– Ya veo lo que quieres, James, pero podría fallar. La generosa Sylvia no es idiota, aunque esté loca.
– La generosa Sylvia, como tú sueles llamarla, está muy interesada en mejorar su situación de vida, según me parece entender. Obséquiala con un fait accompli, una chica servicial y con buenas maneras que enseñará a Crow su bello tobillo. Está cansado de la actitud de su mujer. Sólo hay que verlo, Sal. Escoge a la chica adecuada, saca a Lottie y coloca a la otra antes de Navidad. Es un riesgo, lo sé, pero ya ha funcionado en otras ocasiones. Muchas bellas criadas han llevado a sus amos a la cama y les han proporcionado un feliz año lleno de placer ante las narices de sus esposas.
Sal se rió.
– Verdaderamente, James, es un viejo truco, y puede resultar una buena intriga. Me temo que la madre de la pobre Lottie se va a poner enferma repentinamente y su prima va a ser enviada para reemplazarla. Creo que puedo encontrar a la chica adecuada para este trabajo. Una mariposa que ha aprendido el arte de la inocencia, de forma que podría tentar hasta a un santo.
Como policía, Angus McCready Crow se jactaba de su especial intuición para olfatear el ambiente. Este sexto sentido fue utilizado más intensamente durante los cuatro días anteriores a la Navidad, cuando regresó a King Street. Esa noche estaba bajo de ánimo, ya que no se había podido encontrar a Ember, y Lee Chow -cuya descripción estaba en todas las comisarías de policía del área metropolitana- parecía haber desaparecido de la faz de la tierra. No había ni rastro de Schleifstein y sus compañeros, aunque ahora Crow había probado que verdaderamente se trataba del alemán que había estado viviendo en la casa de Edmonton. Además, conocidos ladrones habían vuelto ahora a ese viejo e inquebrantable silencio en cuanto se mencionaba el nombre de James Moriarty.
– Se han vuelto ciegos, sordos y mudos -dijo Tanner, después de una incursión entre los criminales que normalmente estaban acostumbrados a vender a sus propios padres por una botella de vino.
– Como los tres monosabios -comentó Crow tristemente, sabiendo demasiado bien que eso sólo podía significar una cosa-. El Profesor había reclamado su autoridad sobre la violencia de Londres.
En el instante en que abrió la puerta del número 63 de King Street, la sutil atmósfera le golpeó como el puño de un boxeador en el estómago. Había una tranquilidad nueva, acompañada por unos aromas más delicados y tangibles que se filtraban desde la cocina.
Sylvia, sin embargo, seguía estando susceptible. Apenas había entrado en el salón cuando empezó: «hoy hemos tenido aquí mucho ajetreo».
Crow no dijo nada, una táctica que, durante las últimas semanas le había parecido mejor adoptar cuando se enfrentaba a las afirmaciones de Sylvia.
– Con todos los preparativos para la Navidad -apuntó ella-. Con las idas y venidas, los preparativos y los planes. Demasiado mal. Demasiado mal… -dejó la frase sin acabar, como si su marido pudiera averiguar el significado mediante algún método para leer la mente.
Crow se alegró. Quizá, pensó, los dos tíos de Sylvia y sus mujeres no vengan a pasar las vacaciones después de todo, una posibilidad que alegraba la vida de Crow de forma considerable. Los tíos y sus mujeres eran indecibles alpinistas sociales de gran diligencia.
– Un telegrama -dijo Sylvia misteriosamente.
– Ah.
– Para Lottie, ¿tú te crees?
– El servicio postal es para todo el mundo, querida.
– No te das cuenta. De nada. Debe recoger todas sus cosas y marcharse esta tarde. Su madre, según parece. La gente es tan poco considerada, ponerse enferma en esta época del año.
La cara de Crow adoptó una sonrisa de las dimensiones de un gato de Cheshire.
– ¿Quieres decir que Lottie nos deja? ¿Se va?
– Ya le he dicho, ¿qué voy hacer? Se lo he dicho. -¿Y?
– Y la señora ya lo tenía todo dispuesto. No hubo opción. Parece que una prima suya ha llegado recientemente a Londres. De una pequeña familia muy buena, pero que cayeron en una mala situación y esperaba encontrar algún empleo. Llegó antes de la hora, así que aquí está. Lottie fuera. Harriet dentro.
Crow se quejó. Lottie había sido lo suficientemente mala. Una prima venida a menos podía resultar aún peor.
– Es todo el trabajo extra -protestó Sylvia, como si la pequeña casa de King Street fuera una especie de mansión-. Enseñarle el oficio, enseñarle a hablar.
En ese instante, un golpecito en la puerta anunció la llegada de la recién instalada Harriet -fresca, morena, guapa, con redondeadas caderas y sonriente, incluso delante de la ceñuda Sylvia Crow- anunciando que la cena estaba servida.
Al principio, Angus Crow se inclinó a pensar que su mujer había cocinado la cena, estaba riquísima. Pero al preguntar, entre el pastel de gallo (uno de sus platos favoritos, que no solía comerse en King Street) y el excelente pudding de limón, se dio cuenta de que toda la cena la había preparado Harriet. Las cosas, consideró, estaban mejorando.
Era ciertamente más animada que la austera Lottie, y mucho más agradable a la vista: sobre todo cuando entró más tarde para cubrir el fuego del salón, mostrando durante el proceso gran parte del tobillo y algo más que un poco de la pantorrilla.
Será un placer tener a Harriet en King Street, pensó el detective. Reflexionó sobre el doble significado de esto, muy sorprendido al encontrar que el viejo Adán resurgía dentro de él, rejuvenecido por la deslumbrante sonrisa de la chica, su manera de andar y la coqueta forma en que le preguntaba si había algo más que pudiera hacer por él.
Las Navidades llegaron y se marcharon de la casa de Albert Square con un genuino sentido de celebración. Para Martha y Polly Pearson fue un momento inolvidable, pero su amo se tomó la alegría de estos días de una forma más seria: permitiendo a todo el mundo que se uniera como si se tratara de una gran familia.
En Nochebuena se reunieron todos en el salón, alrededor de un árbol que habían traído dos días antes, y que la señora Hodges y la señorita Carlotta habían adornado con guirnaldas y bolas. Había jerez para beber, y el propio Profesor repartió pequeños regalos para todo el mundo. Un medallón para Polly y un broche de oro para Martha.
El día de Navidad Bridget Spear las mantuvo muy ocupadas, preparando un banquete en el que participarían casi todos; Harry Alien se ofreció para hacerles ' compañía y compartir su porción abajo.
Sin embargo, después, por la tarde, se les indicó que sirvieran el té con el gran pastel helado en el salón y, cuando apenas habían cogido las bandejas y los dulces, les dijeron que se quedaran y tomaran parte en la celebración, que incluía algunas divertidas canciones alrededor del piano, juegos, que dieron a Polly y a Harry aún mayor oportunidad para entrelazarse por los oscuros rincones de la casa, y una exhibición de increíbles trucos de magia realizados por el Profesor. Una extraña y desordenada Navidad, y enigmática para las chicas, que eran más conscientes de las barreras que la sociedad decretaba entre amos y sirvientes.
El día acabó con la cabeza de Martha dando vueltas por el exceso de vino que había tomado, tumbada sola en la habitación del ático, y Polly sacando el valor necesario para traspasar el límite del sexo femenino y acostarse cómodamente en la cama de Harry Alien.
Dos días después, el Profesor se marchó para realizar una corta excursión a París.
Ninguna de las chicas le vio marcharse, ya que salió a primera hora. Harkness le llevó a Dover y sólo se despidió del leal Albert Spear.
Aunque Polly o Martha le hubieran visto salir de la casa, es dudoso que hubieran podido reconocerle. En lugar de la familiar, y a veces severa persona, habrían observado a un larguirucho hombre de mediana edad, con el pelo gris, ralo y fino, y tan despeinado que el menor soplo de viento lo habría azotado como a un tejado de paja. Su nariz era ligeramente aguileña, y los ojos parpadeaban de incertidumbre. Las ropas de este hombre no eran tan inmaculadas como las que normalmente se veían en el Profesor. Por unas partes se ajustaban, por otras no: el pantalón era un poco largo, y las mangas de su chaqueta y de su gabán un poquitín cortas. Llevaba un baúl de viaje y una caja fotográfica, grande y oblonga, colgada de sus hombros con una banda. En realidad era James Moriarty, pero ahora llevaba en su cartera documentos que le presentaban como Joseph Moberly, extraordinario artista y fotógrafo.