—¡El Orbe! —chilló, tan consternado, que increíblemente completó la frase—. ¡Te lo has llevado!
—Sí, Gnosh —dijo Fizban.
La voz del mago sonaba cansada, y Tas, al mirarle de cerca, vio que se hallaba completamente agotado. Su piel estaba gris, sus párpados caídos. Se apoyaba pesadamente , sobre su bastón.
—Ven conmigo, muchacho —le dijo al gnomo —. y no te preocupes, porque cumplirás tu Misión en la Vida. Pero ahora el Orbe debe ser llevado ante el Consejo de la Piedra Blanca.
—Iré contigo al Consejo... —Gnosh aplaudió excitado—, y tal vez me soliciten que realice un informe, ¿crees...?
—Estoy absolutamente convencido.
—Ahora mismo vuelvo, dame tiempo para recoger mis cosas, ¿dónde están mis papeles...?
Gnosh salió corriendo. Fizban se volvió rápidamente para encararse a los otros gnomos, que se habían agrupado tras él intentando ansiosamente arrebatarle su bastón. El anciano frunció el ceño tan amenazadoramente, que los gnomos retrocedieron y desaparecieron en la Sala de Observación.
—¿Qué has averiguado? —le preguntó Tas, acercándose a Fizban con cierto reparo puesto que el viejo mago parecía estar sumido en la oscuridad—. Los gnomos no le han hecho nada al Orbe ¿verdad?
—No, no, afortunadamente para ellos, ya que aún está activo y es muy poderoso —Fizban suspiró—. Casi todo va a depender de las decisiones que tomen unos pocos... tal vez el destino del mundo.
—¿Qué quieres decir? ¿Las decisiones no serán tomadas por el Consejo?
—No lo comprendes, muchacho. Aguarda un momento, debo descansar —el mago se sentó, recostándose contra la pared. Sacudió la cabeza y prosiguió hablando—. He concentrado mi voluntad en el Orbe, Tas. Oh, no para controlar a los dragones, sino para contemplar el futuro —añadió al ver que los ojos del kender se abrían de par en par.
—¿Qué viste?
—Vi que ante nosotros se extendían dos caminos. Si tomamos el más fácil, al principio parecerá el mejor, pero al final la oscuridad se cernirá sobre nosotros para no desaparecer nunca más. Si tomamos el otro camino, el viaje será duro y difícil. Puede que algunos de los que amamos pierdan la vida, querido Tas. Peor aún, puede que pierdan sus almas. Pero sólo a través de ese sacrificio encontraremos la esperanza.
—¿Y todo eso lo dice el Orbe?
—Sí.
—¿Sabes lo que debe hacerse para... para tomar el camino dificultoso?
—Sí, lo sé —respondió Fizban en voz baja—. Pero no soy yo el que debe tomar las decisiones. Eso estará en manos de otros...
—Ya veo —Tas suspiró —. Gente importante, supongo. Reyes, elfos nobles, caballeros...—las palabras de Fizban resonaban en su mente: Que algunos de los que amamos pierdan la vida...
A Tas se le hizo un nudo en la garganta. Dejó caer la cabeza sobre sus manos. ¡Esta aventura estaba comenzando a ir muy mal! ¿Dónde estaba Tanis? ¿Y el querido Caramon? ¿Y Tika? Había intentado no pensar en ellos, especialmente después de aquel sueño.
«Y Flint... no debería haberme ido sin él. ¡Podía morir, podía estar muerto en este mismo momento!», pensó Tas preocupado. ¡Las vidas de aquellos que amo! «Nunca pensé que ninguno de nosotros moriría. ¡Siempre creí que si estábamos juntos podíamos enfrentamos a lo que fuera! Pero ahora, no sé cómo, nos hemos separado. ¡Y las cosas van mal!».
Tas notó que Fizban le acariciaba su coleta, su única gran vanidad. Y por primera vez en su vida el kender se sintió muy perdido, solo y asustado. El mago le rodeó los hombros con el brazo. Hundiendo su rostro en la manga de Fizban, Tas comenzó a llorar.
Fizban le dio unos golpecillos en la espalda.
—Sí —repitió el mago— gente importante.
6
El consejo de la Piedra Blanca. Un personaje importante.
El Consejo de la Piedra Blanca se reunió el día veintiocho de diciembre, día que en Solamnia llamaban el día de la Carestía, porque se conmemoraba el sufrimiento de los hombres durante el primer invierno que siguió al Cataclismo. El comandante Gunthar creyó oportuno celebrar la reunión del Consejo en esa fecha, que se caracterizaba por el ayuno y la meditación.
Hacía más de un mes que el ejército había partido en dirección a Palanthas. Las nuevas que Gunthar había recibido de la ciudad no eran buenas. Precisamente, en la madrugada del día veintiocho había llegado un informe. Tras leerlo dos veces, Gunthar suspiró profundamente, frunció el entrecejo y se guardó el papel en el cinturón.
El Consejo de la Piedra Blanca se había reunido ya una vez no hacía demasiado tiempo; dicha asamblea se había convocado debido a la llegada de los refugiados elfos a Ergoth del Sur ya la aparición de los ejércitos de los Dragones en el norte de Solamnia. Aquella reunión del Consejo, no obstante, se había planeado varios meses antes, por lo que todos los miembros —tanto los que podían votar como los consultivos estaban representados. Los primeros incluían a los Caballeros de Solamnia, los gnomos, los Enanos de las Colinas, los marinos de piel oscura de Ergoth del Norte, y una representación de los exiliados solámnicos que vivían en Sancrist. Los consultivos eran los elfos, los Enanos de las Montañas y los kenders. Estos miembros eran invitados para que expresasen sus opiniones, pero no se les permitía votar.
De todas formas la primera reunión del Consejo no había ido muy bien. Algunas de las viejas enemistades y animosidades existentes entre las razas representadas, habían salido a luz. Arman Kharas, representante de los Enanos de la Montaña, y Duncan Hammerrock, representante de los Enanos de la Colinas, tuvieron que ser físicamente separados o hubiera vuelto a correr la sangre de las viejas enemistades. Alhana Starbreeze, representante de los elfos de Silvanesti en ausencia de su padre, se negó a pronunciar palabra durante toda la sesión. Alhana había acudido sólo porque también lo había hecho Porthios, en representación de los elfos de Qualinesti. Temía una alianza entre los Qualinesti y los humanos, y estaba decidida a evitarla.
Alhana no debiera haberse preocupado. La desconfianza entre los humanos y los elfos era tal, que sólo se hablaban los unos a los otros por educación. Ni siquiera el apasionado discurso de Gunthar en el que habíadeclarado: «¡Nuestra unión comienza la paz; nuestra división acaba con la esperanza!», había hecho mella alguna.
La respuesta de Porthios a las palabras de Gunthar fue culpar a los humanos de la reaparición de los dragones. Por tanto, los humanos debían librarse ellos mismos del desastre. Poco después de que Porthios hubiera expresado claramente su opinión, Alhana se levantó altivamente y se marchó, manifestando así cuál era la postura de los Silvanesti.
El señor de los Enanos de la Montaña, Arman Kharas, había declarado que su gente estaría dispuesta a colaborar, pero que no podían unirse hasta que fuera hallado el Mazo de Kharas. En esas fechas nadie sabía que los compañeros pronto entregarían el Mazo, por lo que Gunthar se vio obligado a prescindir también de la ayuda de los enanos. En realidad, la única persona que ofreció su ayuda fue Kronin Thistleknott, jefe de los kenders. Ya que lo último que un país deseaba era la «ayuda» de un ejército de kenders, este gesto fue recibido con sonrisas educadas, mientras los miembros intercambiaban miradas de horror a la espalda de Kronin.
Por tanto el primer Consejo se disolvió sin que se hubieran tomado demasiadas resoluciones.
Gunthar tenía depositadas más esperanzas en esta segunda reunión del Consejo. Desde luego el descubrimiento del Orbe de los Dragones hacía que las expectativas fueran mejores. Los representantes de las dos familias de elfos ya habían llegado. Entre ellos se hallaba el Orador de los Soles, quien había traído consigo a un humano que se declaraba clérigo de Paladine. Sturm le había hablado mucho a Gunthar de Elistan, por lo que el comandante tenía muchas ganas de conocerlo. Gunthar no estaba seguro de quién representaría a los Silvanesti. Suponía que sería el elfo noble que había sido declarado regente tras la misteriosa desaparición de Alhana Starbreeze.