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Crow bajó rápidamente y encontró a Holmes sentado cómodamente entre los elegantes clientes del gran restaurante.

– Ah, Crow -hizo un amplio gesto-. Siéntese y pruebe un poco de este excelente pato, es sin lugar a dudas el mejor que he probado.

Durante la cena, Crow intentó sacar el tema, pero el gran detective permaneció completamente en silencio en lo referente a la investigación de Morningdale, charlando sólo sobre París y, en particular, sobre la cocina francesa y los buenos vinos del país.

No fue hasta el café cuando por fin habló de su empresa.

– El amigo Morningdale es bien recordado aquí. Parece ser que daba muy buenas propinas, y para comenzar está claro que su único propósito era algún tipo de encuentro con Grisombre, el famoso líder criminal francés.

– Ya estábamos bastante seguros de eso -dijo Crow, con algo de desacuerdo.

– Desde luego que lo estábamos, pero por la charla que he tenido con el mozo y alguno de los empleados podemos estar seguros de que Morningdale era Moriarty. Por una cosa: este Morningdale decía ser natural de Boston, Massachusetts. Mediante algunas prudentes preguntas he podido averiguar que su acento era el de un hombre que ha vivido bastante tiempo en California. Como usted sabe, soy algo experto en los dialectos americanos. Hace algunos años publiqué una breve monografía sobre los sonidos de las vocales naturales entre las personas nacidas y criadas en varios estados.

– ¿Y su caso se apoya sólo en esto?

– Oh, no, hay otras razones con las que no voy a aburrirle en este momento. Pero, Crow, debemos ocuparnos de nuestros asuntos. Parece que Morningdale pasó algún tiempo, junto con su secretario, de jarana por la zona de Montmartre. Una sórdida parte de la ciudad en el mejor de los casos, pero donde nosotros debemos echar un vistazo.

De esta forma, Crow y Holmes pasaron la primera noche juntos deambulando por los bares y cafés de Montmartre. Todo fue en vano, por muy sutiles que fueron las preguntas de Holmes, sólo tropezó con miradas vagas y movimientos negativos de cabeza.

Pasaron tres días hasta que dieron con alguien que recordaba al americano y a su secretario inglés, y Crow juzgó que la depresión de Holmes iba en aumento, el estado jovial que tenía a su llegada a la capital se iba convirtiendo en una irritabilidad nerviosa.

A la tercera noche, cuando ya casi habían abandonado, después de haber visitado una docena de sospechosas guaridas de placer, fue cuando Holmes sugirió que visitaran el Moulin Rouge.

– No estoy ansioso por volver a ver esta noche ese pagano espectáculo de mujeres en una salvaje orgía, Crow -contestó en tono áspero-. Pero me temo que tendremos que soportarlo una vez más en atención a la ciencia criminal.

En el Moulin Rouge encontraron a un camarero que creía recordar al americano y a su acompañante, pero no estaba completamente seguro.

– Estoy seguro de que una buena propina soltaría su lengua -dijo Holmes-. Pero sólo me rebajo a esos métodos de soborno como último recurso.

Un poco antes de la una de la madrugada, los dos detectives abandonaron el establecimiento y, mientras esperaban un coche de alquiler en la Place Blanche, se acercó a ellos una chica que, ineludiblemente, ejercía el lascivo comercio en las calles de esa zona.

Crow estaba a punto de despedir a la chica -como había hecho en numerosas ocasiones desde que se dedicaban a las peregrinaciones nocturnas- cuando Holmes detuvo su mano.

– Usted bien podría ayudarnos, querida dama -Holmes se dirigió a la chica con un encanto poco habitual-. Estamos haciendo algunas investigaciones sobre un amigo americano al que hemos perdido de vista. Sabemos que estuvo divirtiéndose en estos antros nocturnos de su ciudad a principios de año. Me pregunto si usted le habrá visto. Y si no a él, a sus amigos.

– Por aquí pasan muchos caballeros americanos, Monsieur -replicó la chica-. No tengo tiempo para discutir en las calles. Yo estoy aquí para sacar dinero.

– No perderá nada -declaró Holmes sacando algunas monedas de plata de su bolsillo-. Permítame describirle a este hombre en concreto.

La chica cogió las monedas con enfado, escuchando atentamente cómo Holmes le hacía un conciso cuadro del robusto y colorado Morningdale.

– Salaud -pronunció la chica con unos exagerados movimientos de los labios-. Le recuerdo. Me tiró a la cuneta. Casi me rompe un brazo.

– Cuénteme qué pasó -Holmes tenía los ojos fijos en ella, los cuales, observó Crow, no estaban tan claros como de costumbre.

La chica le habló de la noche en que se acercó al americano y de sus amenazas.

– Era muy extraño -dijo ella-. Hablaba bien nuestro idioma, el argot, si sabe lo que quiero decir.

Holmes asintió con la cabeza.

La chica gesticuló en dirección al Moulin Rouge.

– Estuvo allí, hablando con Suzanne la Gitana. Uno de los camareros es un buen amigo, me dijo que estuvieron hablando durante algún tiempo -sonrió amargamente-. Ella se marchó con su amigo.

– ¿Quién? ¿Esa Suzanne?

– Eso es.

– ¿Y dónde podríamos encontrarla?

– En cualquier parte -abrió completamente los brazos-. Suzanne obra por cuenta propia. No la he visto por aquí durante dos, o quizá tres semanas.

– Lo primero que debemos hacer por la mañana es buscar a Suzanne la Gitana -aconsejó Holmes cuando regresaban al Crillon-. La pista empieza a ser más clara, Crow. Ella habló con el hombre y supongo que pertenece a ese tipo de mujeres que sueltan la lengua con una pequeña recompensa económica. Como ha visto, ahora es el momento del soborno.

Pero a la mañana siguiente, Crow se inquietó al encontrar a Holmes en un estado muy deprimido. No se levantó a su hora habitual y parecía estar muy trastornado, sudando abundantemente y con una especie de agonía que atormentaba su cuerpo a frecuentes intervalos.

– Me temo que tendré que regresar a Londres -dijo débilmente el gran detective-. Esto es lo que me temía y la razón por la que Moore Agar me aconsejó que descansara en algún lugar agradable. Me temo que hay un solo lugar donde puedo obtener la medicina que acabará con este estado, y se encuentra en Londres. Crow, tendrá que continuar sin mí, encuentre a esa Suzanne y hable con ella. Yo todavía tengo tiempo antes de que usted regrese a Scotland Yard. Cogeré el próximo tren a Calais.

Crow sintió mucha pena al ver cómo el detective regresaba en tren en busca de lo que necesitaba.

Durante las semanas que habían pasado desde que Moriarty adquirió los edificios de Bermondsey, se habían realizado numerosas mejoras. Incluso desde que Schleifstein se había convertido en el principal huésped en este escondrijo, grupos de hombres de la familia -principalmente ladrones de casas que se hacían pasar por albañiles, decoradores y pintores- se habían trasladado para agrandar los edificios y hacerlos más confortables y seguros contra las personas que podían tener interés desde el amplio y decente mundo exterior.

El mismo Moriarty y los miembros principales de su Guardia Pretoriana habían amueblado agradables alojamientos, sin mencionar un gran dormitorio para la gente de la familia que iba de paso. Había habitaciones para almacenar mercancías, para encarcelar y, en realidad, muchas instalaciones con las que ya contaban desde hacía algunos años en el convertido almacén, muy cerca de los muelles junto a Limehouse.

Bridget Spear, sólo unas semanas antes del parto, había sido trasladada a una de las propiedades de Sal Hodges, junto con una comadrona para que todo fuera bien. Sal Hodges, que se sentía ahora como un «galeón a toda vela», como ella lo describía, usaría la misma habitación y comadrona cuando llegara el momento.

Martha Pearson, que había probado su capacidad para el puesto en la casa de Albert Square, se ocupaba ahora de las tareas de Bridget Spear -con la ayuda de una fregona llevada por Bert Spear-, mientras la pequeña Polly, todavía en éxtasis por el atractivo Harry Alien, fue, bajo las órdenes del Profesor, instruida en todas las materias necesarias y nombrada ama de llaves y cocinera en la guarida de Bermondsey, donde también se había trasladado el mismo Alien.