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—Princesa Laurana, sé lo que estáis pensando... que estoy utilizando a Sturm como si se tratara de una marioneta. Seamos francos, princesa. Los caballeros están divididos en dos bandos, el de Derek y el mío propio. Y ambos sabemos lo que le ocurre a un árbol partido en dos pedazos: ambas partes se marchitan y mueren. Esa contienda entre nosotros debe terminar o sus consecuencias serán trágicas. Ahora, princesa, y también vos, Elistan, ya que he llegado a confiar en el buen juicio de ambos, dejo esto en vuestras manos. Me habéis conocido a mí y habéis conocido a Derek Crown ¿A quién elegiríais para dirigir a los caballeros?

—A vos, por supuesto, comandante Gunthar —dijo Elistan con sinceridad.

Laurana asintió con la cabeza.

—Estoy de acuerdo. Esa disputa es nefasta para la Orden de los Caballeros. Lo vi con mis propios ojos en la reunión del Consejo. Y, por lo que he oído de los informes llegados de Palanthas, también está dañando nuestra causa. No obstante, mi principal preocupación debe ser para mi amigo.

—Os comprendo perfectamente y me alegro de oíroslo decir —dijo Gunthar satisfecho—porque eso hace que me resulte más fácil pediros el gran favor que estoy a punto de solicitaros. Desearía que fuerais a Palanthas.

—¿Qué...? ¿Por qué? ‘No lo comprendo!

—Claro que no. Dejadme que os lo explique. Por favor, sentaos. Vos también, Elistan. Os serviré un poco de vino...

—Para mí no —dijo Laurana sentándose junto a la ventana.

—Muy bien —el rostro de Gunthar se tomó serio. El caballero posó su mano sobre la de Laurana—. Vos y yo conocemos la política, princesa. Por tanto voy a exponer todas las piezas de mi juego ante vos. Aparentemente viajaríais a Palanthas para enseñar a los caballeros a manejar las dragonlances. Es una razón justificada. Aparte de Theros, vos y el enano sois los únicos que conocen su manejo. Y, afrontémoslo, el enano por su estatura no podría utilizarlas.

Laurana lo escuchaba atentamente y Gunthar prosiguió.

—Llevaríais las lanzas a Palanthas. Pero, lo que es más importante, llevaríais con vos la Escritura de Vindicación del Consejo que restituirá el honor de Sturm. Eso supondrá un golpe de muerte para la ambición de Derek. En el momento en que Sturm se ponga su antigua cota de mallas, todos sabrán que cuento con el total apoyo del Consejo. No me extrañaría que Derek fuese a juicio cuando regrese.

—Pero, ¿por qué yo? —preguntó Laurana bruscamente—. Podría enseñarle a alguien... al comandante Michael, por ejemplo, a utilizar una dragonlance. El podría llevarlas a Palanthas. El podría llevarle la Escritura a Sturm

—Princesa... —el comandante Gunthar apretó su mano, acercándose más a ella y hablando en voz muy baja ¡seguís sin comprenderlo! ¡No puedo confiar en el comandante Michael! ¡No puedo encomendar este asunto a ninguno de los caballeros! Para entendernos, Derek ha sido derribado de su montura, pero aún no ha perdido el torneo. ¡Necesito alguien en quien pueda confiar absolutamente! Alguien que conozca a Derek y sepa cómo es en realidad, y alguien que desee de corazón lo mejor para Sturm.

—Yo deseo de corazón lo mejor para Sturm —dijo Laurana con frialdad—. Y situó eso por encima de los intereses de la Orden de los Caballeros.

—Ah, pero recordad, princesa Laurana, el único interés de Sturm es su investidura. ¿Qué creéis que le ocurriría a Sturm si la Orden llegara a desintegrarse? ¿Qué creéis que le ocurriría si Derek se hiciera con el control?

Como era de esperar, Laurana accedió a ir a Palanthas. A medida que el día de su partida se acercaba, comenzó a soñar casi cada noche que Tanis llegaba a la isla pocas horas después de que ella partiera. En más de una ocasión estuvo a punto de negarse a ir, pero entonces pensaba en tener que explicarle a Tanis que se había negado a ir a Palanthas para prevenir a Sturm del peligro que corría. Eso hizo que no cambiara de opinión. Esto, y el afecto que sentía por Sturm.

Durante aquellas solitarias noches, en las que su corazón y sus brazos anhelaban a Tanis, era cuando se le repetía la visión del semielfo abrazando a esa mujer humana de oscura y rizada cabellera, de relucientes ojos castaños y de seductora sonrisa. Era entonces cuando su alma se agitaba. Sus amigos podían proporcionarle poco consuelo. Uno de ellos, Elistan, se vio obligado a prepararse para partir tras la llegada de un mensajero de los elfos solicitando la presencia del clérigo y rogando que fuera acompañado por un emisario de los caballeros. Hubo poco tiempo para despedidas. Un día después de la llegada del mensajero, Elistan y el hijo del comandante Alfred —un serio y solemne caballero llamado Douglas—, lo tenían todo listo para partir hacia Ergoth del Sur. Laurana nunca se había sentido tan sola como cuando se despidió de su amigo.

Otra persona se despidió también del clérigo, aunque bajo diferentes circunstancias.

Elistan estaba paseando por la costa de Sancrist, esperando el barco que debería llevarle de vuelta a Ergoth del Sur. El joven caballero, Douglas, caminaba a su lado. Los dos estaban enzarzados en una conversación en la que el clérigo le explicaba al absorto y atento compañero las sendas de los antiguos dioses.

De pronto alzó la mirada y divisó al anciano mago que había conocido en la reunión del Consejo. Durante días había intentado hablar con él, pero Fizban siempre lo evitaba. Por tanto le sorprendió mucho verle ahora caminando por la costa en dirección a ellos. Andaba con la cabeza baja, murmurando para sí. Por un instante pensó que pasaría por su lado sin siquiera verles, pero, de pronto, el viejo hechicero alzó la cabeza.

—¡Ah, hola! ¿No nos han presentado antes? —preguntó parpadeando.

Elistan se quedó sin habla durante un momento. El rostro del clérigo se tornó de una palidez mortecina. Finalmente pudo responder:

—Por supuesto, señor. Y a pesar de que nuestra amistad es muy reciente, siento cómo si os conociera desde hace mucho, mucho tiempo.

—¿De veras? —El anciano frunció el ceño con suspicacia—. No estarás aludiendo a mi edad ¿no?

—No, desde luego que no —Elistan sonrió.

El rostro del anciano recuperó su expresión habitual.

—Bien, que tengas buen viaje. Adiós.

Apoyándose en su viejo y torcido bastón, el anciano siguió su camino. De pronto se detuvo y se volvió.

—¡Ah!, por cierto, mi nombre es Fizban.

—Lo recordaré —dijo Elistan saludando con la cabeza— Fizban.

Contento, el viejo mago asintió y continuó su camino por la orilla, mientras Elistan, repentinamente silencioso y pensativo, reanudó su paseo con un suspiro.

Aunque ya quedaban lejos en el transcurso de los acontecimientos, valía la pena remontarse hasta los confusos y excitantes momentos que siguieron a la rotura del Orbe de los, Dragones y a la aparición de la nueva Dragonlance, para observar los sentimientos de un personaje al que todos habían olvidado: el gnomo Gnosh y su Misión en la Vida, que yacía esparcida sobre la hierba, rota en mil pedazos. El único que le hizo caso fue Fizban. El viejo mago se había levantado del suelo y se había dirigido hacia el abatido gnomo, quien contemplaba con aire afligido los fragmentos del Orbe.

—Bueno, bueno, muchacho —dijo Fizban—, ¡aquí no se acaba todo!

—¿No? —preguntó Gnosh, consternado.

—¡No, desde luego que no! Tienes que mirar las cosas desde la perspectiva correcta. ¡Ahora tienes la oportunidad de estudiar ese objeto a partir de cada una de sus partes!

Los ojos de Gnosh se iluminaron.

—Tienes razón, y, de hecho, podría ser una pista.

—Sí, sí —se apresuró a interrumpirle Fizban, pero Gnosh se abalanzó hacia adelante hablando cada vez más deprisa.

—Podríamos etiquetar los trozos, y después​dibujar​un​diagrama​de​donde​se​encontraba​cada​pedazo​en​el​momento​que​lo​encontramos​lo​cual...