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– Mi querido amigo, necesito explicaciones, no repeticiones. Parece que su mente ha estado en otra parte durante estas últimas semanas. Si no hubiera visto su vida privada con mis propios ojos, pensaría que tiene algún trastorno doméstico. O peor aún, que está liado con alguna mujer -hizo que esta última palabra fuera como una terrible serpiente.

Crow se mordió la lengua y tragó con dificultad.

– Ahora, el asunto de Morningdale. Usted, y sólo usted, Crow, ha hecho circular ese nombre y una descripción por los mejores hoteles de Londres, pidiendo que le informaran si ese tipo aparecía como huésped. Ayer me dijo que tenía algo que ver con el antiguo Profesor Moriarty. Todavía no me ha dado ningún detalle.

– Yo… -empezó Crow.

– Ni siquiera su sargento sabía quién era Morningdale, ni para qué se le buscaba. El resultado fue que cuando el director de un hotel informó de su presencia, no había nadie para entrar en acción, y a usted no se le encontró. Esa no es forma de dirigir un cuerpo de detectives, Inspector, deje que lo haga la policía. Ahora, dígame sobre Morningdale.

Crow le habló, de forma falseada, sobre su correspondencia con Chanson y sus sospechas en relación a las extrañas apariciones en el Grosvenor y sus alrededores. Era consciente de que no había dicho toda la verdad.

– Todo es mera suposición, Crow -gruñó el Comisario-. Ni siquiera tiene sentido. Está buscando a un hombre llamado Morningdale porque se le ha visto hablando con un antiguo asociado de Moriarty en París. Ahora aparece en el Grosvenor. También aparecen unos impostores que se hacen pasar por detectives; también, tres franceses. El director intenta buscarle pero no le encuentra. Usted no deja ningún mensaje diciendo dónde encontrarle. Hay una especie de riña en el hotel. Dos de los llamados detectives persiguen a uno de los franceses fuera del hotel. Morningdale se marcha, pagando todas las facturas de modo correcto. El director intenta de nuevo buscarle a usted. Se envía incluso a un oficial a buscarle a su casa y ni su buena esposa sabe que está fuera de servicio. Cuando por fin llega al Grosvenor, los pájaros han volado. No da ningún tipo de explicación sobre lo que cree que estaban tramando y ni siquiera hay evidencia de que se haya incumplido la ley, excepto por una pequeña pelea amistosa en un transporte público: un delito menor como máximo. Ese tipo de cosas se ven en el juzgado todos los días o las soluciona el policía que se encuentra en el lugar. O quizá, ¿no está enterado del peligroso juego del ratón y el gato del joven que corría a toda velocidad por los pisos superiores de los omnibuses? Quizá, Inspector Crow, un período de vuelta al uniforme, enfrentándose otra vez con los problemas de cada día, le familiarizaría más con las dificultades de este cuerpo.

Era una amenaza directa y Crow lo sabía. Lo que el Comisario le estaba diciendo era, en efecto, que hiciera su trabajo adecuadamente o volvería a alguna comisaría de policía divisional a enfrentarse con el papeleo y la rutina, con una gran pérdida en su estatus social por añadidura. Un destino peor que la muerte para el ambicioso Crow.

Incluso sabiendo esto, no podía salir del horrible letargo, soledad e insomne deseo que ahora le poseía. Todos sus pensamientos giraban en torno a Harriet. ¿Dónde estaba? ¿Por qué se había marchado? ¿Le había causado él algún problema? Durante las semanas siguientes, el trabajo de Crow comenzó a ir hacia abajo de forma alarmante. Su mente no podía asimilar ni las evidencias más simples; tomar decisiones le resultaba más y más difícil; estaba distraído a la hora de dar órdenes; siguió pistas equivocadas en dos ocasiones y una vez hizo un arresto tan injustificado que tuvieron que liberar al hombre con serviles disculpas por parte de todos los que estaban implicados. El problema más mortificante era que no tenía a nadie en quien confiar. Durante la semana anterior a la Semana Santa, era evidente, incluso para Crow en su estado de ánimo, que el hacha iba a caer de un momento a otro. El Comisario se le echaría encima como el proverbio del montón de ladrillos. Pero él seguía añorando a Harriet; soñaba con ella como un adolescente enfermo de amor; suspiraba por ella; no dormía por ella.

Como acto final de desesperación, Crow envió un mensaje a Holmes para tener una entrevista con él, de forma privada, como habían mantenido desde la primavera del 94.

– Querido colega -le saludó Holmes con buen humor-, parece que no se encuentra muy bien. Si no estuviera tan empeñado en mantenerles apartados a usted y a Watson, le pediría al buen doctor que le echara un vistazo. ¿Qué va mal? ¿Ha perdido el apetito, o qué le pasa?

– Peor que eso, señor Holmes -replicó el triste oficial de policía-. Me temo que tengo un gran problema y yo soy el único culpable.

– Ha venido a contármelo todo a mí, entonces -dijo Holmes, sentándose en su silla favorita y encendiendo su pipa-. ¿Una imprudencia, quizá?

Crow contó su afligida historia, sin ocultar nada, incluyendo incluso los embarazosos detalles de su intriga con la gentil Harriet.

Holmes escuchaba con gravedad y, cuando acabó la historia, dio una fuerte chupada a su pipa.

– La historia que me ha contado es tan vieja como el tiempo, Crow. Las mujeres, lo he visto en todas partes, se meten entre el hombre y la claridad de sus pensamientos, yo personalmente he renunciado a su compañía como si se tratara de una plaga, aunque comprendo los problemas. En realidad, hubo una sola mujer que podría… -su voz se desvaneció, como si su corazón hubiera tomado momentáneamente el control de su incisiva mente-. Si uno puede permanecer soltero, disfrutando sin llegar a tener complicaciones sentimentales, todo irá bien. Usted parecía pensar así durante mucho tiempo. Hasta que llegó la señora Crow, ¿eh?

Crow asintió tristemente.

– Por su matrimonio, usted es suficientemente viejo para saber que el arte de un buen matrimonio no está tanto en el amor como en el control. Hay un viejo proverbio árabe que dice que la mujer descontenta pide nieve asada. Usted decide. ¿Le proporciona nieve asada o sigue siendo el amo de su propia casa? No ha hecho ninguna de las dos cosas. Ha buscado refugio en una mujer que está por debajo de su posición social, y que sólo ha sido un capricho.

– Es difícil con Sylvia -dijo Crow sin convicción.

– Yo estoy totalmente en desacuerdo con usted, Inspector Crow, ya que ha cometido uno de los pecados más horribles. Ha permitido que sus emociones afecten a su trabajo y ese podría ser su final.

– Creo que el Comisario me llamará cualquier día.

– Debe centrarse en el trabajo y borrar de su cabeza a esa miserable Harriet.

– No es tan fácil.

– Entonces, inténtelo con todas sus fuerzas, señor. Debe hacerlo. ¿Qué hay de nuestro pacto contra Moriarty? Adelante, cuénteme más sobre los asuntos de Morningdale y Grisombre, ya que estoy totalmente seguro de que no se equivoca en sus deducciones. Morningdale es Moriarty.

Crow habló durante unos cinco minutos sobre sus teorías en relación al Profesor Moriarty y la venganza que estaba tramando contra los que imaginaba que eran sus enemigos.

– Ya ve -dijo Holmes con júbilo-. Es absolutamente capaz de tener pensamientos lógicos, incluso en medio de su tristeza. No ha habido ninguna señal del alemán desde el asunto de Edmonton, y dudo que vayamos a oír mucho más sobre el francés. Ambos estarán en el fondo del río, si conocemos los diabólicos métodos de Moriarty -de repente se paró en medio del torrente de palabras-. Descríbame otra vez a esa criatura llamada Harriet. ¿De unos veinticinco años, dijo?

Angus Crow describió el objeto de su aflicción con gran detalle, aunque con cierto dramatismo, como suele suceder en el caso de los que están afligidos por la flecha de Cupido.

– Veo que le ha afectado mucho esta detestable enfermedad -señaló Holmes-. Pero, hágame un favor y alargue el brazo hasta aquel gran volumen de allí. ¿Dice que su apellido es Barnes? Me suena que hay algo que podría borrar sus penas.