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Durante este tiempo Morningdale había bajado al vestíbulo principal del hotel. Estaba, se lo dijo al empleado del mostrador, esperando a un tratante de arte de París. Posiblemente compraría algunas pinturas y deseaba que el hotel le proporcionara y enviara a su suite un par de caballetes.

Por la tarde enviaron a las habitaciones los caballetes y el mismo Morningdale supervisó su montaje a ambos lados del salón.

Por la tarde, el director del Hotel Grosvenor, en su despacho privado de arriba, echó un vistazo a la lista de los invitados actuales. El nombre de Jarvis Morningdale le llamó la atención. Era un nombre que había visto recientemente: no sólo cuando el secretario de Morningdale había reservado el alojamiento. Había visto el nombre en alguna circular de la policía. El director se quedó preocupado por ese nombre durante el resto de la tarde.

Un poco después de las cinco, tres hombres preguntaron por el señor Morningdale en el mostrador de recepción. El empleado les preguntó si el señor Morningdale les estaba esperando y ellos le aseguraron que así era.

– ¡Oh, usted debe ser el caballero de París! -dijo el recepcionista con una aduladora sonrisa.

El hombre más grande -con una amenazadora figura y una dentada cicatriz que bajaba por una de sus mejillas y dividía la comisura de su boca- le devolvió la sonrisa.

– No -dijo-. Nosotros somos de la Agencia de Detectives Donrum. El señor Morningdale espera ver algo más que valiosas pinturas en este hotel en algún momento de esta semana. Nosotros hemos sido contratados para que ciertas obras de arte no sufran daños. Le interesa a usted tanto como a él.

El empleado estuvo de acuerdo en que así era y envió a un muchacho para que mostrara a Albert Spear y a los hermanos Jacobs la suite que Jarvis Morningdale ocupaba.

Cuando se estaba preparando para bajar a cenar, el director del Hotel Grosvenor repentinamente recordó donde había visto el nombre de Jarvis Morningdale. Corrió a su oficina, abrió su escritorio cerrado con llave y comenzó a hojear los ficheros de correspondencia. Unos minutos después tenía una carta en sus manos. Era un documento oficial con el sello de la Policía Metropolitana en la parte superior y un encabezamiento impreso de las oficinas de policía de New Scotland Yard.

Esta carta -leyó-, va dirigida a todos los hoteles de la metrópoli. No se refiere a un crimen específico, ni a un criminal específico. Estamos, sin embargo, muy ansiosos por hablar con un caballero americano, un tal señor Jarvis Morningdale. Si, por tanto, el señor Morningdale reserva alojamiento en su hotel, o se presenta personalmente con objeto de ser su huésped, les rogamos que contacten inmediatamente y en persona con el Inspector Angus McCready Crow del Departamento de Investigación Criminal de New Scotland Yard. Si hacen esto evitarán gran cantidad de problemas al señor Morningdale y a ustedes mismos. La carta estaba firmada por el propio Inspector Crow y con fecha de principios de febrero, y el director nunca sabría cómo se le podía haber ido de la cabeza. Inmediatamente telefoneó a las oficinas de la policía, donde le dijeron que el Inspector Crow ya había salido y no volvería hasta la mañana siguiente. El director supuso que todo iría bien si lo dejaba hasta entonces, aunque tuvo la ligera sospecha de que debía haber preguntado la dirección privada del inspector. Sin embargo, aunque lo hubiera hecho, habría sido en vano. Sylvia Crow estaba sola en King Street esa noche. Su marido, estaba segura, estaría trabajando hasta bastante tarde y era la noche libre de Harriet.

El Hotel Grosvenor lindaba directamente con el lateral de la estación Victoria y tenía su entrada principal en la transitada Victoria Street, llena de tráfico, desde cabriolés y carros pesados hasta los numerosos omnibuses amarillos y verdes, que iban y venían constantemente a la estación desde primera hora de la mañana hasta media noche.

Como hotel, el Grosvenor era quizá el más conocido entre los dirigidos en asociación con las compañías de ferrocarril y, por tanto, estaba orgulloso de su servicio y cocina.

Durante la noche del 8 de marzo de 1897, el Grosvenor estaba vigilado desde casi todos los ángulos. Hombres y mujeres bien vestidos, escondidos y al acecho, se turnaban para patrullar Buckingham Palace Road, desde donde se observaba la mayor parte del hotel, mientras que un pequeño grupo de hombres disfrazados, que se hacían pasar por mendigos, mozos de estación o viajeros, vigilaban la entrada del hotel y las distintas zonas de aproximación desde la estación de trenes. Moriarty había escogido el lugar de reunión suponiendo que Grisombre desearía entregar las pinturas lo antes posible en cuanto llegara a Inglaterra, y la estación Victoria era la estación terminal principal para las líneas de ferrocarril de Londres, Chatham y Dover. Grisombre acababa de bajar del tren y se dirigía hacia el hotel para deshacerse del tesoro, a cambio de una inmensa fortuna ofrecida por Jarvis Morningdale.

Moriarty también fue prudente al sugerir que estaría a su disposición en el hotel a partir de las ocho durante todos los días del plazo fijado, ya que uno de los trenes costeros que conectaban con el paquebote que cruzaba el Canal llegaba todas las noches un poco antes de las ocho.

El Profesor también tuvo en cuenta que Grisombre, hambriento por la recompensa, dejaría pasar poco tiempo desde su llegada. En realidad, le esperaba la primera noche. Y no se equivocó con esta suposición; cuando el tren de Dover llegó, uno de los informadores que llevaba un uniforme de mozo de estación fue quien primero se acercó a Grisombre y a su pareja de guardaespaldas y, colocando sus cuatro baúles de viaje en un carro, siguió las instrucciones de llevarlos al Hotel Grosvenor. Ninguno de los franceses se dio cuenta de que el mozo hacía un movimiento afirmativo con su cabeza a un par de chicos que distraídamente miraban cómo llegaba el tren, ni vieron que uno de los chicos se marchó rápidamente del andén e hizo una señal a un grupo de tres hombres y a otro chico -esta vez con un uniforme de la oficina de correos- que paseaba tranquilamente al final del andén. Unos segundos después, este mismo chico del uniforme estaba entregando un telegrama con su sobre amarillo en el mostrador de recepción del Grosvenor. El telegrama pasó a otro mozo del hotel que rápidamente lo llevó al tercer piso, donde se encontraba la suite de Jarvis Morningdale.

El sobre estuvo en las manos de Morningdale antes de que el trío francés hubiera llegado siquiera al mostrador del vestíbulo.

– Ya está aquí, entonces -el Profesor tenía el sobre levantado para que todos pudieran verlo, Harry Alien, Spear y los hermanos Jacobs. Todos estaban reunidos en el salón, donde una puerta daba directamente al pasillo, y las otras dos a los dormitorios ocupados respectivamente por Alien y Moriarty-. Todavía tardarán un momento, pero es mejor estar preparados. Harry trae a la dama.

Harry Alien fue directo a la habitación del Profesor, donde estaba la verdadera Mona Lisa sobre la cama, cubierta con un trapo negro. También sobre la cama se encontraban, como preparadas para alguna fiesta, las ropas que Moriarty utilizaba para disfrazarse de su difunto hermano académico: los pantalones rayados, una camisa y cuello blancos, el largo abrigo negro y los demás adornos. En el suelo estaban las botas con suelas elevadas, mientras que el resto del disfraz se encontraba sobre el tocador.

Sobre el tocador había otras cosas. El arma favorita del Profesor, una pistola automática Borchardt que Schleifstein le había dado hacía tres años, cuando se reunieron en Londres para establecer la alianza. Delante de la pistola había una botella de trementina Winsor & Newton, un cuchillo de hoja plana y un trapo seco.