Su predicción no era tan absurda como se podía imaginar. El hechicero, el idiota santo, el mujik ido, el campesino a través del cual habla Dios, el loco que en realidad no es un loco sino un clarividente, por todos esos hombres Rusia ha tenido siempre tolerancia. Vestidos con harapos y cadenas vagan de pueblo en pueblo haciendo peregrinajes, alimentados por limosnas, durmiendo al aire libre o junto a un fuego ajeno, mendigando algunos kopeks a un campesino o príncipe a quien esperan comprar un poco de gracia.
De vez en cuando se llevaba a palacio a esos locos y espiritualistas para que rezasen, reprendiesen o curasen. En el Petersburgo de mi época, las dos princesas de Montenegro que se habían casado con primos del zar (eran conocidas como «las Hermanas Negras») se habían traído con ellas a Rusia junto con su dote su interés por lo oculto. Fueron ellas las que llevaron a palacio a Mitka el Loco, a Philippe Vachot, y finalmente a Rasputín. En Montenegro, aseguraban, brujas y hechiceros vivían en los bosques, podían hablar con los muertos y veían el futuro de los vivos. Ellas y sus amigos de la corte celebraban sesiones en habitaciones cerradas o quedaban subyugadas por los desvaríos de los espiritualistas en trance. Alix, la germano-inglesa Alix, consideraba que todo aquello eran tonterías hasta que su desesperación por un heredero alcanzó un nivel bastante alto, y entonces convirtió una pared de su dormitorio en un iconostasio ante el cual rezaba, como si estuviera en la iglesia, para que Dios le diera un hijo, y luego las puertas de Tsarskoye Seló se abrieron de par en par a aquellos campesinos, esos strannikii a los cuales se entregó por completo.
Supongo que se podría decir que M. Philippe había conseguido un milagro… pero para mí. Me senté y escribí una nota a Niki que entregué a mi hermana sin decir una palabra, y que mi hermana entregó a su marido Ali para que a su vez se la entregase al zar. Ali estaba muy unido a Niki. Justo antes de la coronación de este, fue uno de los cinco oficiales de la guardia invitados a unirse al zar en la propiedad de su tío en Ilinskoe. El matrimonio de mi hermana no podía haber funcionado mejor para mí. Necesitaba un nuevo correo ahora que Sergio se había evaporado. Y Ali entregó personalmente al zar mi nota, que decía, sencillamente: «Ven a ver a tu hijo».
Así que cuando los pájaros empezaron su migración anual desde Petersburgo hacia los climas más templados de Crimea, Persia y Turquía -el tiempo, que había sido bastante cálido, de repente se había vuelto frío y habían empezado las lluvias, como ocurre durante semanas y semanas hasta que añoras la nieve, que al menos trae luz a la ciudad y, por algún motivo, no parece tan húmeda-, y cuando Niki volvió de las provincias de Rishkovo y Kursk, donde había recorrido monasterios, hospitales y casas de gobernadores, el jefe de policía me llamó para decirme que Niki iría a Strelna y la policía cerraría aquella tarde la carretera entre Peterhof y mi dacha, para que Niki, antes de irse a casa, pudiera hacerme una última visita oficial, a mí, en mi dacha, donde me había quedado, más tiempo del habitual dada la estación, apartada de la vista.
Yo llevaba esperándole desde el mediodía, sin saber exactamente cuándo llegaría, y cuando finalmente oí el grito de mis mozos de cuadra saludándole y al zar que se iba aproximando lentamente a mi casa desde los establos, abrí la puerta para saludarle… y sentí una gran conmoción al verle: alto, con su papakhii, con el rostro enrojecido por el frío, los ojos de un azul chispeante. Pensé: «¿Alguna vez me abandonará el deseo por este hombre?». Él me besó en ambas mejillas, el aroma de sus aceites de baño todavía presente en su helada piel, presente incluso al final del día, y cuando yo me llevé las manos a las mejillas para protegerme del frío que él había dejado allí, se echó a reír.
– Mi Pequeña K, ¿te he traído el frío?
Y yo quería besar las puntas de sus dedos, pero lo que hice fue coger yo misma su papakhii y su sobretodo, que tendí a mi criado para que los limpiara y cepillara, y allá se fue el hombre, tembloroso por el honor que se le hacía. Niki me miró, esbozando todavía una media sonrisa, y dijo:
– Bueno, Mala, he oído el rumor de que me has dado un hijo.
Yo me eché a reír llena de sorpresa. Nuestro encuentro iba a ser desenfadado, nada parecido al tiempo que hacía, o al tiempo que yo imaginaba en el interior del palacio de Peterhof. Y el zar dijo:
– ¿Se parece a ti o a mí?
Bromeaba un poco, pero yo detecté una tensión bajo aquel tono. Recuerden que yo llevaba toda la vida acechando las notas escondidas debajo de cada melodía. De modo que dije, también bromeando:
– El soberano decidirá por sí mismo.
Y le presenté a mi hijo, de casi tres meses, durmiendo, envuelto en sus mantas, y solo con verle la leche brotó de mis pechos, que estaban vendados con tiras de tela para evitar precisamente aquello. Mi doncella me siguió y trajo la cuna, y cuando ella la puso junto al zar, yo le puse a mi vez a mi hijo en brazos.
Me pareció que a mi alrededor la casa, incluso la tierra, temblaban. Niki inclinó la cabeza hacia nuestro hijo. Mi hijo no parecía un Kschessinski. Estaba hecho de distintas piezas, todas Románov. Tenía las orejas del zar, que se estrechaban hasta acabar casi en punta y se inclinaban hacia fuera por arriba; tenía la misma nariz pequeña y recta del zar, no la nariz chata de las hermanas de Niki, que les había legado su abuela pero no había llegado a mi hijo, ni tampoco la nariz larga de su propia madre. Y a medida que mi hijo creciese se parecería tanto a Niki que la gente diría al pasar junto a él «ese debe de ser hijo del emperador», tan acusado sería el parecido con el soberano. Ahora Niki estaba descubriendo todo eso por sí mismo.
– Mira -decía, y sujetaba la manita del bebé contra la suya-, tiene los dedos como yo.
Luego, como si de repente se le hubiese ocurrido una idea, abrió el pañal del niño, y al ver esto la risa salió de mi garganta como una campana y resonó en toda la habitación.
– Tengo un hijo -sonrió Niki-. Tengo un hijo.
Y miró a su alrededor como para contarle a alguien aquella noticia, pero yo era la única persona allí, de modo que me lo dijo a mí.
– Sí -dije yo-, tienes un hijo.
Niki se puso de pie con él y mi hijo dio patadas espasmódicamente y estiró y encogió sus pequeños brazos, con los puñitos como puñitos de un zarevich. Niki dijo:
– Maletchka, ¿por qué le dijiste al pobre Sergio Mijaílovich que el hijo era suyo?
– ¿Querías tener dos hijos de dos madres? -le pregunté yo-. ¿Tan codicioso eres?
El zar se echó a reír.
Yo pregunté:
– ¿Qué sabe Sergio?
– Cree que es hijo del príncipe de Siam… o del húsar Nikolai Skalon.
Dos hombres con los que yo había flirteado en 1899 y 1900.
– Pero no parece siamés -dijo Niki-, y como Skalon murió hace mucho tiempo, el chico tiene que ser mío. ¿Cómo se llama?
Cuando se lo dije, Niki respondió de inmediato:
– Le llamaremos Vova
En diminutivo, nosotros. Vova no acabaría adoptado por mi hermana y su marido. Niki puso al bebé en su cuna y luego se arrodilló de repente ante mí y me besó las manos, y al ver esto, los cielos liberaron su pesada lluvia, que se encontró súbitamente con las copas de los árboles, la hierba, el tejado, las ventanas, las puertas, los guijarros, el jardín, la carretera general, el golfo, y la lluvia también cayó sobre las coronas de las águilas de tres cabezas de la cúpula del Gran Palacio, en Peterhof.
Cuando cayeron las primeras nieves, Niki me había comprado tres terrenos en la isla de Petersburgo, al otro lado del Gran Neva, al otro lado del Palacio de Invierno, en la esquina de la Perspectiva Kronversky y la calle Dvorianskaia. La compra de estos terrenos se mantuvo en secreto. No se registraron a mi nombre para no atraer la atención hacia los ochenta y ocho mil rublos pagados por ellos, que todo el mundo sabría que yo no habría podido permitirme, ya que me había abandonado Sergio Mijaílovich. Aquel lado de la ciudad no tenía fábricas metalúrgicas ni centrales eléctricas ni imprentas, solo un puñado de mansiones nuevas entre antiguas casas de madera que Pedro el Grande decretó en tiempos que fuese el único tipo de casas que se construyera en aquella parte de la ciudad, ya que el granito de Finlandia, el mármol travertino de Italia y de los Urales, el porfirio de Suecia y la arenisca de Alemania se debían usar solo para la Isla del Almirantazgo, para la parte imperial de Petersburgo, demarcada por sus canales, Fontanka y Moika, y sus avenidas, y por los dos palacios del zar, el de Invierno y el de Verano, y por su piedra. Y por tanto, hasta 1830, poco más se construyó en la isla de Petersburgo, aparte de cabañas de madera para los trabajadores, un fuerte de madera y una casa de madera donde había vivido el propio Pedro mientras se construía su ciudad. Después, en aquel terreno apenas se construyó tampoco. Pero cuando se acabase el puente de Troitski al año siguiente, en 1903, que conectaría la isla con Peter propiamente dicho, empezaría la construcción de mansiones en serio. La mía fue una de las mejores, construida por el arquitecto de la corte, Alexánder von Gogan, que conseguiría una medalla de plata por su diseño estilo art nouveau. Desde mi nueva propiedad, Vova y yo podíamos ver a través del Neva la fortaleza de Pedro y Pablo, el Jardín de Verano, el Campo de Marte, el palacio Vladimírovich, el nuevo palacio Mijáilovich y el propio Palacio de Invierno.