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– Sí, sí, me acuerdo -Smythe dejó perfectamente claro que preferiría no recordar ese encuentro-. ¿No hay otra mesa? -dijo al encargado.

– Ninguna, milord. Ninguna -una enigmática expresión nubló su sonrisa.

– Entonces no tenemos elección. -Smythe se encogió de hombros, mirando de forma desagradable a Sanzionare, que estaba, en este momento, frotándose las manos y sujetándose con todas sus fuerzas para no saltar de placer.

– Vamos, padre -Carlotta ya había ocupado el asiento frente a Sanzionare-. Debería agradecer al Signor Sanzionare su amabilidad. Esta es la segunda vez que nos muestra su generosidad, señor. Padre, por favor, no sea grosero.

Con un gran despliegue de falsa elegancia, Smythe se sentó.

– Es una desgracia. Pero si tenemos que compartir su mesa, Signore, entonces debo darle las gracias.

– Por favor -dijo con efusión el italiano-. Por favor, es un verdadero honor. La otra noche les pedí que cenaran conmigo y no fue posible. El destino nos ha echado una mano. Este encuentro estaba obviamente predestinado. Confío mucho en el destino.

– Oh, sí, también yo -dijo Carlotta con una deslumbrante sonrisa-. ¡Qué agradable es encontrar a un amigo en este tedioso viaje!

– No quisiera ser rudo -cortó pomposamente su padre-. Signore, no se ofenda, por favor, pero yo no estoy de acuerdo en que mi hija se mezcle demasiado con personas de su raza. Lo siento, pero así es. Perdone mi franqueza.

– Pero, señor, usted mismo me dijo que su madre era napolitana. No lo entiendo.

Carlotta se inclinó hacia delante, sus pechos tocaron la mesa y la sangre subió a la cabeza de Sanzionare.

– Lo que dice mi padre es verdad -adquirió un tono de profundo pesar-. La familia de mi madre la trató muy mal después de que se casara y se marchara a vivir a Inglaterra. Mi padre, por desgracia, lo asocia a todo el país y a toda la raza. Por este motivo, he tenido que insistir durante años para que permitiera esta corta visita.

Smythe aclaró su garganta ruidosamente.

– Estaré más contento cuando regresemos a Inglaterra y a su buena comida -y miró con gran desdén el menú.

Su hija intentó hacerle callar, ya que estaba hablando muy alto.

– La comida de aquí me recuerda mucho a mamá -dijo Carlotta en tono confidencial-. Me entristezco con mucha facilidad.

– Y mi estómago se entristece con todo el aceite que ponen en los alimentos -gruñó Smythe.

– Yo también voy a hablar con franqueza, señor -Sanzionare estaba un poco irritado por el arrogante comportamiento del inglés hacia su hija-. Yo no me siento atraído por la comida inglesa. Tiene demasiada agua. Pero, cuando soy un visitante no me quejo a los habitantes del país. Podría aconsejarle que fuera discreto en la elección de su comida. Un poco de melón y quizá algo de carne fría.

– Sus carnes frías, para mi gusto, están completamente llenas de ajo y demasiado rancias por la grasa.

– Entonces alguna pasta.

– Fécula. Llenan y sin nada de sabor -dejó caer el menú sobre la mesa con un irritado «¡bah!»- No es una cosa decente. Ni siquiera un buen caldo o Brown Windsor, o un filete bien hecho. Y estamos obligados a compartir. Esto no habría sucedido en el Great Western.

La comida continuó con inquietud, con Carlotta reluciente como el collar de su garganta y su padre gruñendo y quejándose durante todo el tiempo. En realidad, la situación se hizo tan difícil que Sanzionare dejó de dirigirse a Smythe cuando llegaron al plato principal, prestando toda su atención a la hija, que parecía tener ojos sólo para él.

En el postre, de repente, Smythe se inclinó y preguntó bruscamente al italiano qué hacía para vivir, con un tono tan ofensivo que Sanzionare se quedó totalmente desconcertado.

– Tengo una buena posición en Roma, como debería saber, señor -replicó.

– ¿Política? -preguntó Smythe con cautela-. Yo no apruebo demasiado a los políticos. Parece que siempre quieren meter mano a tus bolsillos o inmiscuirse en tus asuntos.

Sanzionare deseó haber podido decir a ese hombre que en su negocio era él quien metía mano en los bolsillos de los políticos, igual que en los de todos los demás hombres.

– Trato con objetos de valor, señor Smythe.

– ¿Dinero? ¿Se ocupa de asuntos financieros? -Moriarty sonrió secretamente. Sanzionare no era el payaso que parecía.

– Dinero, sí, y otras cosas también. Piedras y metales preciosos, objetos de arte, antigüedades.

– ¿Piedras preciosas como las que están alrededor del cuello de mi hija, por ejemplo?

– Es un collar muy bello.

– ¿Bello? -dijo Smythe a gritos, de forma que todo el vagón pudo oírlo-. /Bello? ¡Dios mío!, si fuera un verdadero experto podría decir algo más. Vale el rescate de un rey. Una fortuna. ¿Y usted negocia con piedras preciosas? Más bien diría carbones preciosos. Dudo que pueda distinguir el vidrio del granate.

Sanzionare sintió asco. En Roma podría haber despachado a este inglés de tan mal temperamento en cuestión de minutos.

– Si es tan valioso, señor-su voz era fría- entonces debería vigilarlo. Viajar con joyas tan valiosas es peligroso. En cualquier país.

Smythe se puso de color carmesí.

– ¿Me está amenazando a mí, señor?

Varias personas de las mesas de al lado pudieron oír la conversación, a pesar del traqueteo del tren, y estaban mirando con escandalizado interés.

– Yo simplemente le ofrezco un consejo. Sería una pena perder semejante chuchería -la gente que realmente conocía a Sanzionare se habría estremecido de miedo con su tono.

– ¿Chuchería? Tú oyes a este hombre, Carlotta. ¿Chuchería? -el inglés empujó hacia atrás su silla-. Ya he tenido suficiente con esto. Ya es bastante malo estar obligado a comer en la misma mesa con un tipo como usted. No me quedaré aquí para que me amenacen -agitó un dedo a una pulgada de la nariz del italiano-. Y también he visto cómo ha estado mirando a mi hija. Todos ustedes son iguales, con su sangre latina. Piensan que una chica rica es carne fácil, estoy seguro. Una chica inglesa rica.

– Señor -Sanzionare se levantó, furioso, pero Carlotta le puso la mano para refrenarle.

– Perdone a mi padre, Signor Sanzionare -ella sonrió, incómoda por el revuelo que estaban causando-. Para él es una gran tensión volver a Italia. Tiene muy malos recuerdos, y también está el constante recuerdo de mi madre, a la que amaba locamente. Por favor, perdónele.

– Debería tener más cuidado -la voz del italiano temblaba-. Con alguien de naturaleza menos comprensiva, podría tener serios problemas.

– Carlotta -Smythe se encontraba ahora alejado unos pasos-. Vamos. No te dejaré aquí sola.

Ella se inclinó, su voz bajando hasta convertirse en un susurro.

– Mi compartimento es el número cuatro, coche D. Venga después de medianoche, así podré ofrecerle una satisfacción por esta terrible escena -y se marchó, siguiendo a su padre y con las mejillas sonrosadas por la vergüenza.

Sanzionare se dejó caer hacia atrás en su silla. Seguramente Smythe estaba trastornado. No había ningún motivo para una escena como ésta. Por regla general, el inglés es muy reservado, pensó. Luego cambió sus pensamientos hacia la chica. Espléndida, encantadora, un premio. Pero, qué precio había que pagar, cargar con su padre también. No, pensó Sanzionare, es mejor asociarse con un diablo conocido. Al menos Adela Asconta no tenía parientes apoplécticos. Casarse, o incluso cortejar, a la atractiva Carlotta sería como enfrentarse al juez, al jurado y al público ejecutor. Sanzionare era un hombre muy bravo en todo lo relacionado con crímenes, pero anhelaba la paz familiar. Sin embargo, ella le había ofrecido algún tipo de compensación. Pidió una copa de brandy y pensó en las delicias privadas que Carlotta le podría proporcionar en la intimidad del compartimento. Mientras daba un sorbo del brandy, Sanzionare saboreó la idea de una aventura nocturna.

Le gustaría dar una lección a Smythe. ¿Sería suficiente el precio del cuerpo de Carlotta? Un tren tenía tantas restricciones. Quizá cuando llegaran a Londres podría persuadir a Schleifstein y a Grisombre para realizar un espectacular robo. Así, podría incluso regresar junto a Adela con el collar. Eso era negocio, y la llama de la pasión, la cálida lascivia que había sentido por Carlotta estaba casi apagada por la idea de un robo en Londres para llenar sus propias arcas y castigar a Smythe por sus insultos.