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Contemplaron la llanura cubierta de nieve y hielo. Oscilantes llamas salpicaban el paisaje allí donde los árboles, devastados por los aserrados relámpagos que surcaron el cielo durante la ventisca, ardían con misteriosos destellos. Pero no fueron los aislados incendios los que atrajeron la atención de los caballeros cuando se encaramaron a las almenas. Les inquietaba más el fuego que se alzaba en el horizonte, centenares de ígneos fulgores que invadían el frío y despejado aire con su hediondo humo.

Las hogueras de los campamentos. Las hogueras de los ejércitos enemigos.

Un edificio se interponía entre la Señora del Dragón y su proyectada victoria en Solamnia. Ese edificio o «cosa», como ella solía llamarla, era la torre del Sumo Sacerdote.

Construida tiempo atrás por Vinas Solamnus, fundador de la Orden de los Caballeros, en el único paso que permitía atravesar las nevadas y siempre brumosas montañas Vingaard, la torre protegía Palanthas, capital de Solamnia, y el puerto denominado las Puertas de Paladine. Si caía esa mole, Palanthas pasaría a manos de los ejércitos de los dragones. Se trataba de una bella ciudad llena de riquezas, de una urbe que había vuelto la espalda al mundo para contemplarse, orgullosa, en su propio espejo.

Con Palanthas en su poder y el puerto bajo control, la Señora del Dragón cortaría sin dificultad el suministro de víveres hasta imponer sumisión al resto de Solamnia y barrer de la faz de la tierra a los molestos caballeros. La comandante, apodada «Dama Oscura» por sus tropas, no se hallaba en el campamento. Una misión secreta la había llevado al este. pero al partir dejó tras ella a oficiales leales y eficientes, dispuestos a cualquier hazaña para ganarse su favor.

De todos los Señores de los Dragones, la Dama Oscura era la predilecta de la soberana. Por eso las tropas de draconianos, goblins, ogros y humanos permanecían en suspuestos contemplando la torre con ojos codiciosos, todos ellos ávidos de lucha para obtener sus recomendaciones.

Defendía el edificio una nutrida guarnición de Caballeros de Solamnia, que a este fin abandonaron Palanthas unas semanas antes. Según la leyenda, la torre nunca había sucumbido estando protegida por hombres piadosos, consagrada como estaba al Sumo Sacerdote representante de un rango que, tan sólo inferior al del Gran Maestre, merecía el más hondo respeto de los súbditos del reino.

Los clérigos de Paladine vivieron en la torre durante la Era de los Sueños. Allí habían acudido los jóvenes caballeros para ser adoctrinados en los misterios religiosos, dejando numerosos vestigios de su paso.

No era únicamente el temor de la leyenda lo que detenía a los ejércitos. Sus oficiales no necesitaban de fábulas para comprender que tomar tal fortaleza sería un arduo empeño.

—El tiempo nos favorece —dijo la Dama Oscura antes de partir—. Nuestros espías informan que los caballeros han recibido escasa ayuda desde Palanthas. Hemos interceptado sus vías de abastecimiento desde el alcázar de Vingaard hacia el este. Dejemos que se encierren en su torre, pues más pronto o más tarde su impaciencia y sus estómagos vacíos los inducirán a cometer un error. Cuando eso ocurra, estaremos a punto para entrar en acción.

—Podríamos tomar la plaza con una escuadra de dragones —sugirió un joven oficial. Se llamaba Bakaris y su valor en la liza, unido a su atractivo rostro, le habían valido el favor de su señora. Eso no impidió, no obstante, que la Dama Oscura le dirigiera una especulativa mirada cuando se disponía a montar a la grupa de Skie, su dragón azul.

—Quizá te equivoques —se limitó a replicar—. Se rumorea que han descubierto una antigua arma: la lanza Dragonlance.

—¡Puros cuentos infantiles! —se burló el oficial mientras la ayudaba a instalarse a lomos de Skie. El reptil observó al apuesto joven con ojos furibundos.

—No menosprecies los relatos para niños —le advirtió la Dama Oscura—, son los mismos que nos dieron a conocer a los míticos dragones. Pero no te preocupes, amigo. Si consigo capturar al Hombre de la Joya Verde no tendremos que atacar la torre, ella misma se destruirá. Si, por el contrario, fracaso —añadió encogiéndose de hombros— quizá te mande la escuadra que solicitas.

Sin más preámbulos el gigantesco animal de escamas azules batió sus alas y alzó el vuelo hacia el este, en dirección a una pequeña y pobre ciudad situada a orillas del mar Sangriento de Istar. Se llamaba Flotsam.

Las tropas aguardaban desde entonces, reconfortadas por las cálidas fogatas, mientras los caballeros luchaban contra el hambre tal como había augurado la dignataria. Pero mucho peor que la falta de alimento eran las disensiones que comenzaban a enfrentar a unos contra otros.

Los jóvenes caballeros que servían a las órdenes de Sturm Brightblade llegaron a reverenciar a su desafortunado cabecilla durante los penosos meses que sucedieron a su partida de Sancrist. Aunque melancólico y, en ocasiones, reservado, el honesto e íntegro carácter de Sturm le hizo merecedor del respeto y admiración de sus hombres. Fue la suya una victoria que le costó indecibles sufrimientos a manos de Derek. Una criatura menos noble habría prestado oídos sordos a las maniobras políticas de este último, o por lo menos mantenido la boca cerrada como hiciera el comandante Alfred; pero Sturm no dudó en desenmascararlo tantas veces como lo creyó necesario, aun sabiendo que de ese modo perjudicaba su causa contra el poderoso caballero.

Fue Derek quien enajenó a los habitantes de Palanthas. Ya desconfiados, dominados por antiguos odios y amarguras, los moradores de la bella y pacífica ciudad se alarmaron y encolerizaron ante sus amenazas cuando negaron su autorización a los caballeros para guarnicionar el recinto. Por fortuna, las pacientes negociaciones de Sturm acabaron por propiciar la actitud de los ciudadanos y proveyeron de víveres a los soldados.

La situación no mejoró al instalarse los caballeros en la torre del Sumo Sacerdote. Las facciones entre los comandantes minaron la moral de los soldados de infantería que, además, sufrían las consecuencias de la escasez de alimentos. Pronto la torre se convirtió en un nido de intrigas, los mandatarios que apoyaban a Derek se enfrentaron a la franca oposición de los seguidores de Gunthar, capitaneados por Sturm, y si no estallaron sangrientas trifulcas fue gracias a la estricta obediencia que este caballero profesaba a la Medida. Pero la descorazonadora visión de los ejércitos de los dragones acampados en las cercanías, así como la progresiva merma de víveres, desataron nervios y malos humores.

El comandante Alfred comprendió el peligro demasiado tarde. Lamentó entonces la necedad que había mostrado al respaldar a Derek, pues resultaba evidente que el caballero se estaba volviendo loco.

Su demencia crecía a ojos vistas, su ambición de poder corroía los últimos reductos de razón que aún albergaba. Pero Alfred nada podía hacer. Encerrados en la rígida estructura marcada por la Medida, se precisaban meses de conciliábulos para relevar a Derek Crownguard de su rango.

La noticia del triunfo de Sturm sobre sus acusadores azotaría la seca y resquebrajada tierra con la rapidez del relámpago. Como había preconizado Gunthar, este hecho daría al traste con las esperanzas de Derek. Lo que no había previsto era que sesgaría también su frágil vínculo con la cordura.

La mañana siguiente a la tormenta, los ojos de los centinelas abandonaron unos instantes su vigilancia de las huestes enemigas para posarse en el patio de la Torre. El sol tiñó el nublado cielo de una luz gélida y blanquecina, que se reflejó en las armaduras de los Caballeros de Solamnia cuando se reunieron para una solemne ceremonia de investidura.

Sobre sus cabezas, los estandartes donde figuraba el penacho parecieron congelarse en las almenas al permanecer suspendidos e inmóviles en el frío aire matutino. Las puras notas de una trompeta, que hicieron bullir la sangre en las venas de los presentes, anunciaron la apertura de acto. Al oír su clamor, los caballeros irguieron la testa y desfilaron por el patio.