– Podría ser -una astuta sonrisa apareció tímidamente en los labios del Profesor-. Iré disfrazado con mi aspecto más familiar. Ármate, Lee Chow y permanece atento a Harkness y al coche.
A continuación el Profesor subió a su habitación para ponerse el disfraz que había utilizado en los viejos tiempos: se puso el corsé que le ayudaba a parecer más delgado y los aparatos para simular la permanente carga de espaldas, las botas con suelas altas que le proporcionaban una altura extra y la increíble peluca calva para tener la frente abovedada.
Después de ponerse las ropas negras de hombre de profesión, James Moriarty se sentó ante el espejo, armado con cepillos, colores y otros materiales para disfrazarse. Luego, con unos cuantos retoques,, se convirtió en su desaparecido hermano: el profesor de Matemáticas a quien el mundo conocía como el auténtico James Moriarty, Profesor del Mal, Napoleón del Crimen.
A las nueve y media, seis matones, sin contar a Terremant, se encontraban reunidos en el almacén de Berdmonsey. Spear trató de que fueran lo más elegantemente posible con los uniformes que llevarían para prender a los ladrones de Cornhill. En el primer plan, los hermanos Jacobs tenían que haber ido, junto a Terremant, disfrazados de polis de paisano para atrapar a Schleifstein. Ahora todos estaban involucrados.
A Spear no le agradó nada ver los cascos de esos uniformes de policía, con la cresta del dragón del cuerpo de la ciudad, un símbolo que inmediatamente levantaría sospechas si tuvieran que realizar una tarea dentro del territorio de la Policía Metropolitana. Spear era un criminal sensible y lo último que deseaba era utilizar la violencia contra un miembro de la policía.
Bertram Jacobs iba a encargarse del asalto, ya que Schleifstein conocía demasiado bien a Spear para aparecer cerca de la casa de Edmonton, y quizá diera la impresión de que el «arresto» no era lo que ellos pensaban.
– Tratad a Ember de forma algo brutal -les aconsejó Spear-. Sólo por el efecto. Supongo que no desearéis una reyerta en la parte trasera del furgón durante el recorrido. Podría llamar la atención más de lo normal.
Bertram asintió con la cabeza mientras levantaba su chaqueta para que apareciera la larga culata curvada del revolver de doble acción del servicio francés, que sobresalía de su cinturón.
– Usarlo solamente si hay que silenciar a alguien a quien no podéis coger.
– No hay ningún problema. Sabemos lo que hay que hacer.
– ¿Os habéis aprendido bien el plano del lugar?
– Ember nos habló al respecto. Suelen estar en el salón situado a la derecha del recibidor. La habitación del jefe está en el primer piso. Yo mismo lo atraparé.
Iban a subir al coche, situado en el patio junto a los edificios, cuando llegó Betteridge, sofocado y cansado, que ya se había desembarazado de su uniforme de policía en la tienda de una muchacha en Gilí Street, cerca de los puertos West India. Spear decidió que Betteridge ya había cumplido con la farsa lo suficiente durante aquel día y decretó que se quedara en Bermondsey a la espera de los prisioneros.
Ember estaba dentro, nervioso y agitado. Durante todo el camino de vuelta a Edmonton había estado esperando que le apuntaran con un arma: la bolsa de las joyas era muy llamativa y Franz enormemente suspicaz. Sin embargo, Schleifstein estaba muy contento después de su primer malestar y consternación al escuchar que el golpe se había llevado a cabo en una sola noche.
El alemán subió la bolsa a su dormitorio, mientras a Wellborn y al muchacho del pelo lleno de grasa les ofrecían bacon y pan y les daban de beber un té del color de la cerveza negra. Esto ayudó mucho a reavivar el ánimo de Ember, aunque Franz seguía observándole con miradas cautelosas.
Peter y Claus regresaron a pie, algo después de las ocho, y anunciaron que no había habido ningún tipo de problemas. Evans, muy asustado después de su penosa experiencia con el coche, llegó unos quince minutos después.
Muy lentamente, la tensión de la noche dio paso a una atmósfera más relajada, llena de bromas, a la que Ember le costó mucho unirse, sabiendo como él sabía, que lo más seguro era que se produjera una refriega antes de que acabara el día.
Algo después de las nueve, Schleifstein llamó al muchacho y algunos minutos más tarde Ember escuchó al chico que bajaba y salía por la puerta principal. Cinco minutos más tarde, el líder alemán entró en el salón y pidió a Ember que se reuniera con él arriba.
La bolsa estaba por el suelo y las gemas se encontraban sobre la cama, colocadas con sumo cuidado y orden. El rostro de Schleifstein mostraba buen humor.
– Ha mantenido su palabra, señor Ember. Es el mejor botín que he visto en toda mi vida. Una vez que saquemos las joyas del país, no tengo ninguna duda de que se comentará por ahí que yo planeé el trabajo de esta noche. Supongo que mejorará mi reputación entre la gente del hampa de Londres.
– Muchísimo.
– No quiero que las piedras estén aquí durante mucho tiempo -no podía separar la vista de la cama con su precioso cargamento. Era la colcha más valiosa en toda la historia del crimen-. Habría preferido que no lo trajeran aquí hasta mañana por la mañana, pero ya está hecho. El muchacho había ido a buscar a uno de los magnates que se encargaría de transportar estos preciosos objetos.
El corazón de Ember se hundió. Después de todo todavía el Profesor podría perder la presa.
– Aquí estarán lo suficientemente seguras -dijo Ember-, ¿Confía en ese hombre?
En el rostro de Schleifstein apareció una ligera y breve sonrisa.
– Su mujer y sus hijos están en Berlín. Estoy seguro de que no me hará ninguna faena.
Abajo, la campanilla sonó suavemente, un campanilleo que en la cabeza de Ember sonaba como una docena de diminutas cajas musicales. El alemán sólo prestó un interés pasajero.
– Se llevará sólo las piezas más grandes -continuó-. Las diademas y los collares.
Abajo se oyeron unas fuertes voces. Después se escuchó un grito seguido del sonido de un disparo de pistola.
Ben Tuffnell había observado todas las idas y venidas de la casa de Edmonton desde su puesto en el exterior y estaba completamente alerta bajo una apariencia de desinterés. No había mucho movimiento en la calle mientras subía el coche, justo alrededor de la esquina, y muy poca gente le prestó atención. Tuffnell vio a los hermanos Jacobs y a Terremant trepando por la parte trasera, embozados en sus gabanes, y caminando tranquilamente hacia la casa del alemán. Los otros matones, vestidos de policías, permanecían junto al furgón en la esquina, y no continuarían hasta que Bertram Jacobs subiera los escalones y moviera el sucio tirador metálico de la puerta. Los hombres uniformados caminaban en fila, sin ninguna prisa, y el individuo sobre el coche tampoco azuzaría a los caballos hasta que recibiera la señal de que la puerta había sido abierta.
Bertram Jacobs se quedó de pie en lo alto de los escalones con una mano dentro de su abrigo, descansando sobre la culata del revólver. Su hermano y Terremant estaban en el otro lado, algo más abajo que él, sobre los escalones.
El enorme Franz abrió la puerta.
– Somos oficiales de policía -dijo Bert Jacobs, empujando hacia delante.
Franz intentó dar un portazo sobre su rostro para regresar al recibidor, pero tanto los Jacobs como Terremant utilizaron su fuerza para empujar hacia delante, hasta que entraron en el hall, mientras Franz retrocedía, tambaleándose y gritando en alemán que había llegado la policía. Los matones uniformados ahora estaban corriendo y subían los escalones de dos en dos mientras Franz metía la mano en la parte interna de su chaqueta, sacaba un gran revólver y disparaba una sola vez.
La bala dio a uno de los matones -un boxeador bajo y fuerte de nombre Pug Parsons- en el pecho y lo derribó por las escaleras, donde permaneció quejándose con todo el uniforme azul empapado de sangre. Hubo algunos gritos que provenían de la calle mientras Terremant saltaba hacia delante y con su porra -una pequeña y ligera porra que llevaba- golpeaba fuertemente sobre las muñecas de Franz; y luego volvió a darle otra vez en un lado de la cabeza.