Centró su atención en el rastrillo. Había un espacio abierto entre las afiladas puntas metálicas y el pétreo suelo, un espacio hecho a su medida. No perdió un instante en reflexionar sobre las consecuencias. Tendiéndose cuán largo era, reptó bajo las rejas.
Se encontró en una vasta sala, de casi cincuenta pies de anchura. Apenas veía su entorno inmediato, mas, pronto, descubrió unas antorchas apagadas en el muro. Unos ágiles saltos le bastaron para asir una y encenderla con la yesca de Flint, que por fortuna guardaba en su saquillo.
Ahora Tas pudo examinar el gigantesco salón donde se hallaba. Tenía forma alargada y se perdía en las entrañas de la torre. Unas extrañas columnas se alineaban a ambos lados, como ristras de dientes. Se encaramó a una de ellas, y detrás no vio sino un nicho.
La estancia estaba vacía. Decepcionado, Tasslehoff avanzó unos pasos con la esperanza de encontrar algo interesante. Llegó a otra reja, ésta ya izada. «Aquello que resulta fácil acaba causando más complicaciones de las que merece», rezaba un antiguo proverbio de su raza. Pese a su disgusto, no renunció a traspasar el rastrillo para introducirse en un salón, quizá un corredor, más angosto que el primero —medía sólo unos diez pies de anchura pero provisto de idénticas columnas dentadas.
¿Por qué construir una torre tan fácil de abordar? se preguntaba Tas. La muralla exterior era imponente, pero una vez traspasada cinco enanos ebrios podían ocupar la plaza. El kender alzó la mirada. ¿Y por qué tan alta? La sala principal sobrepasaba los treinta pies.
«Quizá los caballeros de la época eran verdaderos gigantes», especuló con interés mientras se deslizaba por el pasillo, espiando las puertas abiertas y agazapándose en las esquinas.
Pasado este segundo trecho se tropezó con un tercer rastrillo. Era diferente de los anteriores, y tan extraño como el resto de la torre. En efecto, se dividía en dos mitades que se unían en el centro. Lo más misterioso de todo, no obstante, era que un gran agujero se abría en medio de las rejas.
Atravesó el hueco sin dificultad y accedió así a una sala más pequeña. Frente a él se erguía una enorme puerta de acero de doble hoja. El kender la empujó distraído, llevándose un mayúsculo sobresalto al comprobar que estaba cerrada con llave. Ninguno de los rastrillos había supuesto un obstáculo. No había nada que proteger.
Lejos de desalentarse, Tas se dijo que al fin había dado con algo capaz de mantenerle ocupado y olvidar el ronroneo de su estómago. Trepó a un banco de piedra para ensartar la antorcha en un pedestal del muro, y revolvió en sus bolsas. No tardó en palpar las herramientas que habían de permitirle forzar la cerradura, y que eran inseparables de los kenders. «¿Por qué insultar el propósito de una puerta atrancándola?» era una de sus expresiones predilectas.
Eligió el artilugio adecuado y se puso manos a la obra. La cerradura era sencilla. Un leve chasquido le anunció que había tenido éxito en su tarea, de modo que guardó las herramientas en su bolsillo. La puerta se abrió hacia adentro con un ligero balanceo y el kender aguzó el oído. No detectó nada. Oteó el horizonte, sin percibir tampoco contornos susceptibles de orientarle. Se encaramó de nuevo al banco recogió la antorcha y cruzó sigiloso la puerta.
Al alzar la tea vislumbró una vasta sala circular. Estaba vacía salvo por un polvoriento objeto, similar a una fuente, que se erguía en su centro. Había llegado al final del recorrido pues, aunque se dibujaban otras dos puertas en la sala, resultaba obvio que sólo conducían a los otros pasillos de acceso. Estaba en las entrañas mismas de la torre, en un lugar sagrado. ¡Tanto enigma para nada!
Procedió a examinar el recinto, iluminando los rincones con su antorcha. Aunque se sintió desencantado, decidió inspeccionar también la fuente antes de partir.
Tas vio al acercarse que no se trataba en absoluto de una fuente, si bien la capa de polvo que cubría la estructura era tan gruesa que no acertaba a identificarla. Su altura era pareja a la del kender, de unos cuatro pies. En su parte superior, una especie de esfera se apoyaba en un fino pedestal de tres patas.
Escudriñó el objeto con creciente ansiedad, y al no verlo como deseaba contuvo el aliento y sopló enérgicamente. El polvo se introdujo en su nariz, haciéndole estornudar y casi soltar la antorcha. Quedó ciego unos instantes, hasta que el polvo volvió a posarse. Cuando el ingenio se reveló a sus ojos se le hizo un nudo en la garganta.
—¡Oh, no! —gimió. Tras hurgar en otro saquillo, extrajo un pañuelo y frotó la superficie circular. El polvo se desprendió, y ya no albergó la menor duda—. ¡Caramba! Tenía yo razón. ¿Qué voy a hacer?
A la mañana siguiente el sol asomó rojizo entre la neblina que producía el humo de las fogatas. En el patio de la torre del Sumo Sacerdote se inició la actividad antes de que se disiparan las sombras nocturnas. Un centenar de caballeros montaron a sus corceles, ajustaron las cinchas, reclamaron sus escudos y se abrocharon la armadura mientras los soldados de a pie corrían a su alrededor en busca de sus formaciones.
Sturm, Laurana y el comandante Alfred se hallaban en un umbrío portalón contemplando silenciosos cómo Derek, entre risas y chanzas dirigidas a sus hombres, supervisaba el ajetreo. El caballero resplandecía en su armadura, y la rosa de su peto se realzaba bajo los primeros rayos del sol. Los soldados desbordaban de júbilo, la perspectiva de la batalla les ayudaba a olvidar el hambre.
—Debes impedirlo, señor —dijo Sturm en voz baja.
—No puedo —se lamentó Alfred, ajustándose los guantes. La luz matutina ponía al descubierto su desencajado rostro. No había conciliado el sueño desde que Sturm le despertara, ya de madrugada—. La Medida le otorga el derecho a tomar esta decisión.
Vanos habían sido todos los argumentos de Alfred para convencer a Derek de que debía esperar unos días más. El viento comenzaba a agitarse, trayendo cálidas brisas del norte.
Derek se mostró inflexible. Estaba resuelto a abandonar la torre y cargar contra los ejércitos de los dragones. En cuanto a la superioridad numérica de éstos, no provocó sino su risa desdeñosa. ¿Desde cuándo podían equipararse los goblins con los Caballeros de Solamnia? Habían combatido en una proporción de cincuenta a uno favorable a tales criaturas, reforzadas, además, por los ogros, en la guerra que tuvo lugar un siglo atrás en el alcázar de Vingaard, y lograron ponerles en fuga.
—Pero en esta ocasión te enfrentas a draconianos —le advirtió Sturm—. No son como los goblins, sino inteligentes y astutos. Cuentan con magos en sus filas, y sus armas son las más sofisticadas de Krynn. Incluso moribundos pueden aniquilar a sus rivales.
—Creo que los venceremos sin dificultad, Brightblade —repuso Derek bruscamente—. Te sugiero que despiertes a tus hombres y los organices cuanto antes.
—No voy a acompañarte —le espetó Sturm con firmeza—. Ni tampoco ordenaré a mis hombres que te sigan.
El demente caballero palideció de ira. Tan enfurecido estaba que se quedó sin habla. Incluso Alfred sufrió un sobresalto.
—Sturm —le preguntó precavido—, ¿sabes bien lo qué haces?
—Sí, mi señor —respondió el interpelado—. Somos el único obstáculo que se interpone entre las huestes enemigas y Palanthas. No podemos abandonar la guarnición. Yo me ocuparé de defender esta plaza.
—De modo que desobedeces una orden expresa —le imprecó Derek—. Tú eres testigo, comandante Alfred. ¡Haré que lo decapiten por desacato!
Se alejó brioso. Alfred, con expresión sombría, fue tras él, dejando solo a Sturm.
El caballero había dado a sus hombres libertad de acción. Podían permanecer a su lado sin riesgo para sus vidas, pues al hacerlo obedecían el mandato de su oficial directo, o partir con Derek. Mencionó que así había obrado Vinas Solamnus hacía muchos años, cuando los caballeros se alzaron en rebeldía contra el corrupto emperador de Ergoth. Los soldados no necesitaban que les recordase esta antigua leyenda. Veían en ella una señal del destino y, como ocurrió en el caso de Solamnus, optaron en su mayoría por quedarse con el superior al que profesaban tanta admiración como respeto.