró, la observó atentamente y, como no encontró nada interesante en ella, la estrechó blandamente—. y éste... —Tas comenzó a presentar a Fizban, pero se detuvo cuando el gnomo cogió la vara jupak del kender.

—Oh... —exclamó aquél mientras sus ojos brillaban al mirar el arma—. Envía​a​buscar​un​miembro​de​la​Hermandad​de​Armas...

El guardia del nivel del suelo de la entrada a la montaña no aguardó a que el gnomo acabara la frase. Alargando una mano, tiró de una palanca y se oyó un agudo pitido. Convencido de que un dragón había aterrizado detrás suyo, Tasslehoff se giró dispuesto a defenderse.

—Un silbato —dijo Fizban—. Será mejor que te acostumbres a oírlo.

—¿Un silbato? —repitió Tas intrigado—. Nunca escuché uno similar. ¡Y además echa humo! ¿Cómo funciona...?.

—¡Eh! ¡Vuelve! ¡Devuélveme mi vara jupak! —gritó mientras su vara desaparecía velozmente por el corredor transportada por tres raudos gnomos.

—Sala​de​observación —dijo el gnomo —. En Skimbosh...

—¿Qué?

—Sala de Observación —tradujo Fizban—. El resto no lo he entendido. Realmente deberías hablar más despacio —dijo agitando su bastón en dirección al gnomo.

Este asintió, pero sus brillantes ojos miraban fijamente el bastón de Fizban. No obstante, al ver que era de madera y que estaba bastante gastado, el gnomo volvió a prestar atención al mago y al kender.

—Forasteros. Intentaré recordarlo... Intentaré recordarlo, por tanto no os preocupéis —ahora hablaba lentamente, vocalizando—, tu arma no será dañada, ya que simplemente vamos a hacer un dibujo...

—¿De verdad? —interrumpió Tas considerablemente halagado—. Si queréis podría haceros una demostración de cómo funciona.

Los ojos del gnomo se iluminaron.

—Eso sería maravilloso...

—Dime —interrumpió el kender de nuevo, sintiéndose feliz de estar aprendiendo a comunicarse—. ¿Cómo te llamas?

Fizban hizo un rápido gesto, pero era demasiado tarde.

—Gnoshoshallamarionininillis​yyphanidisdisslishxdie...

Hizo una pausa para recuperar la respiración.

—¿Ése es tu nombre? —preguntó Tas atónito.

—Sí —respondió el gnomo bastante desconcertado—. Es mi primer nombre, y ahora si me dejas continuar.

—¡Aguarda! —gritó Fizban—. ¿Cómo te llaman tus amigos?.

El gnomo volvió a tomar aliento.—Gnoshoshallamarloninillis...

—¿Y cómo te llaman los caballeros?

—Oh... —el gnomo pareció abatido—. Gnosh, si vosotros...

—Gracias —respondió Fizban—. Ahora, Gnosh, tenemos bastante prisa. Ya sabes, con esto de la guerra... Como el comandante Gunthar dice en su comunicado, debemos ver el Orbe de los Dragones.

Los pequeños ojos de Gnosh relampaguearon. Sus manos se retorcían nerviosas.

—Desde luego podéis ver el Orbe de los Dragones, ya que el comandante Gunthar lo ha solicitado, pero, si puedo preguntároslo, ¿qué interés tenéis en ese objeto aparte de una curiosidad normal?.

—Soy mago... —comenzó a decir Fizban.

—¡Es​mago! —exclamó el gnomo olvidándose de hablar despacio con la excitación—. Venid​inmediatamente​a​la​sala​de​observacion​y​a​que​el​orbe​del​dragón​fue​creado​por​los​hechiceros...

Tanto Tasslehoff como Fizban parpadearon sin entender palabra.

—Oh, acompañadme... —dijo el gnomo con impaciencia.

Antes de que supieran exactamente qué estaba sucediendo, el gnomo, sin dejar de hablar, los apremió para que lo siguieran hacia la entrada de la montaña, desconectando numerosos timbres y silbatos.

—¿Adónde nos llevará? —le dijo Tas a Fizban en voz baja mientras corrían tras el gnomo —. ¿Qué habrá dicho? ¿No habrán dañado al Orbe ¿verdad?

—No lo creo. Gunthar envió unos caballeros para vigilarlo,¿recuerdas?

—Entonces ¿qué es lo que te preocupa?

—Los Orbes de los Dragones son objetos extraños. Muy poderosos. ¡Mi temor es que hayan intentado utilizarlo!

—Pero el libro que leí en Tarsis decía que el Orbe podía controlar a los dragones. ¿Eso no es bueno? Quiero decir que los Orbes no son malignos, ¿verdad?

—¿Malignos? ¡Oh, no! No son malignos —Fizban sacudió la cabeza—. Ese es el peligro. No son malignos, no son benignos. ¡No son nada! O tal vez debiera decir que lo son todo.

Tas vio que probablemente nunca conseguiría una respuesta clara de Fizban, cuya mente siempre estaba lejos. Como tenía necesidad de divertirse, el kender volvió su atención hacia su anfitrión.