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Una hora después, Luigi Sanzionare, con gran piedad, entró en la suntuosa iglesia barroca de Il Gesü -iglesia madre de la Compañía de Jesús- para mantener su cita anual con el perdón de Dios.

Hacía frío en el interior, algo de humo debido a las numerosas velas titilantes, agrupadas delante de los numerosos altares y estatuas. Susurros, toses y pisadas retumbaban en las paredes, como entrometiéndose en los reprimidos rezos de los fieles, guardados en los pilares y piedras durante más de tres siglos.

Sanzionare respiró profundamente, captando la esencia del persistente incienso y el olor acre del humo que flotaba en el aire -el olor a santidad-. Se persignó con agua bendita del pilón de la entrada, hizo una genuflexión hacia el altar mayor y se unió a un grupo de penitentes arrodillados junto al confesonario en el lateral derecho de la nave.

Sanzionare no sabía que el Padre Marc Negratti SJ, que debía estar en este confesonario, y cuyo nombre aparecía en el exterior, había sufrido un desafortunado y leve accidente. Sus superiores no sabían siquiera esto. Ni conocían al cura que estaba sentado tranquilamente proporcionando consuelo y absolución en ese lugar.

El cura tenía una voz suave y convincente. Nadie habría podido imaginar que sólo esperaba escuchar una única voz a través de la fina rejilla de alambre. Escuchó las repetidas listas de pecados con una ligera sonrisa en las comisuras de sus labios, aunque, cuando le susurraban al oído un gran pecado, la cabeza del cura se movía ligeramente de un lado a otro.

En su regazo, donde nadie podía verlo, el cura tenía una baraja de cartas. Sin mirar hacia abajo, permanecía en silencio realizando una serie de trucos y prestidigitaciones como si fuera un experto.

– Bendígame, Padre, por haber pecado -Sanzionare presionó sus labios junto a la rejilla.

Moriarty sonrió para sus adentros, ésta era la mayor ironía que había planeado. Moriarty, el mayor criminal de Europa, escuchando la devota confesión del malvado más importante de Italia. Es más, dando la absolución y sembrando la semilla de la caída de este hombre, para así erigirse él de nuevo.

Sanzionare había faltado a Dios, dejado de rezar regularmente, perdido la paciencia, utilizado un lenguaje blasfemo y obsceno, timado, robado, cometido fornicación y codiciado los bienes ajenos, por no mencionar a la mujer del vecino, a quien había deseado.

Cuando terminó la lista y el penitente hizo un acto de contrición y pidió la absolución, Moriarty empezó a hablar sosegadamente.

– ¿Se da cuenta, hijo mío, que su mayor pecado es haber faltado a Dios?

– Sí, Padre.

– Pero necesito saber más sobre sus pecados veniales.

Sanzionare frunció el entrecejo. Los jesuitas rara vez indagaban. Este no era su cura habitual.

– Dice que ha robado. ¿Qué es lo que ha robado?

– Las posesiones de otras personas, Padre.

– ¿En particular?

– Dinero, y cosas.

– Sí. Y fornicación. ¿Cuántas veces ha fornicado desde la Semana Santa anterior?

Esto era imposible.

– No le podría decir, Padre.

– ¿Dos o tres veces? ¿O muchas veces?

– Muchas veces, Padre.

– La carne es débil. ¿Está casado?

– No, Padre.

– ¿No se abandonará a prácticas antinaturales?

– No, Padre -casi escandalizado.

– La fornicación debe acabar, hijo mío. Debería casarse. Con la fuerza del Sacramento del matrimonio será más fácil controlar la carne. El matrimonio es la respuesta. Debe pensar seriamente sobre esto, ya que continuar fornicando sólo le llevará a las llamas de la condenación eterna. ¿Entiende?

– Sí, Padre.

Estaba preocupado. Este cura le estaba poniendo los nervios de punta. ¿Matrimonio? Nunca podría casarse con Adela. Si se casara, ella nunca le dejaría en paz. Podría incluso entrometerse en sus asuntos. Sin embargo, la condenación eterna era un precio muy alto.

– Muy bien. ¿Hay algo más que quiera contarme?

No fue una confesión demasiado buena. Había engañado al cura sobre la cuestión del robo. ¿Le negaría eso la absolución? No. Había confesado. Él sabía lo que quería decir y también Dios y la Virgen.

– Como penitencia tendrá que rezar tres Padrenuestros y tres Avemarias -Moriarty levantó la mano para dar la absolución-. Ego te absolvo in nomine Patris, et Filii et Spiritus Sancti. -Ésta fue la última blasfemia en la carrera del Profesor.

En el exterior, con el sol de la recién estrenada primavera, Sanzionare sintió necesidad de beber. No, debía tener cuidado. No debía caer en pecado antes de tomar la comunión por la mañana. Pasearía durante un rato. Quizá iría a los Jardines Borghese. Debían ser maravillosos esa mañana. Sería agradable estar allí. Benno iba detrás de él, observando, con la vista al acecho.

Entonces, la vio otra vez. Sólo una fugaz visión del vestido y el sombrero amarillos. Era como una especie de muñeca de papel, pensó.

Muy apesadumbrado por el consejo del cura, Sanzionare caminó, dando vueltas en su cabeza a los asuntos. Era verdad, suponía que lo natural para un hombre como él era casarse, pero sus apetitos siempre habían sido muy variados. De cualquier forma, él era un buen marido. Adela se comportaba como una esposa. Le daba la lata tanto como una esposa. La chica del vestido amarillo limón, qué esposa sería. Qué esposa. Quizá, cuando acabase la Semana Santa y estuviera de camino hacia una nueva aventura en Londres podría pensar adecuadamente. Eso era, necesitaba estar lejos de esta empalagosa atmósfera de Roma.

Aproximadamente a las seis, Sanzionare regresó hacia Via Veneto. Un pequeño trago antes de volver a casa por la noche. Sólo uno para vencer la sequedad de su garganta.

Ella estaba sentada en una mesa en la acera de uno de los cafés más grandes, con su acompañante masculino, mirando la procesión que pasaba y dando sorbos en un vaso alto. Casi se vieron al mismo tiempo. Sanzionare rechazaba los instintos que habían surgido en su cuerpo y en su mente, pero no podía controlar el impulso de hacer algún avance. El café estaba lleno de gente, camareros con delantales blancos iban casi corriendo entre las mesas con los pedidos, balanceando sus bandejas cargadas con cafés y bebidas por encima de sus cabezas, realizando proezas que no habrían estado fuera de lugar en el circo.

Las aceras estaban atestadas de gente en su paseo casi rituaclass="underline" mujeres, jóvenes y viejas, cogidas del brazo entre ellas o del de sus maridos, parejas severamente vigiladas, peregrinos de otras partes de Europa e, incluso, de lugares tan lejanos como América, chicos jóvenes que echaban el ojo a grupos de chicas: un feliz e inseguro bullicio, lleno de charla y color.

En la mesa donde estaba sentada la chica había una silla metálica libre, apoyada e inclinada por la parte posterior formando un ángulo contra la mesa. No era el mejor momento, pero Sanzionare estaba decidido. Se acercó a la mesa, mirando durante un segundo hacia detrás para asegurarse de que Benno no estaba lejos.

– Perdonen -se inclinó hacia la pareja-. Hay poco sitio, ¿les molestaría si me uno a ustedes?

El hombre levantó la vista.

– En absoluto. Nosotros nos vamos a marchar dentro de un momento.

– Gracias, es usted muy amable.

Su tono era serio y nada efusivo. Luego, llamó a un camarero que pasaba y le pidió un vermut Torino.

– ¿No me acompañan? -preguntó a la pareja.

– No, gracias -el hombre alto no sonrió y la chica agitó la cabeza con un movimiento negativo, aunque sus ojos le decían a Sanzionare que le gustaría poder decir sí.

– Permítanme presentarme -prosiguió Sanzionare-. Luigi Sanzionare, de esta ciudad.

– Mi nombre es Smythe, con y griega -el acompañante de la chica habló en italiano, con la pronunciación lenta y poco acentuada de un inglés-. Mi hija, Carlotta.