Выбрать главу

Gracias a Dios, gran parte del primer acto es mímica -mi horror ante la declaración de amor del gran brahmán hacia mí, yo llenando un vaso de agua para ofrecérselo a las demás bailarinas del templo y a los fakirs, los hombres que saltan por encima del fuego y agitan dagas y cuchillos en pleno éxtasis religioso, mi conversación con Solor, en la cual ambos nos declaramos nuestro amor-, porque no creo que hubiese podido bailar. Pero de algún modo conseguí mover los brazos. Nuestra pantomima teatral era tan rebuscada que los balletómanos de la corle recibían clases para comprender qué era lo que gesticulábamos en el escenario. Sí, durante uno de esos larguísimos interludios de mímica yo miré por encima de los hombros de mi amado Solor y presencié una pequeña conmoción en el palco imperial. Unas enormes manchas enrojecían el rostro de Alix, que respiraba tan pesadamente como si hubiese sido ella la que bailaba en el escenario, y no yo. Se inclinó hacia Niki, hizo un gesto de angustia, a cuya señal él se puso en pie de inmediato y apartó la silla de ella hacia la oscuridad del palco… hacia su propio Reino de las Sombras. Que se quedara allí; no me importaba nada si Niki reaparecía. Pero él no volvió. El plan de Vzevolozhski había tenido éxito, aunque no de la manera que él se proponía. Había librado al teatro de emperador y emperatriz, y no de mi presencia. Después de aquello, los soberanos y yo compartimos el Mariinski. Se procuraba siempre que yo bailase entre semana, los miércoles, un día poco de moda, las noches que la familia imperial no asistía al Mariinski, mientras que Pierina Legnani, el pichoncito italiano, bajita, recia, fea de cara, realizaba sus truquitos cada domingo para el zar.

Me habían nombrado prima ballerina assoluta de los Teatros Imperiales, pero nunca volvería a actuar ante los soberanos. Era como estar muerta.

Cuando bailaba el segundo acto de La Bayadère, mis miércoles, después de la gran procesión de la Badrinata dejaba mi guitarrita y cogía una cesta de flores de cera. Entre los recovecos del mimbre se encontraba no la serpiente de goma de atrezzo, sino una viva, drogada, y esa era la que me arrojaba al pecho para simular que me mordía. Siempre he sido muy intrépida en escena (nadie viene al teatro a ver a un actor que se contiene), y allí nunca me he contenido; fuera de escena tampoco mucho, a decir verdad. Las demás bailarinas se echaban atrás cuando, con la serpiente retorciéndose entre mis brazos, yo daba la vuelta al escenario para mostrarles mi herida y mi destino inevitable. Algunas noches, bajo los focos calientes que me deslumbraban y el colorido endemoniado de bombachos y saris y tocados con velo, deseaba que aquella serpiente se despertase y, llena de confusión, me mordiese… y entonces, como la famosa cantante gitana Varya Panina, que una noche, viendo a su antiguo amante entre el público, le dedicó una canción de amor frustrado y se bebió un vaso de veneno, yo también moriría allí mismo, en el escenario. Era mejor convertirse en leyenda que ser conocida como una amante despechada que bailaba ante un palco imperial vacío las noches de los miércoles.

A finales de año supe con deleite que me habían dado un domingo para que bailase… pero luego supe que Vzevolozhski había convencido al zar de que fuese a ver una obra francesa aquella noche en el Mijáilovich.

Cuando me enteré de esto, mi deleite se convirtió en una amargura tan intensa que iba rabiando por mi casa, rabiando a toda máquina, como las hélices del yate imperial, el Standart. No consentiría en verme burlada de esa manera. No quería que me sepultaran en el teatro como un escenario antiguo o un trasto de atrezzo decrépito. Me senté a mi buró y escribí una carta a Niki con una letra histérica, tan grande como un armario, y al final firmé con mi nombre con una enorme y floreada M. Escribí en ruso, y cuando Sergio llegase aquella noche, como era su costumbre cuando su deber no le requería, pensaba suplicarle que tradujera aquella carta al francés, que luego copiaría en limpio con mi letra más pequeñita y preciosa. Yo no había recibido demasiada formación, como ya saben (el aspecto académico de las Escuelas del Teatro Imperial era ridículo; hasta Vaslav Nijinski, un auténtico imbécil en el aula, aunque un genio en el escenario, consiguió graduarse), pero era importante para mí escribir la copia final en francés, la lengua de la corte, ya que aquella era la carta formal de un súbdito tratado injustamente por su zar, no una cartita de amor de una petite danseuse. Escribí que si había perdido el privilegio de bailar para el emperador, no deseaba bailar más, y que si no bailaba, entonces ya no tenía nada, ni a él ni mi arte; que aceptaba el castigo de no verle privadamente, pero que no se me podía castigar doblemente no viéndole tampoco en el teatro. ¿Era yo su prima ballerina assoluta o no? Y como tal, ¿no era mi talento el que debía aplaudirse, y no el de alguna albóndiga italiana importada?

Sergio aquella noche leyó mi carta, que yo había puesto en sus manos después de correr al vestíbulo principal, como un niño que entrega un juguete roto a su padre para que se lo arregle, y cuando acabó, dijo:

– Entonces, Mala, ¿le estás planteando un ultimátum a nuestro zar? ¿Estás segura de que quieres hacer esto?

Yo asentí, aunque a decir verdad no había pensado demasiado, aparte de que Niki leyera mi lamento gitano. ¿Y si su irritación conmigo era tan grande que me decía: «De acuerdo, pues deja los teatros»? Pero mi deseo de hacer que comprendiese la injusticia que se me hacía era mayor que mi interés en el resultado. Y de ese modo, a regañadientes, Sergio tradujo mi carta después de que yo le cubriese de besos, y a la mañana siguiente se la llevó en el bolsillo para entregársela al zar, porque aquel día servía como edecán de Niki, un privilegio que los grandes duques se iban turnando entre ellos. ¿Quién si no podría haber entregado a Niki una carta semejante, o de qué otro podía haberla aceptado Niki? Una vez estuviera en sus manos, yo sabía que la leería, no solo porque la había escrito yo, sino porque en los inicios de su reinado había mostrado que se complacía tratando los asuntos pequeños: el presupuesto de una escuela de provincias, la petición de unos campesinos que deseaban cambiar oficialmente sus nombres, que procedían de los groseros apodos que les habían adjudicado en el pueblo, como Feo o Apestoso (hasta el notorio nombre de Rasputín procedía de un apodo, Rasputinyi, que quería decir «disoluto»), una petición que requirió la atención del zar. Bueno, pues ahí estaba mi petición.

Aquel domingo me preparé como solía hacer los días de representación: me quedé en la cama todo el día, comí solo unas cucharadas de caviar a mediodía, me negué a beber una sola gota de líquido, ni agua siquiera, y llegué al teatro dos horas antes para calentar. Ese hábito de llegar temprano al teatro lo tenía desde que era pequeña. Debido a la posición de mi padre, cuando en el teatro se necesitaba alguna niña para que sacase el anillo de la zarina doncella de la boca del pez en el último fragmento de El caballito jorobado, me elegían a mí… y aunque no pusiera el pie en el escenario hasta casi el final del ballet, yo insistía en que mi padre me llevara con él al teatro una hora antes de alzar el telón. En el escenario de aquella noche, detrás del telón bajado, los demás bailarines refunfuñaban como de costumbre por tener que bailar conmigo, sabiendo que mi presencia garantizaba la ausencia del emperador. Si el zar y su séquito no estaban en el teatro, también el público se veía afectado, porque la corte iba al teatro tanto para ver al zar como para vernos a nosotros. Y a nosotros, los artistas, nos gustaba mucho ser vistos por él, también. No puedo explicar esto… su poder nos confería una sensibilidad agudizada, como ocurre con el amor.