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Carlotta se inclinó hacia atrás, con las lágrimas todavía manando y sus hombros muy pesados. Pero ahora no era con histeria ni terror. Todo su cuerpo se agitó por la risa al ver la imagen del hombre más peligroso de Italia batiéndose en retirada, con terror, por una situación que no era capaz de manejar. Moriarty se lo agradecería. Todo había ido exactamente como él había dicho.

La humillación de esta situación abrasaba a Sanzionare, no sólo en su orgullo sino también en el honor de la familia. Si las circunstancias hubieran sido diferentes, meditaba tristemente, entonces la zorra se habría enterado, con gritos o sin ellos. Su historial, los valores por los que había crecido y vivido, todo le decía que esta chica medio italiana lo pagaría con algún tipo de castigo, y su padre también. En realidad, su padre sólo había sido un panadero, pero todavía recordaba el momento, cuando sólo tenía siete años, en que la hija del carnicero rechazó a su hermano mayor. Había echado chispas con tanto odio que nadie en la ciudad quiso saber nada de ello, ni siquiera ahora.

Sin embargo, mezclado con la humillación, había un persistente horror por las palabras de Carlotta -«pero usted es viejo»-. Muchas mujeres le encontraban cada vez más atractivo; por qué si no, incluso Adela -una joya de mujer-estaba constantemente celosa. ¿Sería esto el principio del fin? ¿Acaso la virilidad y el encanto de Luigi Sanzionare estaban empezando a marchitarse como una planta vieja, secándose y muriendo?

Se tumbó en la oscuridad de su compartimento, acosado por la frustración y la desesperación ocasionadas por el rechazo de Carlotta. Dio vueltas y vueltas en la cama, era consciente de cada uno de los movimientos del tren; podría haber contado las traviesas de madera por las que pasaban; cada variación de velocidad; todos los estridentes silbatos de la locomotora de vapor. Pensó que cuando llegaran a Milán, ya sin movimiento, quizá podría descansar, pero hubo tantos golpes y sacudidas mientras los coches maniobraban para engancharse al tren francés que fue imposible.

Con los ojos rojos, llamó a Benno al aparecer la primera luz del día y le dio instrucciones para que le llevaran la comida a su compartimento. No tenía deseos de encontrarse cara a cara ni con Carlotta ni con su padre durante el resto del viaje.

En la villa de Ostia, ya tarde, la sirvienta le llevó a Adela su desayuno en la cama y, con él, los periódicos de la mañana y una sola carta.

La amante de Sanzionare se incorporó sobre los almohadones y se preparó para pasar un día mimándose a sí misma aprovechando la ausencia de su amante. Dio un sorbo de café y miró con atención el sobre, como si intentara identificar la escritura, antes de abrirlo con un abrecartas plateado.

Unos segundos después estaba gritando con un lenguaje adornado con las expresiones más coloristas de los barrios bajos de la ciudad, pidiendo que fuera Giuseppe, que su sirvienta comenzara a hacer el equipaje y que prepararan los caballos. Al cabo de una hora, nadie en la villa habría dudado que Adela Asconta estaba a punto de emprender un viaje a Londres.

Spear estaba esperando en Albert Square cuando Carlotta y el Profesor regresaron con muy buen humor.

– ¿Ha sido un éxito? -preguntó, una vez que estaba encerrado a solas con su jefe.

– Magnífico. Necesitaría ver a Sal para que nos bendiga con su presencia. Nuestra pequeña Tigresa italiana debería estar actuando en el teatro. Tenemos a nuestro amigo romano atado con cuerdas como si fuera un pavo de Navidad, aunque él no lo sabe todavía.

– Aquí también hay buenas noticias -Spear se rió entre dientes. -¿Sí?

– Crow.

El Profesor levantó la vista severamente.

– Tiene excedencia en su trabajo -dijo Spear con gran énfasis.

– ¿Entonces? -la sonrisa apareció sobre la cara de Moriarty una vez más, con la cabeza oscilando ligeramente-. Entonces ya lo tenemos. Son precavidos estos policías. ¿Te das cuenta de que pocas veces permiten que un escándalo llegue a ser del dominio público? Excedencia -se sentó detrás de su escritorio, dando muestra de confianza-. Verdaderamente es una buena noticia, Spear, saber que hemos acabado con el entrometido Crow. Ahora, ¿está todo lo demás preparado?

– Los informadores están vigilando las estaciones de ferrocarril para localizar a la dama, Profesor. Las noticias estarán aquí pocos minutos después de su llegada.

– Bien. No habrá tiempo que perder una vez que ella esté en Londres. Ten también preparado a Harry Alien. ¿Sabe su papel?

– Se le ha entrenado como dijo y es lo bastante bueno para representar las obras de Ibsen.

– ¿Y la nota?

– Ya se ha entregado, y está esperando a la italiana como indicaste.

– Y el Langham, ¿está vigilado?

– Noche y día.

– Bien, ahora que todo está preparado, Spear, dime qué más ha sucedido durante mi visita a Roma. Cuáles han sido las tarifas del resto de los criminales de mi familia, qué plagios y robos se han realizado y cuántos bolsillos se han vaciado.

Después, cuando Spear hubo referido los numerosos acontecimientos que eran los asuntos diarios del imperio reunido del Profesor, Moriarty cogió su diario y fue a la página de notas donde se encontraba Angus McCready Crow. Como tenía ahora por costumbre, trazó una línea diagonal sobre las páginas, cerrándolo de esta manera como si se tratara de una cuenta saldada. Durante un momento, curioseó las páginas que contenían información sobre Luigi Sanzionare, con su pluma suspendida en el aire, pero sin hacer todavía la línea final. Ese placer llegaría bastante pronto.

Sherlock Holmes de Baker Street mandó llamar a Crow al cabo de una semana.

– ¿Ya está recuperado, mi buen amigo Crow? -preguntó con prontitud, frotándose las manos.

– Todavía me siento como un bobo recordando lo que ha sucedido -replicó Crow-. Haberme convertido en semejante loco por el detestable Moriarty no es para estar con buen humor.

– Y, según parece, sus asuntos domésticos se han arreglado solos.

– ¿Cómo puede saber eso, señor Holmes? -Crow miró alarmado.

– Por simple observación. Ahora tiene un aspecto como una patena, el aspecto de un hombre que está bien atendido. Apostaría a que ha puesto los pies en el suelo.

– Sí, lo he hecho.

– Bien, bien -Holmes estaba ocupado llenando su gran pipa con tabaco-. Espero que no tendré ninguna objeción por su parte en cuanto a las nocivas cualidades de la nicotina -sonrió.

– Desde luego que no. Siento gran respeto por las perjudiciales propiedades del tabaco -Crow sacó su propia pipa del bolsillo y siguió el ejemplo del gran detective.

– Magnífico -Holmes encendió la pipa y empezó a formar grandes nubes de humo, con gran contento en su cara-. No hay mejor amigo en el mundo que Watson, pero tiene la facilidad de recordarme, con demasiada frecuencia, mis debilidades. Aunque quizá tenga razón al hacerlo.

– Estoy deseando ver al doctor Watson -se atrevió a decir Crow.

– No, no -Holmes agitó la cabeza con un movimiento negativo-. Eso nunca. Hay algunas cosas que yo no deseo. Déjele permanecer en la ignorancia en cuanto a nuestros ocasionales encuentros y al particular propósito de nuestros esfuerzos. Watson nunca debe saber que Moriarty vive.

– ¿Dónde está ahora, entonces?

– Si yo lo supiera -Holmes se quedó absorto en sus pensamientos durante un momento-. Ah, se refiere al doctor Watson, ¿no?

– Sí, desde luego.

– Por un momento pensé que se refería al Profesor. No. He enviado a Watson a Cornualles otra vez. Sin duda tendré que trasladarme allí en breve, o será difícil asistir al final del asunto. Creo que le he dicho que Moore Agar me había ordenado descanso.

– ¿Y no lo está haciendo?

Holmes asintió con la cabeza.

– Le he pedido un poco de tiempo bajo el pretexto de ordenar algunos libros y tomar algunas notas en el Museo Británico. Una treta inofensiva, ya que Watson sabe que estoy interesado en el lenguaje de Cornualles y que pretendo publicar un artículo sobre ello a su debido tiempo. Servirá para dirigir su atención hacia otro lugar. Ahora, Crow, ¿está preparado para un viaje?