Incluso después del Cataclismo, cuando la fe en los antiguos dioses había fenecido, la explanada continuó siendo un lugar sagrado. Seguramente esto era así porque el Cataclismo ni siquiera lo había afectado. La leyenda sostenía que cuando la montaña ígnea había caído del cielo, la tierra que rodeaba la Piedra Blanca se había resquebrajado y partido, pero ésta se había mantenido intacta.
La imagen de la gigantesca roca era tan impresionante, que nadie había osado nunca acercarse a ella o tocarla, ni siquiera ahora. Nadie sabía tampoco cuál era el extraño poder que poseía. Lo único que sabían era que la atmósfera que rodeaba a la Piedra Blanca era siempre cálida y primaveral. No importaba lo crudo que fuera el invierno, la hierba de la explanada de la Piedra Blanca estaba siempre verde.
Aunque su corazón estuviera agitado, al pisar aquel lugar y respirar el aire cálido y fragante, Gunthar se relajó. Por un instante, volvió a sentir el amistoso apretón de manos de Elistan, que le había infundido un sentimiento de paz interna.
Echando un rápido vistazo a su alrededor, comprobó que todo estaba dispuesto. Sobre la hierba se habían colocado unas inmensas sillas de madera con el respaldo labrado. Al lado izquierdo de la Piedra Blanca se habían situado cinco, para los miembros votantes del Consejo, y al lado derecho, se habían colocado tres para los miembros consultivos. Frente a la Piedra Blanca y los asientos destinados a los miembros del Consejo, había unos bancos para los testigos que debían asistir al acto, tal como requería la Medida.
Algunos de los testigos ya habían comenzado a llegar. Muchos de los elfos que viajaban con el Orador y con el representante de los Silvanesti estaban ocupando sus puestos. Las dos razas de elfos enemistadas se sentaron la una al lado de la otra, separados de los humanos, los cuales también habían empezado a instalarse. Todo el mundo guardaba silencio, algunos en memoria del día de la Carestía; otros, como los gnomos, que no celebraban esa fecha, impresionados por la ceremonia. Los asientos de la primera fila estaban reservados para los invitados de honor, o para aquéllos con licencia para hablar ante el Consejo.
Gunthar vio llegar al circunspecto hijo del Orador, Porthios, con una comitiva de guerreros elfos. El caballero se preguntó dónde estaría Elistan. Pretendía rogarle que hablara. Aunque cabía la posibilidad de que fuera un charlatán, sus palabras le habían impresionado y esperaba que las repitiera.
Mientras esperaba en vano a Elistan, vio entrar también a tres extraños personajes que tomaron asiento en primera fila: se trataba del anciano mago con su arrugado y amorfo sombrero, su amigo el kender, y un gnomo que había llegado con ellos del monte Noimporta. Los tres habían regresado de su viaje la noche anterior.
Gunthar dirigió, de nuevo, su atención hacia la Piedra Blanca. Los miembros consultivos del Consejo estaban entrando. Sólo había dos, Quinath en nombre de los Silvanesti, y el Orador de los Soles en el de los Qualinesti. Gunthar miró al Orador con curiosidad, ya que sabía que era uno de los únicos seres de Krynn capaz de rememorar los horrores del Cataclismo.
El Orador había envejecido mucho. Tenía los cabellos grises y el rostro demacrado. No obstante, cuando tomó asiento y volvió su mirada a los testigos, Gunthar se fijó en que los ojos del elfo eran todavía luminosos y brillantes. Gunthar consideraba a Quinath, que estaba sentado al lado del Orador, tan arrogante y orgulloso como Porthios, pero falto de la inteligencia que poseía este último.
Por lo que respecta a Porthios, Gunthar pensó que probablemente el hijo mayor del Orador de los Soles llegara a gustarle. Porthios tenía todas las cualidades que los caballeros admiraban, excepto una, su carácter impulsivo.
Tuvo que interrumpir sus cavilaciones, ya que había llegado la hora de que entraran los miembros votantes del Consejo, y él mismo debía tomar asiento. Primero llegó Mir Kansohn, de Ergoth del Norte, un fornido hombre de piel oscura, con cabellos de color acero y brazos de gigante. Le siguió Serdin MarThasal, en representación de los exiliados de Sancrist, y finalmente el Comandante Gunthar, Caballero de Solamnia.
Una vez sentado, Gunthar volvió a echar un vistazo a su alrededor. La inmensa Piedra Blanca relucía tras él proyectando su particular reflejo, ya que esa mañana no brillaba el sol. Al otro lado de la Piedra Blanca estaban sentados el Orador y Quinath. Frente al Consejo estaban los testigos. El kender se había sentado dócilmente y balanceaba sus cortas piernecillas que, debido a la altura del banco, no le llegaban al suelo. El gnomo revolvía algo que parecía ser un montón de papeles; Gunthar se estremeció y deseó haber tenido más tiempo para disponer de un informe más exhaustivo. El anciano mago bostezaba y se rascaba la cabeza, mirando a su alrededor con aire ausente.
A una señal de Gunthar entraron dos caballeros que llevaban una base dorada y un arcón de madera. Mientras los asistentes contemplaban la llegada del Orbe de los Dragones, se hizo un silencio mortal.
Los caballeros se detuvieron frente a la Piedra Blanca. Una vez allí, uno de ellos colocó sobre el suelo la base dorada. El otro depositó el arcón, lo abrió, y sacó cuidadosamente el Orbe, que volvía a tener su tamaño original, más de dos pies de diámetro.
Se oyó un sonoro murmullo. El Orador de los Soles se agitó en su asiento, frunciendo el ceño. Su hijo Porthios se volvió para decirle algo a un elfo que estaba cerca suyo. Gunthar reparó en que todos los elfos iban armados. Por lo que él sabía del protocolo elfo, aquello no era muy buena señal.
No obstante no tenía otra opción que proceder. Llamando al orden a los asistentes, el comandante Gunthar Uth Wistan anunció:
—Declaro abierto el Consejo de la Piedra Blanca.
Dos minutos después, Tasslehoff tuvo la certeza de que las cosas se estaban complicando demasiado. El Orador de los Soles se había puesto en pie incluso antes de que el comandante Gunthar hubiera iniciado su discurso de bienvenida.
—Mis palabras serán breves —declaró el elfo con voz acerada—. Poco después de que el Orbe de los Dragones desapareciera de nuestro campamento, los Silvanesti, los Qualinesti y los Kalanesti nos reunimos en un consejo. Era la primera vez, desde las guerras de Kinslayer, que miembros de las tres comunidades nos encontrábamos juntos —tras hacer una pausa para enfatizar estas últimas palabras, prosiguió. —Hemos decidido dejar a un lado nuestras diferencias debido a nuestro perfecto acuerdo sobre la pertenencia de dicho objeto al territorio de los elfos; no debe estar en manos de los humanos ni de ninguna otra raza de Krynn. Por tanto, hemos venido ante el Consejo de la Piedra Blanca para solicitar que el Orbe nos sea entregado. En agradecimiento, garantizamos que será llevado a nuestras tierras y mantenido a salvo hasta el momento, si llegara, en que sea requerido para algún fin.
El Orador se sentó y sus ojos recorrieron la audiencia. Los otros miembros del Consejo, sentados al lado de Gunthar, sacudieron sus cabezas con expresión preocupada. El representante de los habitantes de Ergoth del Norte le susurró unas palabras al comandante Gunthar en un tono de voz irritado, cerrando el puño para enfatizar sus palabras.
Éste, tras escucharlo y asentir varias veces, se puso en pie para responder. Su discurso fue frío y sereno, en el mismo tono que el de los elfos. No obstante, entre líneas, decía que los caballeros preferían ver a los elfos en los Abismos antes que entregarles el Orbe de los Dragones.
El Orador, comprendiendo perfectamente el condenatorio mensaje que contenían las bellas frases, se alzó para responder. Sólo pronunció una frase, pero al oírla el grupo de testigos se puso inmediatamente en pie.
—Entonces, comandante Gunthar, los elfos declaramos que, a partir de ahora, ¡estamos en guerra!