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– ¿Un viaje? Pero ¿adonde?

– A París. ¿A qué otro lugar podría ser, mi querido colega? Sabemos que Moriarty ha vuelto a su viejo juego. Sólo por lógica, los dos estamos convencidos de que está implicado en el asunto de Cornhill y el asesinato del viejo Bolton. También sabemos que sus miras estaban puestas sobre su cabeza, Crow, y usted casi se vino abajo. Por ahora, lo único definitivo que tenemos es que el criminal francés Grisombre se ha reunido con Morningdale.

– Exacto.

– Usted está de acuerdo conmigo en que Morningdale y Moriarty son la misma persona.

– Estoy convencido.

– Tenemos una descripción de Morningdale, y todavía nadie ha estimado conveniente hacer indagaciones más profundas sobre este hombre. No ha podido permanecer en sus habitaciones del hotel Crillón durante toda su estancia en París. Alguien debe haberle visto, incluso haber hablado con él. Debemos hablar con ellos, Crow.

La simple, aunque divina lógica, capturó la imaginación de Crow. Naturalmente, Holmes tenía razón. París tenía las únicas pistas posibles en este momento.

El Hotel Langham, en Langham Place -donde también se encontraba la famosa iglesia de Todas las Almas- era una magnífica estructura gótica, que ocupaba aproximadamente un acre de terreno, y poseía más de seiscientas habitaciones y comedores para más de dos mil personas. Sobre todo, era un punto de reunión de los viajeros americanos, aunque el personal estaba bien acostumbrado a agradar a los extranjeros de cualquier tipo, por lo que Luigi Sanzionare no se sintió fuera de lugar.

Había estado preocupado por miedo a que algo hubiera ido mal en los planes de sus colegas, ya que nadie fue a recibirle a la estación. Después de todo, él había telegrafiado para comunicar sus intenciones por adelantado.

Sin embargo, estos temores se desvanecieron pronto, cuando llegó al gran vestíbulo del hotel y firmó en el registro de huéspedes, ya que allí había una nota, escrita en papel de escritorio del Langham, firmada por Grisombre en representación de él mismo y de Schleifstein, diciendo a Sanzionare que se acomodara, descansara bien después de un viaje tan duro y no se preocupara por nada. Ellos se pondrían, decía la nota, en contacto con él en un futuro muy próximo, cuando estuvieran preparadas todas las cosas.

Sanzionare se preguntó si le dejarían suficiente tiempo para hacer algunas preguntas sobre la residencia del señor Joshua y su hija. El insultante comportamiento de ambos Smythe le había calado hondo, asunto sobre el que había meditado tristemente durante todo el viaje. Había tenido cuidado, sin embargo, de mantenerse alejado de su camino. Tanto cuidado que no les había visto ni siquiera un momento en París, donde había pasado la noche para no viajar en el mismo vapor hacia Inglaterra.

Cuando se estableció en las lujosas habitaciones que habían sido reservadas para él, Sanzionare decidió que lo mejor sería dejar a los Smythe en paz, al menos hasta que tuviera el apoyo de sus amigos francés y alemán.

Dando permiso al ayuda de cámara para que se marchara, quien educadamente había preguntado si debía desempaquetar el baúl y la pequeña bolsa de viaje del italiano, Sanzionare se dispuso a hacerlo él mismo. No podía soportar que algún extraño revolviera entre su ropa. Benno y Giuseppe, incluso Adela algunas veces, se ocupaban de estas cosas en Roma. Aquí podría hacerlo él mismo.

En el dormitorio, abrió la llave del baúl de viaje y comenzó a sacar sus camisas, cuellos y otras ropas. Había colocado las camisas bien ordenadas en un cajón de una cómoda, y justo cuando iba a sacar un par de pantalones recién hechos, notó algo duro y desconocido en la parte inferior entre las ropas. Metió la mano más profundamente entre los distintos artículos hasta que sus dedos tocaron el objeto. Una sorprendida mirada apareció en sus ojos y sacó la mano, ceñudo.

Estaba agarrando un pequeño paquete de papel de seda. Desenvolvió el paquete y casi tiró el objeto, ya que allí, en sus manos, estaban los rubíes y esmeraldas, unidos por la cadena plateada, con el magnífico rubí colgando. El collar de Carlotta que él tanto había codiciado en esa desastrosa primera noche del viaje.

Sanzionare se vio a sí mismo en el gran espejo del dormitorio, sin reconocer apenas lo que veía: un hombre gordo, de mediana edad, con la cara blanca como si estuviera conmocionado, y con unos dedos temblorosos que agarraban el preciado collar.

Miró el collar y luego al espejo otra vez. ¿Era un sueño? No creía. Las piedras preciosas que estaban en sus manos eran suficientemente reales. Había estado muy cerca de él durante la cena en el tren y había manejado muchas joyas para estar equivocado. Pero, ¿cómo? ¿Por qué? Había tenido las llaves de su equipaje durante todo el viaje. ¿Benno? Era la solución más probable. Benno, en contra de todas las instrucciones, podría haber robado el collar antes de llegar a París. Era bastante fácil que tuviera unas llaves del equipaje y podría haber colocado las joyas en el baúl. ¿Un complot? ¿O simplemente un acto de irreflexiva venganza en nombre de su jefe? Bien, Benno estaba ahora de vuelta a Roma.

Sanzionare se dejó caer pesadamente en la cama, mientras sus manos agarraban todavía el collar que caía sobre su regazo. Era una pieza muy peligrosa para conservar. Pero demasiado valiosa para dejar que se fuera.

Comenzó a pensar lógicamente. Los Smythe podrían no haber echado de menos la pieza antes de París. Si hubieran descubierto entonces su pérdida, lo más probable es que se hubieran detenido en Francia, antes de coger el barco a Inglaterra. O, si se hubieran dado cuenta de su desaparición más tarde, a él se le habría interrogado a su llegada al puerto o en Londres.

¿Había mencionado este hotel cuando habló con los Smythe? Creía que no. Veinticuatro horas. Daría un día. Quizá unas horas más. Si Grisombre y Schleifstein no llegaban al hotel al cabo de ese tiempo, se marcharía con el collar. Entonces, el largo viaje al menos habría merecido la pena. Sí, no podía arriesgarse a quedarse más tiempo.

Sanzionare, con los dedos todavía temblando, terminó de sacar su ropa y miró alrededor para buscar un sitio seguro donde esconder las joyas. Hace tiempo había descubierto que normalmente el lugar más obvio era el lugar más seguro. Su bolsa de viaje estaba llena de los objetos usuales, incluyendo cinco frascos y botellas de cristal con tapas de plata de ley en forma de cúpula. El más grande contenía agua de colonia y, en ese momento, estaba medio vacío. Sanzionare abrió la bolsa, sacó el frasco, desenroscó la tapa y, sujetando el collar por el broche, lo sumergió en el líquido.

Los informadores tenían bien vigiladas las estaciones de Charing Cross y Victoria, y un equipo de chicos jóvenes estaban colocados a pequeños intervalos entre ambas estaciones y Albert Square, para servir como correos. Llevaban, como era habitual, distintos disfraces y todos habían recibido cuidadosas instrucciones.

El Hotel Langham también era el objetivo de una docena de pares de ojos. Harkness, con el vehículo privado del propio Profesor, permanecía preparado, y Terremant, el gran matón, estaba interpretando un nuevo papel, el de conductor de un cabriolé, que iba desde las dos estaciones hasta el Hotel Langham en un coche muy especial, uno que, curiosamente, no recogía a ningún pasajero.

Adela Asconta llegó con un séquito formado por una sirvienta y el atezado Giuseppe, exactamente como había predicho Moriarty, unas veinticuatro horas después de que Sanzionare hiciera su aparición.

Estaba cansada y sucia por el viaje, y con un genio áspero hacia los mozos que sacaban su equipaje del cabriolé, conducido por Terremant, quien la ayudaba en el interior, junto con su sirvienta. A Giuseppe se le habían dado instrucciones para que la siguiera en un segundo cabriolé.