—¡Rápido, ayudadme a arrestarlo! —vociferó el hombretón—. ¡Se ofrece una buena recompensa por él, vivo o muerto!
Los oficiales no titubearon. Tras desenfundar sus armas con dificultad a causa de su embriaguez, se encaminaron hacia Tanis. Sus rostros se hallaban retorcidos en una expresión de cruel complacencia.
—¡Adelante, agujeread a esa escoria! —los apremió Caramon. Aguardó hasta que hubieron pasado junto a él y, en el instante en que alzaron el brazo de la espada, rodeó con sus potentes manos las gargantas de ambos. El guerrero se apresuró a entrechocar sus cabezas, soltándolos para que los inertes cuerpos cayeran al suelo.
—¡No hay tiempo que perder! —gruñó Tanis. Arrastró a uno por los pies hacia la penumbra, mientras Caramon le seguía con el otro. Sin tomarse un segundo de descanso comenzaron a desabrochar las correas de sus armaduras.
—¡Puah! ¡Este debía tener sangre troll! —protestó el guerrero, agitando la mano para ahuyentar los asfixiantes efluvios.
—¡Deja de quejarte! —le espetó Tanis, concentrado en estudiar el complejo sistema de trabas y cinchas del atavío—. Tú al menos estás acostumbrado a embutirte en estas mallas. Por favor, échame una mano.
—Enseguida. —Sonriente, Caramon ajustó las piezas en torno al talle de Tanis —. Un elfo con armadura. ¿Dónde iremos a parar?
—Son tiempos difíciles —respondió su compañero —. ¿Cuándo nos entrevistaremos con la capitana de navío de la que te habló William?
—Dijo que la encontraremos a bordo a primera hora de la mañana.
—Me llamo Maquesta Nar-thon —se presentó la mujer, con la dura expresión de quien tiene muchos asuntos que atender—. Adivino que no sois oficiales de los ejércitos de los dragones, a menos que hayan decidido aceptar elfos en sus filas.
Tanis se sonrojó, a la vez que se desprendía del yelmo.
—¿Resulta muy obvio?
—Quizá no para otros —respondió ella encogiéndose de hombros—. La barba te camufla... ¡pero claro, eres un semielfo! Y el casco oculta tus orejas aunque, como no te proveas de una máscara, tus bonitos ojos almendrados acabarán por delatarte. De todos modos no darás ocasión a que muchos draconianos te contemplen de cerca, ¿me equivoco?
Maquesta se apoyó en el respaldo de su silla, colocó los pies sobre la mesa y estudió el rostro de Tanis. Al oír la risa burlona de Caramon, aquél sintió arder su piel.
Estaban a bordo del Perechon, sentados en la cabina de su capitana. Maquesta Nar-thon pertenecía a la raza de tez oscura que vivía en Ergoth del Norte. Su pueblo estaba constituido por navegantes desde tiempo inmemorial y, según el rumor popular, conocía el lenguaje de las aves marinas y los delfines. Al mirarla, Tanis no pudo por menos que pensar en Theros Ironfeld. Su piel era de un negro reluciente, su cabello crespo permanecía sujeto merced a una cinta dorada que le ceñía la frente. En los ojos de aquella mujer, también de tono azabache, brillaba un fulgor acerado similar al de la daga que pendía de su cinto.
—Hemos venido para hablar de negocios, capitana Maque... —a Tanis se le trabó la lengua al intentar pronunciar tan extraño nombre.
—Por supuesto —respondió ella—. Puedes llamarme Maq, será más fácil para ambos. Me alegro de que traigáis una carta de William, de lo contrario no os habría recibido. Sólo os escucho porque él asegura que sois honrados y vuestro dinero auténtico. Y bien,¿dónde queréis ir?
Tanis y Caramon intercambiaron una fugaz mirada. Estaban en una encrucijada y, además, el semielfo temía revelar a nadie sus dos posibles puntos de destino. Palanthas era la capital de Solamnia, Sancrist un conocido puerto frecuentado por los caballeros.
—¡Por los dioses! —se encolerizó Maq al verlos titubear. Bajando los pies de la mesa, les lanzó una furibunda mirada y añadió—: ¡Decidid de una vez si vais a confiar o no en mí!
—¿Podemos hacerlo? —la interrogó Tanis.
—¿Cuánto dinero tenéis? —insistió la capitana con las cejas enarcadas.
—El suficiente —fue la concisa respuesta—. Digamos que deseamos dirigimos al norte. Si después de bordear el cabo Nordmaar nuestras relaciones son buenas, seguiremos navegando juntos. En el caso de que para entonces haya surgido algún problema, te pagaremos y nos dejarás en un puerto seguro.
—Kalaman —declaró Maq, arrellanándose divertida en su asiento—. Es, según tú mismo afirmas, un puerto seguro. Al menos uno de los más tranquilos en estos tiempos que corren. Me pagaréis ahora la mitad del pasaje y el resto cuando lleguemos. Cualquier trayecto posterior deberá negociarse en su momento.
—Nos depositarás en Kalaman sanos y salvos —puntualizó Tanis.
—No puedo comprometerme —protestó la capitana—. No es ésta una época idónea para viajar por mar.
Se levantó en lánguida actitud y se desperezó como un gato. Caramon, que también se había incorporado, la contempló con admiración.
—Cerremos el trato —añadió Maquesta—. Seguidme, os mostraré la nave.
Los condujo a cubierta. El velero se le antojó a Tanis bien aparejado, aunque él nada sabía de tales cuestiones. La voz y las maneras de la mujer fueron frías cuando iniciaron su conversación, pero a medida que les enseñaba los detalles de su barco adquirieron un calor imprevisto. El semielfo advirtió que adoptaba la misma expresión, que sus frases se revestían del mismo ardor que había detectado en Tika cuando hablaba de Caramon. El Perechon era, sin lugar a dudas, el único amor de Maq.
Reinaba a bordo una gran tranquilidad. La tripulación estaba en tierra junto con el primer oficial, según les explicó Maquesta. La única persona que Tanis vio en la cubierta, aparte de ellos mismos, fue un hombre que remendaba en solitario una vela. Cuando pasaron por su lado alzó los ojos, y el semielfo comprobó que casi se le salieron de las órbitas al toparse con las armaduras de escamas de dragón.
—Nocesta, Berem —la capitana trató de apaciguarlo señalando a Tanis y Caramon—. Nocesta. Clientes, dinero.
El hombre asintió y reanudó su tarea.
—¿Quién es? —indagó el semielfo en voz baja mientras volvían al camarote para zanjar las negociaciones.
—¿Quién, Berem? —preguntó Maq a su vez—. El piloto. Sé muy poco de él. Se presentó aquí hace unos meses pidiendo trabajo. Lo admití como grumete, pero poco después mi timonel murió en un altercado con... dejémoslo, poco importa. El caso es que lo sustituyó por su propia iniciativa y resultó ser espléndido en el manejo de la rueda, mejor incluso que el anterior. Sin embargo, es una criatura extraña. Creo que es mudo. Nunca habla, y rehúsa desembarcar siempre que puede. Me escribió su nombre en el cuaderno de bitácora de otro modo ni siquiera conocería ese detalle. ¿Por qué? —inquirió al comprobar que Tanis lo examinaba con suma atención.
Berem era alto y corpulento. A primera vista parecía un hombre de mediana edad, de acuerdo con las pautas de su raza. Tenía el cabello cano y el rostro bien rasurado, de tez curtida y ajada por los prolongados efectos de la brisa marina. Sin embargo, sus ojos eran transparentes y brillantes como los de un joven, al igual que las tersas manos con que sostenía la aguja. Quizá corría por sus venas sangre elfa, pero Tanis no halló en él ningún rasgo que lo confirmara.
—Le he visto antes, estoy seguro —comentó el semielfo—. y tú, Caramon, ¿lo recuerdas?
—¡Oh, vamos! —protestó el guerrero—. Nos hemos tropezado con millares de personas en sólo un mes. Probablemente formaba parte de la audiencia en una de nuestras puestas en escena.
—No —replicó Tanis —. En cuanto mis ojos se han posado en ese hombre he pensado en Pax Tharkas y en Sturm...
—Tengo mucho que hacer —le interrumpió Maq—. ¿Venís, o preferís contemplar cómo cose la vela?