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Emperador Vladímir

Si los Románov habían sido capaces de matar a Rasputín, era posible que, animados, intentaran llevar a cabo el resto de sus planes. Y entonces fue cuando recibí la orden de Niki de acudir a Stavka con Vova.

El nombre de la ciudad provinciana de Maguilov procede del nombre ruso que significa tumba, ¿saben?, y el paisaje que veíamos desde el vagón del tren, todo el camino desde Minsk, parecía de mal agüero. Hacía tanto frío que cuando me bajé, en una parada, al cabo de unos segundos ni siquiera podía mover los dedos. Vova estaba de muy buen humor al pensar en ver de nuevo a Sergio, y había insistido en llevar un regalo para él, un cachorrito, en el gran bolsillo de su abrigo. Estaba tan ocupado con el animalito, buscando nombres para él y preguntándome que pensaba de cada uno de ellos (Nika, «nacido en domingo»; Gasha, «bueno», Kiska, «puro») que ni siquiera miraba por la ventanilla del compartimento, como solía hacer normalmente. Yo me alegré de que fuera así, porque no habría visto otra cosa que árboles oscuros erguidos ante el cielo, con sus ramas rotas o a veces agujereadas por fuego de artillería. Pasamos junto a trincheras abandonadas, los muros de barro fortificados con tablas de madera y con alambre de espinos colgando en rollos y ondulaciones por la superficie. Las carreteras estaban húmedas y fangosas, y mostraban las profundas huellas de ruedas de tanques y camiones, el agua se encharcaba y se congelaba en todos los huecos del suelo, y en los campos, cruces blancas sobresalían de las tumbas que marcaban.

Una valla rústica de madera rodeaba la casa del gobernador, y por encima de la puerta, en un arco de madera corlado con la forma de una cúpula jónica, se encontraba grabada la palabra stavka. Sergio nos recibió allí. Había engordado y se había quedado casi completamente calvo, y como si quisiera compensarlo, se había dejado crecer una barba mucho más larga y salvaje de la que llevaba normalmente. Y a pesar del peso que había ganado y de la barba más espesa, había en él algo de desinflado… la vergüenza, por muy injusta que fuese, y su dimisión le habían dejado inseguro. Yo lo notaba incluso en la forma que tenía de moverse, como si fuera a dar un paso en falso o perder el equilibrio. Me había defendido contra todas las críticas, incluyendo las de su propia familia, y escribió a su hermano Nicolás: «Juro sobre el icono que ella no ha cometido crimen alguno. Si la acusan de soborno, son todo mentiras. Yo trataba con ella todos sus negocios, y puedo enseñar a quien quiera detalles concretos de todo el dinero que tiene y de dónde viene». Aceptó el castigo por mí, y a causa de ello, llevaba una casaca marrón corriente… porque habiéndose visto obligado a dejar el ejército, ya no podía llevar su uniforme.

Vova echó a correr ante mí para saludarle, sin darse cuenta de los grandes cambios sufridos por Sergio; le tendía el cachorrillo alegremente con las dos manos. La cinta que Vova le había puesto al animal alrededor del cuello, en el principio de nuestro viaje, se había desatado y perdido hacía mucho.

– Es para ti. ¡Para que te haga compañía! Lo puedes llamar Kiska.

Vova sonreía, ofreciéndole su hallazgo más reciente. Sergio le abrazó y luego examinó el animalito de pelo negro, un spaniel, igual que el de Alexéi. Cuando llegué hasta él, Sergio me besó y yo me sentí absurdamente consolada por su peso, por su aroma familiar a tabaco, naranjas y whisky, y me cogí a su brazo, mientras Vova se llevaba a Kiska a correr como loco en torno al patio helado y fangoso, que tenía en el centro una fuente redonda. Los caños de la fuente eran los ojos abiertos de unas marsopas, y en verano, aquellos caños debían de proyectar chorros de agua, pero ahora Vova cogió un palo para meterlo en los vacíos agujeros de los ojos.

Desde el otro lado de la valla de madera lo llamaron unos cuantos chicos, muchachos campesinos que venían andando desde el río. Vova pasó a través de una zona rota e inclinada de la valla para unirse a ellos, y el cachorrillo ladró histéricamente, siguiendo el palo de Vova. Sergio y yo miramos a través de las tablas astilladas mientras los cuatro arrojaban el palito de Vova como un bastón para que el cachorro lo recogiera, pero Kiska todavía no había aprendido a devolverlo, de modo que inevitablemente los chicos tenían que ir a por él, riendo mientras el perrito los evitaba con rápidos zigzags a través del campo.

– Le he echado de menos -decía Sergio. Los bigotes bajo la nariz de Sergio parecían helados-. Les he dicho a mis hermanos que todo lo que tengo debe ir a Vova cuando yo muera.

Y yo dije:

– ¿Por qué hablas de muerte? No vas a morir.

Pero Sergio no me contestó y llamó a Vova:

– Hace demasiado frío, vamos adentro. -Y a mí sola me dijo-: Niki quiere verte antes de la cena.

Uno de los comandantes nos había cedido aquel alojamiento, un refugio con dos habitaciones, y desde allí, Sergio nos dirigió hasta la casa del gobernador, a las dos habitaciones que Niki había cogido para él. Mientras pasábamos junto al gran comedor vi que la larga mesa ya estaba preparada para la cena, con las patas redondas y talladas sobresaliendo debajo de un mantel blanco corto, el suelo de tablas rústicas y las maderas de listones iluminadas hasta la última astilla por una pared de ventanas en el extremo más alejado de la habitación. Niki nos esperaba en el estudio ante un enorme escritorio de caoba, grabado, tallado y ornamentado hasta el último centímetro. Aquella habitación, después del resplandor del comedor, parecía cegadoramente oscura: las rayas del papel adamascado de las paredes formaban un espejo apagado; una solitaria silla oscura, agazapada como un enano, estaba pegada contra la pared de atrás. Niki se levantó a saludarnos, con la cara al principio de color sepia, pero al acercarse a mí, rosada, como si fuera una fotografía que alguien hubiese coloreado mientras yo la miraba. O quizá fuese yo la pintora, y sentí que yo también adquiría color. Me besó la mano, estrechó la de Vova, ahora casi del mismo tamaño que la suya, y le preguntó por sus estudios. ¿Estaba aprendiendo francés y geografía? ¿Le gustaba? Puso una mano en el hombro de mi chico mientras escuchaba, y de vez en cuando Niki me miraba y sonreía, y yo pensaba, ¿le pareceré tan vieja como él me parece a mí? Porque yo tenía ya cuarenta y cuatro años, la edad en que una mujer está ya dando su largo y reacio adiós a la belleza que ha ostentado por derecho propio desde que tenía dieciséis.

Sergio estaba detrás, en el estudio, cuando Niki nos enseñó la otra habitación de la casa que había tomado para él, como si aquella otra estancia, el dormitorio, fuese demasiado personal, demasiado privada para que entrase Sergio, aunque nosotros sí que podíamos, y cogió el cachorro de Vova. Habían colocado un catre de campaña junto a la ventana, al lado de la propia cama de Niki, y a través de ella, medio abierta, veíamos las ventanas del ayuntamiento de enfrente, y oíamos el ruido de la calle abajo, voces, un coche o carro de vez en cuando. Aquella era una ciudad, después de todo, y no un campo de batalla. El catre estaba bien hecho, con las almohadas ahuecadas en el cabecero, como si esperase un visitante, y encima de aquel catre se encontraba una caja que Vova abrió a instancias de Niki. Dentro de ella, mi hijo encontró algunas canicas de colores y soldados de plomo, juguetes que seguramente debieron de pertenecer a Alexéi y que se había dejado allí. Vova miró al zar y Niki afirmó y dijo que podía jugar con ellos, y Vova me miró, algo incómodo. Ya tenía catorce años, y excepto para colocar soldados en su mapa de batalla, ya no se entretenía con juguetes. Por su gesto, sin embargo, estaba claro que Niki veía en Vova a Alexéi, que tenía doce años, todavía lo bastante niño para que le gustasen los soldaditos de plomo. Mi hijo bajó la vista y luego, con una sonrisita, empezó a alinear los soldados en el alféizar de la ventana. Había comprendido. Si el zar quería que tuviese doce años, pues tendría doce años. Niki sonrió mientras Vova convertía las canicas en balas de cañón para tirar a los soldados. Ah, si nuestros regimientos pudiesen luchar contra los alemanes con tanta facilidad… Habíamos esperado estar en Berlín en la Navidad de 1914. «Todo habrá acabado en Navidad», decía todo el mundo. Pero desde entonces habían pasado dos años.