Parecía que Grisombre había perdido la voz. La pareja de guardaespaldas miraban ceñudos y Bert Spear se acercó hacia ellos para quitarles las armas que llevaban encima.
– Realmente tengo que felicitarle, monsieur Grisombre -Moriarty habló con su acento de Jarvis Morningdale-. Es hora de pagarle.
– Sabía que había algo. Sabía que le había visto antes -el gruñido de Grisombre salió como de la parte posterior de su garganta-. Esa primera noche en La Maison Vide.
– ¡Qué pena que no me identificara entonces, Jean! Pero, cálmese, amigo mío. No soy un hombre rencoroso. Conozco su valor para mi gran estrategia. ¿Recuerda eso? ¿Nuestro plan de unión para Europa? La alianza conmigo a la cabeza. No sufrirá ningún daño. Sólo deseaba hacerle saber quién es superior.
Grisombre hizo un ruido de disgusto.
– Yo robé La Joconda para usted, ¿no es así? Sin dejar ninguna pista a la policía.
Moriarty le miró fijamente y de modo burlón.
– Me temo que en eso está equivocado, amigo mío. Es sólo en ese punto donde yo apoyo mi caso. Harry -su cabeza se inclinó hacia la puerta del dormitorio.
Harry Alien se dio la vuelta y entró en la habitación, volviendo a aparecer casi inmediatamente con una botella de trementina, la paleta y el trapo.
Moriarty, que tenía agarrada su automática Borchardt, la pasó a su cinturón y cogió los materiales que le ofrecía Alien.
– Sólo mire, Jean. Observe y aprenda.
Fue hacia la pintura que los franceses habían traído y procedió a empapar el trapo con trementina. Devolviendo la botella a Alien, Moriarty comenzó a frotar con fuerza en la esquina inferior derecha de la Mona Lisa. Uno de los guardaespaldas franceses ahogó un grito. Grisombre respondió con una afilada blasfemia.
– Moriarty. El Leonardo, lo destruirá… -pero una punzada en los riñones con el revólver de Spear le impidió continuar.
– ¿Cree que no sé lo que estoy haciendo?
El Profesor había cogido la botella otra vez para añadir más trementina al paño. La pintura estaba comenzando a ablandarse bajo su presión y ahora se ayudaba con unos pequeños golpes con la paleta. La zona oscura debajo del brazo izquierdo de la Mona Lisa estaba desprendiéndose con bastante rapidez.
– Ahí.
Moriarty se movió hacia atrás. Debajo de la pintura podía verse con toda claridad una palabra grabada en el panel de álamo, moriarty.
Grisombre miraba completamente paralizado, dirigiendo su mirada hacia el Profesor y, un segundo después, hacia el nombre grabado bajo la gran pintura que él mismo había dispuesto que se robara del Louvre.
– No puede… -empezó a decir.
Moriarty, con gran teatralidad, se volvió y señaló dramáticamente la pintura despojada.
– Ésta es la pintura que me trajo de Francia Grisombre. La pintura que estaba colgada en el Salón Carré. La que yo reemplacé por una copia. Ya ve, amigo, yo ya me había ocupado de la dama, mucho antes de que le encargara el robo -dos pasos y se colocó junto al caballete cubierto con un paño negro-. Ha robado un trozo de madera y óleo sin valor, Grisombre. El verdadero Leonardo ya estaba aquí -y con estilo, quitó el paño para revelar la obra maestra de Leonardo da Vinci.
La cara de Grisombre era una mezcla de asombro y temor.
– Tengo que admitir que mi farsa ha sido un poco dramática -Moriarty soltó una risa sofocada-. Pero creo que muestra bien mi poder y prueba mi argumento. Seguramente estará de acuerdo en que soy yo quien debe dirigir la alianza de nuestra gente en el continente europeo.
Lentamente, Grisombre se levantó, caminando como un hombre que se recobra de una grave enfermedad, dirigiéndose primero hacia la verdadera Mona Lisa y luego hacia la que él había traído de París. Los dos guardaespaldas permanecieron sentados, con los revólveres apuntándoles. William Jacobs se había acercado también, permaneciendo junto a Grisombre.
– ¿Qué hará ahora? -preguntó el francés.
– Me ha traicionado, amigo. Como los demás, ha rechazado mi liderazgo en una sociedad con un enorme potencial para el saqueo desconocido desde los tiempos de Atila el Huno. ¿Qué cree que debo hacer?
– No me quedaré quieto y dejaré que me mate como a un perro -gritó Grisombre, levantando su mano derecha y agarrando el caballete que sostenía la falsa Mona Lisa. Después lo giró alrededor de él formando un círculo completo y dispersó a los hombres de Moriarty, que perdieron el equilibrio por el repentino movimiento, debido a la rápida y enorme fuerza con que el francés estaba balanceando el marco de madera. Cuando dio un círculo completo, Grisombre dejó el caballete, gritó a sus guardaespaldas, y se abalanzó hacia la puerta mientras Moriarty gritaba.
– Grisombre, estás loco, para. No quiero hacerte daño. Grisombre.
Pero él ya se había marchado, corriendo atropelladamente por el pasillo.
Uno de los guardaespaldas intentó seguirle, pero William Jacobs, recuperándose rápidamente del impulso que le había hecho caer al suelo, obstaculizó su camino, amartilló su revólver y apuntó una pulgada por encima de la cabeza del hombre.
– Bertram. William -dijo con brusquedad el Profesor-. Id tras él. No disparéis. La menor violencia posible. Cogedle. Si no es aquí, entonces a Bermondsey.
Tenía su Borchardt fuera, apuntando al par de franceses, mientras los hermanos Jacobs, ocultando sus revólveres, salieron precipitadamente de la habitación para la persecución.
Spear volvió hacia la puerta y la cerró de una patada, mientras Harry Alien comenzaba a limpiar. Las maletas se volvieron a llenar con precipitación, se eliminaron todas las huellas de las habitaciones y se escondieron las pinturas, mientras Moriarty volvía a su disfraz de Morningdale.
Al cabo de veinte minutos había recogido el equipaje de las habitaciones de los franceses y Spear, con Harry Alien como acompañante, salió del hotel con los guardaespaldas de Grisombre. Un poco más tarde, Moriarty bajó y pagó todas las facturas. En ese momento ya se había avisado a Harkness para alejar al Profesor, sin dejar ninguna pista, excepto para la invisible presencia de los informadores que rodeaban el hotel. Ellos todavía seguían allí cuando llegó la policía.
Grisombre llegó al final de la escalera y aminoró la marcha. Se pasó la mano por el pelo y arregló sus ropas para deambular tranquilamente por el vestíbulo sin llamar la atención. Quizá podría encontrar algún tipo de protección en la estación de ferrocarril. Probablemente ocultarse hasta que saliera el próximo tren a Dover, y cogerlo en el último momento. En su mente, la lógica le dijo que no confiara en Moriarty. Si él estuviera en lugar del Profesor, no tendría compasión de alguien que le hubiera traicionado en un momento de necesidad. ¿Por qué iba a ser el Profesor diferente?
Cuando llegó a las puertas del hotel, miró hacia atrás y vio dos corpulentas figuras que bajaban corriendo por las escaleras. No se molestaron en los detalles, no disminuyeron su paso ni intentaron dar una impresión de normalidad. Cruzaron el vestíbulo hacia él como sabuesos persiguiendo a un zorro.
Con pánico en todo su cuerpo, Grisombre empujó las puertas y salió al exterior, al frío aire nocturno. Indeciso, corrió por el patio que separaba el hotel y la estación de Victoria Street, luego, con mucha precaución, se metió entre el tráfico para llegar a la acera de enfrente.
La calle era un burbujeante y ruidoso río de confusión humana. En las aceras, la gente regresaba de sus trabajos, algunos paseaban, disfrutando de la barahúnda, otros, con caras inexpresivas, se dirigían rápidamente a sus últimas citas, aburridas cenas, citas que no esperarían y podrían cambiar el curso de las historias personales, trenes que tenían que coger, mensajes que llevar, horas que tenían que ocuparse con una manifestación externa de actividad, esposas mirando el reloj, empresarios satisfechos, conciencias que se tenían que apaciguar. Había parejas charlando, conmovedores amantes paseando, silenciosos matrimonios, mendigos pidiendo, pillos y tramposos, borrachos y abstemios, chicos que gritaban para vender sus periódicos y admirados visitantes.