Pero para ser sincera, ¿qué sabía yo de fábricas… ni de su capacidad de producción? Yo pensaba que no había ninguna diferencia si las balas y demás las hacía una fábrica u otra, y por tanto, pedí a Sergio que ofreciera los contratos de armamento a nuestros amigos, hombres a los que conocíamos, aquellos que venían a la Perspectiva Kronoverski con sus regalos y sus modales anticuados. Mejor tenerlos a ellos que a cualquier extraño, ¿no? ¿En quién se podía confiar más? Finalmente, Sergio se vio obligado a dimitir del Departamento de Artillería y fue enviado a Baranóvich, donde, despojado de sus deberes oficiales, no tenía nada que hacer salvo cultivar un huerto, fumar cigarros con Niki y trastear por ahí como un viejo, dando largos paseos por el bosque, como si no hubiese guerra y aquello no fuese el cuartel general, sino una especie de sanatorio. Vova y yo no podíamos verle, y mi hijo lloraba hasta quedarse dormido. El desgraciado Sujomlínov, que no tenía la suerte de ser primo del zar o antigua amante suya, fue arrestado y encarcelado en la fortaleza de Pedro y Pablo. Le envié una nota, que estoy segura de que apreció mucho.
El país se obsesionó con la idea de los traidores y los espías. Las panaderías y escuelas alemanas fueron atacadas. Aquellos que tenían nombres que sonaban a alemanes llegaban a su casa y se la encontraban quemada, con las paredes sin techo ennegrecidas detrás de las verjas de hierro. ¿Y quién no tenía en Rusia un nombre que sonase alemán? Media corte tenía antepasados alemanes; si hasta sus propios cargos en la corte derivaban sus títulos de sus homólogos alemanes: el Ober-Tseremoniimeister, el Ober-Gofmeister, el Kamer-Freilini, el Flag-Kapitan. Y por supuesto, el país recordaba perfectamente que la emperatriz Alexandra era alemana: Alix de Hesse-Darmstadt. El pueblo empezó a llamarla «Niemka, esa mujer alemana», y empezaron a sospechar de ella y de su staretz, Rasputín, de quien temían que fuese un espía alemán. En Moscú, en la Plaza Roja, la multitud gritaba que había que colgar a Rasputín, encerrar a la emperatriz en un convento y derrocar a Niki.
Para contener todo aquel alboroto provocado por la desesperación de la Gran Retirada, porque así fue como se empezó a llamar la ignominiosa marcha de retroceso de los hombres desde los Cárpatos hasta Lublin y Lvov, el furor por la escasez de suministros, y la histeria por la paranoia de los espías, el zar clausuró la Duma, reemplazó a Nikolasha como comandante en jefe y se trasladó permanentemente a la Stavka, que tuvo que ser trasladada, después de la Gran Retirada, trescientos kilómetros al este de Baranóvich, a Maguilov, en el río Debiéper, en Ucrania, para evitar verse desbordados por los alemanes que avanzaban. En Baranóvich, los generales y grandes duques dormían en sus propios y lujosos vagones de tren, en el cruce de ferrocarriles, donde habían hecho sacar los vagones de las vías y colocarlos en abanico en el bosque de abedules y pinos, formando unas pasarelas con tablas de madera entre ellos. Pero en Maguilov, los oficiales simplemente requisaron la casa del gobernador local y cada uno de ellos cogió una habitación. Niki habilitó dos habitaciones para él solo, una como estudio y la otra como dormitorio, y se dispuso a ser la figura decorativa del país como zar guerrero. Con esa decisión y su madre esperando a que acabase la guerra en Kiev, Petersburgo quedó para la emperatriz. Y para Rasputín.
Déjenme que les explique cómo se introdujo Rasputín en el palacio Alexánder y en el regazo de Alix. Como siempre, tenía que ver con la salud del zarevich. Cuando Alexéi fue en otoño de 1915 a pasar unos meses en Maguilov con su padre, durmiendo en un catre en la habitación con él, en la mansión del gobernador, Sergio me dijo que Alexéi cogió un resfriado y un fuerte estornudo le produjo una hemorragia nasal que no podían detener. Los médicos intentaron aplicarle todo tipo de vendajes y tapones nasales de su inútil arsenal, mientras el cuerpo del muchacho continuaba bombeando roja sangre por la nariz, hasta que al final Alexéi perdió la consciencia. En ese estado fue conducido por su padre en tren a Tsarskoye Seló, y Alix se reunió allí con él en la pequeña estación, esperando que Niki apareciera con el cadáver de su hijo, y cuando vio su blanco rostro y su cuerpo flácido le suplicó a Niki que le permitiera llamar a Rasputín. Este, como podrán imaginar, aprovechando al máximo su oportunidad, entró en la habitación del chico, hizo la señal de la cruz encima del cuerpo del muchacho y dijo: «No os alarméis. Nada malo ocurrirá». Y al día siguiente Alexéi estaba ya sentado, con los ojos brillantes, pidiendo su cachorrito de spaniel, Joy, y el gato que había dejado en el cuartel general.