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Tanto los humanos como los elfos se abalanzaron hacia el Orbe de los Dragones, que descansaba sobre la base dorada. El blanquinoso remolino aún fluctuaba en su interior. Gunthar gritó pidiendo orden una y otra vez, golpeando la mesa con la empuñadura de su espada. El Orador pronunció unas secas palabras en elfo, mirando duramente a su hijo, Porthios. Finalmente se restableció el orden.

Pero la atmósfera era tan cortante como el viento que anticipa la tormenta. Se volvieron a cruzar agrias palabras entre Gunthar y el Orador. El representante de los habitantes de Ergoth del Norte perdió la paciencia e hizo varios comentarios hirientes sobre los elfos porque el elfo noble de los Silvanesti había conseguido irritarlo completamente con sus sarcásticas réplicas. Varios de los caballeros se marcharon, sólo para regresar minutos después armados hasta los dientes. Se situaron junto a Gunthar con las manos sobre sus armas. Los elfos, mandados por Porthios, se pusieron en pie y rodearon a sus propios jefes.

Gnosh, con su informe en la mano, comenzó a comprender que no se le iba a pedir que lo expusiera.

Tasslehoff miraba a su alrededor buscando desesperadamente a Elistan. Esperaba que el clérigo apareciera. Elistan conseguiría serenar a esa gente. O tal vez Laurana. ¿Dónde estaría? Los elfos le habían dicho fríamente que no habían recibido noticias de sus amigos. Ella y su hermano parecían haber desaparecido en la espesura.

«No debería haberles dejado. No debería estar aquí. ¿Por qué me habrá traído ese viejo mago chalado? ¡Yo no sirvo para nada! Fizban tal vez pudiera hacer algo», pensaba el apurado kender.

Tas miró esperanzado al mago, ¡pero Fizban estaba profundamente dormido!

—¡Por favor, despierta! —le rogó Tas, sacudiéndolo ¡Alguien tiene que hacer algo!

En ese momento oyó gritar a Gunthar.

—¡El Orbe de los Dragones no es vuestro por derecho! ¡La princesa Laurana y los demás se disponían a traérnoslo a nosotros cuando su barco naufragó! Intentasteis mantenerlo en Ergoth del Sur a la fuerza, y vuestra propia hija...

—¡No mencionéis a mi hija! —dijo el Orador con voz profunda—. Yo no tengo ninguna hija.

Algo se rompió en el interior de Tasslehoff. Recordó a Laurana luchando desesperadamente contra el maligno hechicero que vigilaba el Orbe, peleando contra los draconianos, disparando sus flechas contra el dragón blanco, cuidándole tiernamente a él mismo cuando había estado tan cerca de la muerte. Ser negada por su propia gente cuando estaba realizando tal esfuerzo para salvarles, cuando había sacrificado tanto...

—¡Deteneos! —se oyó gritar Tasslehoff—. ¡Deteneos inmediatamente y escuchadme!

Ante su sorpresa vio que todos habían dejado de hablar y ..le miraban.

Ahora que disponía de audiencia, Tas se dio cuenta de que no tenía ni idea de qué podía decirles a esa gente tan importante. Pero sabía que tenía que decir algo. «Después de todo es culpa mía, puesto que yo les puse en la pista de esos malditos orbes al leerlo en los libros...», pensó. Tragando saliva, bajó del banco y avanzó hacia la Piedra Blanca y hacia los dos grupos hostiles que la circulaban. Por el rabillo del ojo le pareció ver a Fizban sonriendo.

—Yo... yo –el kender titubeó, preguntándose qué podía decir. De pronto le vino una súbita inspiración..

—Solicito el derecho de representar a mi gente dijo, Tasslehoff con orgullo y tomar mi lugar en el consejo consultivo.

Apartando de un manotazo su coleta de color castaño, el kender se situó justo frente al Orbe. Al alzar la mirada podía ver la Piedra Blanca elevándose sobre éste y sobre él mismo. Tas contempló la piedra, estremecido, y, rápidamente, volvió su mirada hacia Gunthar y hacia el Orador de los Soles.

En ese momento Tasslehoff ,supo lo que debía hacer. Comenzó a temblar de temor. El, Tasslehoff Burrfoot, ¡que nunca en su vida se había asustado de nada! Se había enfrentado a dragones sin siquiera parpadear, pero lo que iba a hacer ahora le aterraba. Tenía las manos como si hubiera estado haciendo bolas de nieve sin los guantes puestos. Su lengua parecía pertenecer a una persona de boca más grande. Pero Tas estaba completamente decidido. Debía hacer que siguieran hablando, debía evitar que adivinaran lo que estaba planeando.

—A los kenders nunca nos habéis tomado muy en serio —comenzó a decir Tas con una voz que sonó demasiado alta y estridente incluso en sus propios oídos y no puedo culparos de ello. Supongo que no tenemos mucho sentido de la responsabilidad y, probablemente, somos demasiado curiosos para que las cosas nos salgan bien, pero yo os pregunto, ¿cómo vais a enteraros de algo si no sois curiosos?

Tas pudo ver que la expresión del Orador era agria y despreciativa, y que hasta el comandante Gunthar aparecía con el ceño fruncido. El kender se acercó un poco más al Orbe de los Dragones.

—Me imagino que causamos un montón de problemas sin pretenderlo, y que de vez en cuando algunos de nosotros “adquirimos” ciertas cosas que no son nuestras. Pero algo que todo kender sabe es...

Tasslehoff echó a correr. Raudo y ligero como un ratón, se deslizó con facilidad entre las manos que intentaban agarrarlo y llegó hasta el Orbe en cuestión de segundos. Los rostros de la gente que estaba a su alrededor se hicieron borrosos, las bocas se abrieron, gritándole y chillándole. Pero era demasiado tarde.

Con un rápido movimiento, Tass lo arrojó contra la gigantesca y reluciente Piedra Blanca. El redondo y reluciente cristal –cuyo interior aún fluctuaba agitado- pendó suspendido del aire durante largos segundos. Tas se preguntó si el mágico objeto tendría el poder de detener su vuelo. Pero tal vez sólo se tratara de una impresión febril en la mente del kender.

El Orbe de los Dragones se estrelló contra la roca y se partió, estallando en miles de centelleantes pedazos. Durante un instante, una bola de humo blanquecino flotó en el aire, como si intentara desesperadamente no desintegrarse. Pero un segundo después la brisa de primavera logró desvanecerla.

Se hizo un terrible e intenso silencio. El kender se quedó en pie, mirando tranquilamente los pedazos del Orbe partido.

—Los kenders sabemos –dijo en una voz muy baja que sonó en el tremendo silencio como una pequeña gota de lluvia—, que deberíamos estar luchando contra los dragones , no los unos contra los otros.

Nadie se movió. Nadie habló. Y de pronto se oyó un golpe. Gnosh se había desmayado.

El silencio se quebró estallando en pedazos, igual que lo había hecho el Orbe de los dragones. El comandante Gunthar y el Orador se abalanzaron sobre Tas. Uno agarró al kender por el hombro izquierdo, el otro por el derecho.

—¿Qué has hecho? –el rostro de Gunthar estaba lívido, sus ojos centelleaban con furia mientras agarraba al kender con manos temblorosas.

—¡Has traído la muerte sobre nosotros! ¡Has destruido nuestra única esperanza! —los dedos del Orador se clavaron en el hombro de Tas como las garras de una ave de presa.

—¡Por tanto él será el primero en morir!

Porthios se alzó sobre el encogido kender, empuñando su reluciente espada. Tas, situado entre el rey elfo y el caballero, tenía la faz pálida, pero su expresión era desafiante. Al planear el crimen ya sabía que su castigo sería la muerte.

«A Tanis le entristecerá lo que he hecho, pero al menos sabrá que he muerto con valentía», pensó apenado.

—Bueno, bueno, bueno... —dijo una voz soñolienta—. ¡Nadie va a morir! Al menos por ahora. ¡Deja de juguetear con esa espada, Porthios! ¡Puedes hacerle daño a alguien!

Tas asomó la cabeza entre un bosque de brazos y relucientes cotas de mallas y vio que Fizban pasaba sobre el cuerpo inerte del gnomo y se dirigía hacia ellos bostezando. Tanto los elfos como los humanos se apartaban a su paso, como si una fuerza invisible los obligara a ello.

Porthios se giró para enfrentarse a Fizban. Estaba tan furioso que le manaba saliva de la boca y sus palabras eran casi incoherentes.