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Niki volvió a Maguilov al día siguiente, pero habría que recurrir al asesinato para arrancar a Rasputín de Tsarskoye Seló. Con la guía del staretz, Alix pidió que los nombramientos ministeriales del país se entregasen solo a cortesanos de la vieja escuela, hombres que adoraban la autocracia del zar, que creían que la Duma era un error, como ella, pero sobre todo, en su mayor parte hombres que estaban bien dispuestos hacia Rasputín. Ella estaba cargada con la misma energía que acumuló cuando Niki estuvo enfermo de tifus en Livadia y en los dos casos por el mismo motivo: si el zar estaba amenazado, el futuro de su hijo también lo estaba. Y quería asegurar el país para los dos. Casi cada semana, al parecer, yo abría la gazeta y me encontraba el nombre de un nuevo ministro que Alix había persuadido a Niki de que nombrase. A lo largo de los seis meses siguientes, Rusia tuvo cuatro primeros ministros, cinco ministros del Interior, tres ministros de la Guerra, tres ministros de asuntos Exteriores, cuatro ministros de Agricultura y tres de Transportes, y el país se vio sumido en un desorden tal por la incesante sustitución de la competencia por la incompetencia y de la incompetencia por la ineptitud que el gobierno apenas funcionaba. Rasputín, por supuesto, había tomado parte en todos aquellos nombramientos, y a veces por motivos ridículos: el chambelán de la corte, A. N. Yóstov, complació unas noche a Rasputín cantando con su voz de bajo en el restaurante gitano Villa Rode, y al mes siguiente fue nombrado ministro del Interior. Tanta gente iba a pedir el patrocinio de Rasputín que tenían que hacer cola en las escalinatas que iban a la puerta de su apartamento del tercer piso en la calle Gorojovaya, y el país bullía de indignación porque entre todos aquellos suplicantes se encontraba un agente alemán que oyó a Rasputín bravuconear y cotorrear sobre estrategias y tácticas confidenciales que planeaba el ejército ruso, tácticas que Niki había confiado a Alix y ella luego a Rasputín, porque ella anhelaba su bendición para las maniobras militares de las que él no entendía absolutamente nada. El monje loco y la mujer alemana estaban destruyendo Rusia desde dentro y desde fuera, decía la gente, y a medida que la guerra iba empeorando, los oficiales, en su desesperación, empezaron a tomar permisos largos y sin autorización del frente; aparecían de nuevo en los palacios y las embajadas e incluso en los bares de los hoteles Astoria y Europa, y una vez más los uniformes y las medallas empezaron a tachonar la platea y los palcos del Mariinski.

En Petersburgo se cantaba una nueva canción:

Solo queremos saber cada día si habrá ministros nuevos de repente, quién fue al teatro, con qué compañía, quién cenó en Cubat junto a qué otra gente.
Si Rasputín aún sigue en la brecha o si necesitamos otro santo, si la Kschessinska está satisfecha, si lo celebró Shubin mientras tanto.
Si el gran duque a Dina llevó al fin a casa, si MacDiddie estuvo acertado… ¡Ah, si llegara un zepelín y destruyera todo Petrogrado!

Habrá crímenes

Y así fue como empezaron las conspiraciones, y no fueron solo los Vladimírovich quienes lo hicieron, sino también los Mijaílovich, el antiguo Club de la Patata, quien conspiró con ellos… menos Sergio. En uno de los planes, cuatro regimientos de guardias serían enviados a Tsarskoye Seló para capturar a la familia imperial, enviar a Alix a un convento o a una institución mental, arrestar a Rasputín y obligar a Niki a abdicar. No era una idea demasiado original. En la mayoría de los golpes se usaba a los guardias amotinados para derrocar al zar: Catalina la Grande, por ejemplo, los había usado. Otro plan sería que los guardias asaltaran el tren imperial mientras viajaba entre Stavka y Tsarskoye Seló, y obligaran al zar a abdicar y arrestar a Alix o, según las palabras de Miechen, «aniquilarla» y ahorcar a Rasputín. Luego, dependiendo del conspirador, se instalaría en el trono a Kyril o al zarevich Alexéi, suplicando a Nikolasha o el hermano del zar, Miguel, que actuasen como regentes. La gran duquesa Vladímir; sus tres hijos; el guardia de Niki, Dimitri Pavlovich; el joven príncipe Yusúpov, que se había casado con la hija de Xenia, e incluso el hermano de Sergio, el ahora famoso historiador gran duque Nicolás Mijaílovich, se reunían por las tardes en el palacio Vladímir. Otros complots fueron fermentando también entre los funcionarios de la Duma, y las conspiraciones finalmente fueron tantas y tan multitudinarias y se hablaba todo tan abiertamente que el hermano de Sergio, Nicolás, se vio obligado finalmente a escribir a Niki que si Alix no dejaba de interferir en asuntos de gobierno «habría crímenes».

Sus asesinos fueron aquellos hombres que se reunían en el palacio Vladímir: el gran duque Nicolás Mijaílovich, el príncipe Yusúpov y el gran duque Dimitri Pavlovich. Los Vladimírovich (Kyril, Borís y Andrés), residentes de aquel palacio, se quedaron a salvo en casa, sin mancharse las manos de sangre, pero no por ello fueron menos culpables. El hermano de Sergio le contó los detalles a este. Habían atraído a Rasputín al salón del sótano del palacio Yusúpov con la promesa de reunirse con la esposa de Yusúpov, Xenia, y con la hija de Sandro, Irina, que se sabía que eran las mujeres más hermosas de Peter. Ya les he contado que a Rasputín le gustaban mucho las mujeres. Y mientras Rasputín esperaba la aparición de aquellas bellezas, como los hombres le aseguraron que ocurriría en breve, le sirvieron unos pasteles rociados con cianuro y vino en el cual se habían disuelto cristales de ese mismo veneno, esperando que la noche fuese fácil. Pero el veneno, aparentemente, sorprendentemente, desconcertantemente, no hizo efecto, y Yusúpov, impaciente y frenético, sacó el revólver y disparó a Rasputín por la espalda. El staretz, con los ojos muy abiertos, se acurrucó, muerto al parecer, y mientras los hombres discutían la forma de eliminar el cuerpo, inexplicablemente, el cuerpo se levantó del suelo del salón y atravesó a todo correr el patio hasta la verja de hierro, dirigiéndose a la calle, y los hombres buscaron sus pistolas y enviaron tras él una lluvia de balas que una vez más le abatió. Allí, en los guijarros, sus aterrorizados asesinos patearon el cuerpo de Rasputín y aporrearon su rostro, y luego lo ataron con cuerdas, y por si acaso, lo envolvieron en una cortina azul que arrancaron de un tirón, improvisando, del riel de una ventana del sótano. Pero al parecer Rasputín también sobrevivió a todo aquello, así como a su duro viaje por el rústico puente de Petrovski, hasta el agujero en el hielo por el cual fue introducido, y acabó por ahogarse en las heladas aguas del Pequeño Neva. Cuando le encontraron, tenía una mano libre de las cuerdas.

Eso fue el 16 de diciembre de 1916.

¿Qué debió de pensar bajo el hielo negro? Golpeado, encadenado, con la ropa empapada de sangre y agua del río, una bota de cuero en un pie, la otra en la superficie del helado Neva, una oscura silueta por encima de él en el hielo blanco, que quedaba visible ante la cara de la luna, Rasputín sacó un brazo. ¿Sacaba el brazo para coger el zapato, la luna, el hielo que tenía por encima de él, la blanca losa de mármol de su sarcófago? ¿Levantaba el brazo para dar una bendición final, una profecía final? ¿O sencillamente estaba intentando liberarse, arrastrarse cabeza abajo por el hielo en aquel mundo negro e invertido, hasta encontrar el agujero por el cual le habían introducido, y correr, chorreando agua y hielo, hasta el palacio Alexánder, donde, igual que había gritado a sus asesinos durante su carrera por el patio del palacio Yusúpov, exclamaría: «¡Félix, se lo contaré todo a la zarina!».

Ella lo supo enseguida.

Cuando Dimitri Pavlovich entró en su palco del teatro Mijáilovich, la noche después del crimen, el público se puso en pie y le aplaudió. Los penitentes de la catedral de Nuestra Señora de Kazán encendieron grandes cantidades de velas ante los iconos del santo de su nombre. Y al día siguiente, Andrés fue cabalgando con su hermano Kyril al palacio de Dimitri en la Perspectiva Nevsky para asegurarle a Dimitri que los Vladimírovich estaban con él, y que le instaban a que volviese sus regimientos contra el zar. Pero afortunada e inesperadamente, Dimitri puso reparos. Quizás odiase a Rasputín, pero amaba a su zar. Pronto todo el mundo supo que el traicionero Andrés y Kyril habían intentado forzar las puertas del infierno. Ah, el pequeño de la familia, Andrés, resultaba también un Vladimírovich, después de todo.