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Aquella mañana había nevado, pero los espesos copos se habían convertido en una fina lluvia. Tanis escuchaba su tamborileo sobre la madera del carromato. Quizá era a causa del encapotado día pero, al observar a Raistlin, Tanis sintió un escalofrío que recorrió su cuerpo hasta congelarle el corazón.

—¿A eso te referías al hablar de antiguos hechizos? —indagó por fin.

—Naturalmente. ¿A qué sino? —Raistlin hizo una pausa para toser, y añadió—: ¿Cuándo hablé yo de tales encantamientos?

—Cuando te encontramos por vez primera —le recordó el semielfo, examinándolo con suma atención. Advirtió un hondo frunce en su ceño y captó la tensión que dimanaba de su quebrada voz.

—¿Qué dije entonces?

—Apenas nada. Hiciste una vaga alusión a unos viejos hechizos cuyo secreto pronto poseerías.

—¿Eso fue todo?

Tanis no respondió de inmediato, y los ojos como relojes de arena del mago le traspasaron con una inquietante frialdad que le produjo un estremecimiento. Viendo que asentía. Raistlin desvió el rostro.

—Voy a dormir un rato —declaró—. Palanthas, no lo olvides.

Tanis se vio obligado a admitir que deseaba viajar a Sancrist por motivos egoístas. Esperaba contra toda lógica que Laurana, Sturm y los otros se hubieran dirigido a esa ciudad. Además, era allí donde había prometido llevar el Orbe pero ahora tenía que sopesar la insistencia de Raistlin en visitar la biblioteca de Astinus a fin de descubrir los enigmas que encerraba.

Se hallaba sumida su mente en tales disquisiciones cuando llegaron a Flotsam. Al fin, decidió que lo mejor sería comprar pasajes en una nave que zarpase con rumbo norte y desembarcar según las posibilidades que se presentaran.

Pero al llegar a este puerto tuvieron una gran desilusión. Había más draconianos en la ciudad que los que habían visto en todo su viaje desde Balifor septentrional. Las calles eran un hervidero de patrullas armadas, que demostraban un especial interés por los extraños. Como los compañeros habían tenido la feliz idea de vender su carromato antes de atravesar las puertas pudieron mezclarse con el gentío, si bien cinco minutos después de entrar en la urbe vieron cómo unos draconianos arrestaban a un hombre por «hacer preguntas».

Les alarmó tan triste espectáculo, de modo que se albergaron en la primera posada que encontraron: una casucha destartalada de la periferia.

—¿Cómo nos las vamos a arreglar para ir hasta el puerto, y sobre todo para adquirir pasajes? —inquirió Caramon en cuanto se hubieron instalado en sus poco acogedoras alcobas ¿Qué sucede aquí?

—El posadero dice que hay un Señor del Dragón en la ciudad. Al parecer las tropas buscan a unos espías o algo parecido —aclaró Tanis con desasosiego.

—Quizá intentan rastrearnos a nosotros —apuntó el guerrero, intercambiando miradas con los otros.

—¡Eso es ridículo! —se apresuró a rebatirle Tanis —. Somos víctimas de una obsesión. Nadie puede saber que estamos en Flotsam, ni sospechar qué ocultamos.

—Me pregunto si... —esbozó Riverwind, a la vez que miraba receloso a Raistlin.

El mago cruzó sus ojos con los del bárbaro, pero no se dignó contestar.

—Beberé agua caliente —indicó a Caramon.

—Sólo se me ocurre una solución —propuso Tanis mientras el guerrero obedecía las instrucciones de su hermano—. Caramon y yo saldremos esta noche y atacaremos a dos oficiales del ejército de los dragones para robarles los uniformes. No pienso en los draconianos —añadió al ver la mueca de disgusto del hombretón—, sino en los mercenarios de raza humana. Así podremos movernos por Flotsam con entera libertad.

Tras un corto conciliábulo, todos reconocieron que era el único plan que podía funcionar. Los compañeros cenaron sin apetito, prefiriendo hacerlo en sus habitaciones antes que arriesgarse a bajar al comedor.

—¿No me necesitarás durante mi ausencia? —preguntó Caramon a Raistlin cuando se quedaron solos en la alcoba que compartían.

—Puedo cuidar de mí mismo —fue la lacónica respuesta.

El mago se incorporó para estudiar un libro de hechizos, mas un acceso de tos lo obligó a abandonarlo entre violentas convulsiones.

Al ver que su gemelo estiraba la mano, Raistlin la rechazó.

—¡Vete! —le espetó—. ¡Déjame tranquilo!

Caramon vaciló unos instantes.

—Como quieras —dijo al fin con un suspiro y, tras abandonar la estancia, cerró la puerta suavemente.

Raistlin permaneció unos segundos inmóvil, casi sin resuello. Una vez se hubo normalizado su respiración cruzó despacio la alcoba y, aún tembloroso, levantó uno de los muchos saquillos que Caramon había depositado en la mesilla de noche. Lo abrió y extrajo el Orbe.

Tanis y Caramon, aquél con la capucha echada sobre su rostro, recorrieron las calles de Flotsam al acecho de dos guardianes cuyos uniformes pudieran ajustarse a sus cuerpos. En el caso de Tanis no iba a ser difícil, pero hallar un soldado del tamaño del descomunal guerrero era ya otra cuestión.

Ambos sabían que debían darse prisa. Más de una vez los draconianos se volvieron a mirarlos con expresión de sospecha, y dos de ellos, incluso, los detuvieron para averiguar qué hacían por aquellos lugares. En el tosco dialecto de los mercenarios, Caramon les explicó que querían alistarse en los ejércitos de los dragones y su relato pareció convencerlos. Pero resultaba evidente que no tardaría en atraparles una patrulla.

—¿Qué debe ocurrir? —susurró preocupado el semielfo.

—Quizá la guerra se ha puesto al rojo vivo —aventuró Caramon—. Mira a esos individuos que entran en la taberna.

—Sí, uno de ellos es tan fornido como tú —asintió Tanis, comprendiendo por qué había cambiado de tema—. Escóndete en esa calleja. Esperaremos hasta que salgan y entonces... —en lugar de concluir la frase, estranguló el aire con las manos.

El guerrero captó la señal, y ambos se deslizaron por el adoquinado para refugiarse en un mugriento pasadizo desde donde podían vigilar la puerta del establecimiento.

Era casi medianoche. Las lunas no aparecerían en el firmamento pues, aunque había cesado de llover, densos nubarrones ensombrecían el ambiente. Acurrucados en el callejón, pronto empezaron a tiritar a pesar de sus capas. Las ratas sorteaban sus pies, causándoles una gran repugnancia. Un goblin ebrio se adentró por error en sus dominios y fue a caer de bruces sobre un montón de desperdicios. No volvió a levantarse. El hedor que despedía era nauseabundo, pero los compañeros no se atrevieron a abandonar un puesto de observación tan ventajoso.

Pasado un rato oyeron un tumulto esperanzador, formado por carcajadas sin control y voces humanas que hablaban en común. En efecto, los dos soldados que aguardaban salieron del bar y avanzaron vacilantes hacia ellos.

Una alta farola se alzaba en la acera, iluminando la noche. Los mercenarios se perfilaron bajo sus haces y dieron así a Tanis la oportunidad de estudiarlos. Ambos eran oficiales de los ejércitos de los dragones. Imaginó que acababan de ascenderlos, quizá era eso lo que celebraban. Desde luego sus armaduras refulgían como si fueran nuevas, además de estar relativamente limpias. Al semielfo le satisfizo comprobar la calidad de su acero, cubierto de escamas azules que imitaban a las de los dignatarios de las huestes enemigas.

—¿Preparado? —preguntó Caramon. Tanis asintió.

—¡Elfo abyecto! —exclamó el guerrero desenvainando su espada, con aquella profunda voz que tan bien asumía—. ¡Te he descubierto, espía, y ahora mismo te llevaré a presencia del Señor del Dragón!

—¡Nunca me atraparás vivo! —se rebeló Tanis con su arma también enarbolada.

Al oír la refriega, los oficiales se detuvieron bamboleantes para asomarse a la lóbrega calleja.

Vieron muy interesados cómo Caramon y Tanis se tanteaban mutuamente, evolucionando hasta colocarse en posición de combate. Cuando el guerrero estaba de espaldas a los soldados y Tanis frente a ellos, el semielfo hizo un brusco movimiento y lanzó por los aires la espada de su supuesto rival.