Moriarty disfrutaba al viajar, sobre todo cuando usaba algún disfraz, ya que no había nada que le agradara más que saber que se estaba burlando de los que se encontraban a su alrededor. Su regla general era que un buen disfraz le ayuda a uno a mezclarse y a pasar desapercibido entre los demás. Como Joseph Moberly, sin embargo, siguió una línea de ataque diferente. Moberly era el compendio del artista distraído, despistado y muy nervioso, que tiene interés en todos los seres humanos que encuentra en su camino. Una voz fuerte y de tono agudo y una risa a carcajadas anunciaban su llegada a cualquier sitio, y unas extrañas características -como un raro chasqueo con la lengua y labios- revelaban, quizá, una falta de confianza.
Le dijo a todo el mundo que le miraba -tanto si les importaba como si no- que ésta era su primera visita a París y que planeaba fotografiar algunas de las pinturas más importantes del Museo del Louvre. También podría, exclamó, realizar algunas fotografías de las calles de la gran ciudad, que se proponía exhibir el próximo verano en la galería de Bond Street.
Los pasajeros del paquebote de la tarde desde Dover, y después, los del tren hacia París, estaban bastante hartos de él mucho antes de llegar a la Gare du Nord. Sonriendo para sus adentros, ya que el día había sido un juego -una diversión para pasar el viaje- Moriarty tomó un coche de alquiler para ir a una tranquila y modesta pensión cercana a la Plaza de La Ópera, donde cenó bien y descansó durante la noche. El día siguiente podría ser crucial.
A la mañana siguiente desayunó con tiempo, requiriendo constantemente los servicios del preocupado camarero con su execrable francés, antes de dirigirse, aproximadamente a las diez y media, al museo del Louvre, cargado con la gran maleta fotográfica.
Hasta este momento, toda la intriga y el complot contra los que había jurado dominar o vengarse había sido dirigido por Moriarty, pero lo habían llevado a cabo sus leales secuaces. Por fin, él, la mayor inteligencia criminal de la época, iba a realizar un acto fuera de la ley. Cuando el coche llegó cerca de la Rué de Rivoli, Moriarty sintió en su sangre la vieja agitación, esa sensación entre miedo y emoción que hace que se estremezca el cuerpo y la mente al estar al borde de una gran aventura criminal. Iba a ser llamado el crimen del siglo. Era una pena, pensó, que no pudiera ser reconocido públicamente. Eso era, quizá, parte del brillante e incisivo genio del proyecto. Que él dirigía la gran familia criminal de Londres era de dominio público; que había sido capaz de evadirse de la policía en una docena de países podía ser la envidia de otros miembros de la jerarquía del hampa, así como de causar grandes problemas a las fuerzas de seguridad; pero esto, el robo de una de las mejores obras maestras, no debía conocerse. Después de que éste hubiera sido consumado, lo que le tenía guardado a Grisombre sería una de sus glorias supremas. Lo triste era que también tenía que permanecer en la sombra y, por consiguiente, sólo podría convertirse en un rumor dentro del mundo del crimen.
Era un día luminoso, aunque frío, cuando Moriarty cruzó la Plaza du Carroussel para llegar al gran edificio, con sus largos brazos alargados como si quisiera dar un abrazo al visitante. Fue primero a las oficinas de administración, donde estuvo media hora solicitando el permiso para realizar fotografías en la Galería Principal y en el Salón Carré. Después pasó otra media hora esperando que le entregaran el permiso.
Desde luego, si Moriarty deseaba llamar la atención sobre su persona como Joseph Moberly, sus acciones no fracasaron. El conserje y los demás encargados del museo no tenían ninguna duda de que el fotógrafo inglés era un verdadero excéntrico. Cuando la despeinada figura entró en el vestíbulo principal y mostró su pase al encargado, la gente se volvió para mirarle, mientras otros se cubrían la boca para ocultar la sonrisa ante su pésimo acento y su aún peor gramática.
Pero el francés siempre ha apreciado a aquellos que llevan una vida de loco inconformismo. Los encargados le cogieron cariño y, durante los días siguientes, se referían a él con afectuosas sonrisas como Monsieur Plique-Plaque, por su costumbre de chasquear la lengua y los labios cuando trabajaba con sus fotografías en la Galería Principal del primer piso del museo.
Comenzaba a trabajar relativamente pronto todos los días y acababa antes de las tres de la tarde, a causa de la luz. Durante los dos primeros días, Moriarty estuvo haciendo fotografías de los cuadros de la Galería Principal -con seiscientas yardas de paredes abarrotadas de cuadros-, situada entre el Salón Carré y la Sala Van Dyck, y con vista sobre el Quai du Louvre. Habría preferido ir a trabajar directamente al Salón Carré, donde la Mona Lisa estaba colgada ocupando el primer puesto, pero, para su frustración, dos fotógrafos oficiales ya estaban instalados allí por encargo del Director.
Pasaba parte del tiempo con este par de artistas, que iban de vez en cuando a la Galería Principal para ver si podían aprender algo nuevo de las técnicas del inglés.
El Profesor cada vez se sentía más y más irritado en su interior. Había esperado poder ocuparse de sus asuntos rápidamente, pero los dos fotógrafos oficiales pusieron fin a eso, y él se vio forzado a improvisar, a obrar de acuerdo con las reglas: realizar algunas fotografías del San Sebastián de Vanucci, del Hombre con un guante de Tiziano, y de dos Leonardos -San Juan Bautista y Baco-. Todavía se inquietó más cuando, durante la tercera mañana, un estudiante entró en la Galería Principal y colocó su caballete para empezar una copia de la Sagrada Familia de Andrea del Sarto.
El cuarto día los dos fotógrafos oficiales no estaban allí, aunque el artista principiante seguía trabajando en su copia. El excéntrico inglés comentó la ausencia de sus amigos a uno de los encargados que pasaba, haciendo la habitual ronda por la Galería Principal. Ya han terminado aquí, le dijo, y ahora están trabajando abajo, en el Salón du Tibre.
Moberly asintió con la cabeza con entusiasmo, usando además todo su cuerpo, y le dijo al encargado que ahora podría hacer algunas fotografías en el Salón Carré, destacando que tendría que ir abajo a ver a sus colegas más tarde, como si él también tuviera que marcharse hoy. A continuación, comenzó a doblar su trípode, a guardar su equipo en la gran maleta oblonga y se dirigió hacia el Salón Carré.
Había varias personas en la gran galería, dos mirando al estudiante, todavía realizando laboriosamente un esbozo sobre su lienzo para preparar la copia de la Sagrada Familia, los otros deambulaban y se paraban, casi al azar, delante de cuadros que despertaban su imaginación entre el amplio mosaico de lienzos que cubría las paredes. Un grupo -madre, padre (con quevedos sobre su nariz) y dos hijas de aspecto tísico- se pararon delante de un gran Murillo, normalmente llamado La cocina de los ángeles. Moriarty echó un vistazo rápido a sus caras, que estaban fijas con esa mirada que la gente tiene cuando cree que la contemplación del arte les dará algún bien espiritual.
Cretinos, pensó el Profesor cuando pasó junto a ellos. El arte es solamente bueno por dos cosas: su valor económico o el profundo conocimiento secreto de que uno posee algo único que nadie más puede tener en un millón de años. El gran arte puede compararse con el gran poder, sobre todo si se utiliza de la forma que él había planeado.
Pasó a través del arco para entrar en el Salón Carré y comenzó a colocar su cámara delante de la Mona Lisa, observando todos los ángulos desde los que él podría ser visto. Había tres entradas al pequeño salón: una desde la Galería