Los dos Jacobs subieron las escaleras, al tiempo que sus colegas uniformados irrumpieron en el salón para prender a los que ya estaban intentando escapar por la ventana delantera.
Cogieron a Schleifstein bastante desprevenido; su rostro reflejaba una mezcla de confusión y enfado, y sus ojos demostraron que no comprendió lo que sucedía hasta que se encontró a medio camino del cajón de su mesa.
– Le cogeremos vivo -afirmó Bertram Jacobs enseñando el revólver, con el brazo tendido, mientras su hermano agarraba a Ember, le daba la vuelta y le ponía las esposas en las muñecas, antes de empujarle contra la pared sin ningún tipo de miramientos.
Bertram hizo lo mismo con el alemán, que ahora estaba hablando alternativamente en inglés y alemán. Se necesitó menos de un minuto para pasar el botín desde la cama al saco de lona, mientras William miró a través de la ventana y observó a una multitud que se reunía en la calle mientras los hombres uniformados metían a los otros en la parte trasera del furgón.
Un minuto después, hicieron bajar a Schleifstein y a Ember por la estrecha escalera y los llevaron fuera, bajando por los escalones de piedra. En la parte inferior uno de los matones levantó la cabeza de Pug Parsons para ver qué es lo que podía hacer.
– Está muerto -gruñó el matón a Bertram mientras pasaban junto al cuerpo.
– Entonces, déjale -susurró Jacobs empujando a Schleifstein por detrás con el cañón de su revólver.
La operación había llevado menos de seis minutos desde el principio al final y, mientras el falso coche de policía hizo un gran estruendo, Terremant se asomó por la ventana trasera cubierta de barrotes: sus prisioneros estaban todos encerrados en sus pequeñas jaulas, que se encontraban a ambos lados del interior del furgón. A través de la multitud, pudo observar a una pareja de policías mientras corrían hacia el bullicio.
– Vámonos como el viento -dijo quedamente Terremant-. Los polis ya están de camino.
Justo antes de que Lee Chow y el Profesor salieran hacia Bermondsey, Saxby regresó a Albert Square con la noticia de que se había producido una gran alarma en los alrededores de Bishopsgate y Cornhill. Ya habían encontrado al policía que estaba haciendo la ronda, atado y amordazado en la barandilla de la iglesia de St. Peter, y era evidente que la banda de ladrones se había dejado las herramientas. Puesto que las herramientas de un buen ladrón se consideran como su «firma», la policía confiaba en que no tardaría mucho en atrapar a los culpables.
El Profesor permaneció en silencio mientras escuchaba las noticias. Al final se volvió hacia Lee Chow, como para decir algo de importancia.
Lee Chow habló antes que él.
– ¿Desea que vaya a St. John's Wood?
De nuevo Moriarty sopesó el asunto antes de hablar.
– No. Primero vendrás conmigo a Bermondsey. No me gusta salir en la situación actual sin que me acompañe al menos un miembro de la Guardia Pretoriana. Cuando veas que estoy seguro allí, te irás y arreglarás los asuntos en St. John's Wood.
El viaje de vuelta de Bermondsey dentro del furgón de la policía fue accidentado y poco cómodo. Sólo había seis compartimentos para los prisioneros, por lo que Ember tuvo que quedarse en el estrecho pasillo junto a los matones. De cualquier modo, seguía habiendo muy poco espacio y el vehículo se balanceó peligrosamente y crujió debido al peso excesivo.
Nadie les desafió, y al fin, con gran alivio, llegaron al patio situado detrás del almacén y de las oficinas.
Se habían preparado seis habitaciones y un gran vestíbulo. Las sillas y las mesas se colocaron en el hall y unas pobres camas en las habitaciones, con las ventanas adecuadamente cubiertas de barrotes. Mientras que las ventanas ya eran seguras en el momento de la compra de la casa, las puertas sólo estaban equipadas con cerraduras baratas, por lo que durante la semana anterior tuvieron que añadirse nuevas cerraduras y planchas de hierro. Se había limpiado y blanqueado toda esta parte del edificio, por lo que Schleifstein y sus seguidores podrían haber pensado que no se les había llevado a un centro oficial.
Ahora estaban allí todos, bastante dóciles, aunque el enfado era visible en todos los rostros, aparte de cierta agresividad en el caso de Franz, a quien se le había dicho durante todo el viaje que estaba destinado al manzano de Jack Ketch: todos ellos fueron testigos de su disparo en los escalones de la casa de Edmonton.
Spear permaneció escondido hasta que se dividió a todos los prisioneros, se les cacheó por segunda vez y se les encerró bajo llave. Recibió muy mal la noticia de la muerte de Pug Parson, y no sólo porque Parson era un viejo camarada, sino también por el hecho de que tuvo que dejarse el cuerpo a plena vista en Edmonton. Pero estuvo de acuerdo en que no tuvieron otra elección.
Se pusieron vigilantes en la calle y Spear se encargó del saco de lona. En este mismo instante, Harkness metía en el patio el coche personal de Moriarty.
Todos cogieron aliento de forma audible, tanto los matones como los miembros de la Guardia Pretoriana, cuando el Profesor entró en el edificio, ya que ésta era la primera vez desde su llegada de América en que el Profesor aparecía con el disfraz de su famoso hermano.
Era una de las leyendas que James Moriarty había creado: su habilidad para convertirse rápidamente en dos personas. Con su particular sentido teatral, se quedó en el umbral durante un momento para que sus seguidores comprendieran bien su transformación. Una figura alta y delgada con los hombros cargados y el rostro chupado, con ojos profundos y finos labios: era un disfraz completo y realmente magistral y, para darle mayor veracidad, el mismo Moriarty era perfectamente consciente de su transformación cada vez que la realizaba: ¿acaso no había eliminado a su hermano académico con su propias manos para poseer totalmente su carácter, junto con el aura de respeto que le rodeaba?
– ¿Todo está hecho? -preguntó. Hasta su voz parecía algo alterada, más vieja y en consonancia con el cuerpo que la sostenía.
Spear avanzó.
– Todos están aquí. Y también el botín.
Moriarty asintió con la cabeza.
– ¿No ha habido dificultades?
Spear le contó cómo se había producido la muerte de Parsons, y la mirada del Profesor, mientras escuchaba la noticia, adquirió un aspecto filosófico.
– Traedme al berlinés -dijo al final.
Los hermanos Jacobs desaparecieron en la habitación donde se dejó a Schleifstein y uno o dos segundos más tarde se vieron cara a cara los dos líderes del hampa.
La conmoción de Schleifstein fue evidente desde el momento en que vio al Profesor, su curtida piel se secó repentinamente y adquirió ese quebradizo color amarillento del papel. Ambos se chocaron las manos, y por un momento pareció como si le hubiera dado un ataque epiléptico.
– ¿Qué es este juego? -al final refunfuñó mientras trataba de apoyarse sobre la mesa para no caerse.
– Buenos días, querido Wilhelm -habló el Profesor con suavidad, sin dejar de mirar a los ojos de Schleifstein ni siquiera por un segundo-. ¿No me esperaba? -elevó el tono de voz por un instante-. ¿Realmente pensaba que le dejaría tramar un buen golpe en mi propio jardín? ¿Me habría concedido el mismo privilegio en Berlín, aun cuando le hubiera pedido permiso?… lo cual usted no hizo.
– Usted estaba… -la voz de Schleifstein se desvaneció poco a poco. Dijo algo más pero era algo muy confuso y no pudieron escucharlo el resto de los presentes.
– ¿Fuera? ¿En el extranjero? ¿En América? Yo era un arrendatario ausente. ¿Es eso lo que pensaba? ¿Cuándo el gato está lejos? Pero yo estaba… y usted y sus compinches de Francia, Italia y España se desdijeron de todo lo que habíamos acordado, ¿verdad?
– Querido Profesor -el alemán parecía haber recobrado el color-. Estaba cercado y la ley asaltó su imperio.