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—¡Ten cuidado, anciano, o compartirás el castigo!

—Te he dicho que dejes de jugar con esa espada —le respondió Fizban irritado, agitando un dedo en dirección al arma.

Porthios dejó caer la espada con un grito de dolor. Sosteniéndose su dolorida mano, bajó la mirada atónito hacia la espada. ¡La empuñadura estaba llena de pinchos! Fizban se acercó al elfo y lo miró enojado.

—Eres un joven fantástico, pero deberían haberte enseñado a tener más respeto a tus mayores. ¡Dije que apartaras esa espada y lo decía en serio! ¡La próxima vez puede que me creas! —la mirada irritada del mago se desvió hacia el Orador y tú, Solostaran, eras un buen hombre hace unos doscientos años. Supiste educar a tres hijos maravillosos.. tres hijos maravillosos, repito. No me cuentes más tonterías de que no tienes ninguna hija. Tienes una, y es una muchacha fabulosa. Tiene más sentido común que su padre. Debe haber salido a su madre... ¿Dónde estaba? Ah, sí. También educaste a Tanis, el Semielfo. Sabes, Solostaran, entre esos cuatro jóvenes, aún seríamos capaces de salvar el mundo.

El silencio era absoluto.

—Bien, ahora quiero que todo el mundo vuelva a sentarse. Sí, tú también, comandante Gunthar. Vamos, Solostaran, te ayudaré. Nosotros, los ancianos, tenemos que ayudarnos unos a otros. Es una pena que seas tan necio...

Murmurando bajo la barba, Fizban acompañó al atónito Orador a su asiento. Porthios, con la cara contraída de dolor, volvió a sentarse en su lugar con ayuda de sus guerreros.

Lentamente, los elfos y caballeros reunidos también lo hicieron, murmurando entre ellos y lanzando funestas miradas al destrozado Orbe, cuyos pedazos seguían esparcidos al pie de la Piedra Blanca.

Fizban instaló al Orador en su lugar y miró ceñudamente a Quinath, quien, por un segundo, había pensado en intervenir, pero inmediatamente había resuelto no hacerlo. El viejo mago, satisfecho, regresó frente a la Piedra Blanca, donde aún estaba Tas con aire abatido y aturdido.

—Tú —Fizban miró al kender como si no lo conociera—, ve y atiende a ese pobre individuo —dijo haciendo un gesto y señalando al gnomo, que seguía desmayado.

Sintiendo que las rodillas le temblaban, Tasslehoff caminó lentamente hacia Gnosh y se arrodilló junto a él, contento de poder mirar algo que no fuera aquellos rostros teñidos de ira y de temor.

—Gnosh —le susurró preocupado, dándole unos golpecillos en las mejillas—. Lo siento. De verdad lo siento. Siento lo de tu Misión en la Vida, lo del alma de tu padre, y todo eso. Pero es que no podía hacer otra cosa.

Fizban se volvió lentamente y se encaró al grupo reunido.

—Sí, voy a echaros un sermón. Os lo merecéis, cada uno de vosotros. O sea que ya podéis borrar de vuestros rostros esas expresiones de hombres virtuosos. Ese kender dijo señalando a Tasslehoff—, tiene más cerebro bajo esa ridícula coleta, que todos vosotros juntos. ¿Sabéis lo que hubiera ocurrido si no hubiera tenido las agallas de hacer lo que ha hecho? ¿Lo sabéis? Bien, os lo diré. Dejadme sólo un segundo para encontrar algún lugar donde sentarme...—Fizban miró a su alrededor—. Ah, sí, aquí... —asintiendo satisfecho, el anciano mago se sentó en el suelo, ¡recostando la espalda sobre la sagrada Piedra Blanca!

Los caballeros reunidos dieron un respingo de terror. Gunthar se puso en pie, horrorizado ante tamaño sacrilegio.

—¡Ningún mortal puede tocar la Piedra Blanca! —gritó, abalanzándose hacia adelante.

Fizban volvió lentamente la cabeza para mirar al furioso caballero.

—Una palabra más y haré que se te caigan los bigotes. ¡Ahora siéntate y cállate!

Farfullando, Gunthar se detuvo ante el imperioso gesto del anciano. El caballero no pudo hacer nada más que regresar a su asiento.

—¿Por dónde iba antes de ser interrumpido? —Fizban frunció el ceño, mirando a su alrededor. Su mirada se posó sobre los pedazos rotos del Orbe—. Ah, sí. Estaba a punto de contaros una historia. Por supuesto uno de vosotros hubiera ganado el Orbe y os lo hubierais llevado, bien para mantenerlo «a salvo», o para «salvar el mundo». y sí, es capaz de salvar el mundo, pero sólo si se sabe cómo utilizarlo. ¿Quién de vosotros sabe cómo hacerlo? ¿Quién tiene la fuerza suficiente? Fue creado por los hechiceros más poderosos de la Antigüedad. Por todos los más poderosos... ¿comprendéis? Fue creado por los de la túnica blanca y por los de la túnica negra. Su esencia es tanto benigna como maligna. Los túnicas rojas unieron las dos esencias y le otorgaron su fuerza. Ahora hay muy pocos seres con el poder necesario para entenderlo, para desentrañar sus secretos, y para llegar a dominarlo. Desde luego muy pocos... ¡Y ninguno de ellos está sentado aquí!

Se había hecho el silencio, un profundo silencio, mientras escuchaban al viejo mago, cuya voz era potente y podía ser oída a pesar del creciente viento que soplaba alejando las nubes tormentosas del cielo.

—Uno de vosotros se hubiera llevado el Orbe y lo habría utilizado, y de esa forma os hubierais precipitado en un inmenso desastre. Ciertamente, os habríais destrozado como el kender ha destrozado el Orbe y por lo que se refiere a la esperanza perdida, os digo que ésta parecía haberse evaporado totalmente durante algún tiempo, pero ahora ha renacido...

Una súbita corriente de aire se llevó el sombrero del viejo mago, haciéndolo volar de su cabeza. Maldiciendo irritado, Fizban se enderezó para agarrarlo.

Cuando el mago se levantó, el sol apareció entre las nubes. Se produjo un cegador destello de luz, seguido de un ensordecedor estallido, como si la tierra se hubiera resquebrajado. Aturdidos por la brillante luz, los presentes parpadearon y miraron atemorizados la terrible imagen que tenían ante ellos.

La Piedra Blanca también había estallado en pedazos.

El viejo mago yacía en el suelo, agarrando el sombrero con una mano mientras con la otra se cubría la cabeza aterrorizado. Sobre él, clavada en la roca sobre la que había recostado su espalda, había un arma alargada construida en reluciente plata. Había sido arrojada por el brazo de plata de un hombre de piel oscura que ahora se acercó a ella. Lo acompañaban tres personas: una mujer elfa, un viejo enano de barba blanca, y Elistan.

En medio del atónito silencio de los asistentes, el hombre de piel oscura alargó una mano y arrancó el arma de uno de los pedazos de roca. La sostuvo sobre su cabeza y la punzante asta relució bajo los rayos del sol de mediodía.

—Soy Theros Ironfeld —gritó el hombre con voz profunda—. ¡Durante los últimos meses he estado forjando esta lanza con la plata de las profundidades del corazón del monumento al Dragón Plateado! Con el brazo de plata que los dioses me otorgaron, he forjado de nuevo el arma que profetizó la leyenda y os la traigo a vosotros... a todas las gentes de Krynn, para que podamos unirnos y vencer al gran mal que amenaza con dejarnos en la oscuridad para siempre. ¡Os traigo... la Dragonlance!

Tras decir esto, Theros clavó el arma en el suelo. La lanza quedó fija, enhiesta y reluciente entre los pedazos rotos del Orbe de los Dragones.

7

Un viaje inesperado.

—Y ahora que mi tarea ha terminado, ya puedo marcharme —dijo Laurana.

—Sí —dijo Elistan lentamente—, y sé por qué te vas...—Laurana enrojeció y bajó la mirada—. Pero, ¿adónde irás?

—A Silvanesti. Ése es el último lugar en el que lo vi.

—Pero, fue sólo un sueño.

—No, aquello fue más que un sueño. Fue real. El estaba allí y estaba vivo. Debo encontrarle.

—Creo, querida, que entonces deberías quedarte aquí —sugirió Elistan—. Has dicho que en el sueño encontraba uno de los Orbes de los Dragones. Si es así, vendrá a Sancrist.

Laurana no respondió. Sintiéndose desdichada e indecisa, miró al exterior desde una de las ventanas del castillo del comandante Gunthar, donde ella, Elistan, Flint y Tasslehoff residían como invitados.