Niki miraba a Vova pensativo, agitado, con el uniforme arrugado por la parte delantera. Sus botas estaban cubiertas de barro seco. Cada tarde, dijo Niki, iba conduciendo hacia los bosques o caminando por el río Debiéper, a veces solo, a veces con Sergio. Había empezado, mientras estaba solo en Maguilov, a contemplar la ausencia de color de la vida sin Alexéi. Rasputín había prometido que Alexéi superaría su enfermedad a los trece años, pero los médicos con los que había hablado el mes anterior le habían dicho lo contrario, y la enfermedad, ciertamente, no había mostrado señal alguna de desaparecer. Cada mes traía a Alexéi un nuevo dolor a las articulaciones, o un dolor de cabeza nuevo, o una fiebre. Cada movimiento era una posibilidad de otra hemorragia. Y ahora, con la muerte de Rasputín, decía Niki, ¿quién podría evitar que la siguiente hemorragia fuese fatal? Alix había llorado durante días enteros después del asesinato de Rasputín, ahora que la catástrofe era segura para su hijo. Ella había leído las cartas de felicitación y los telegramas de todos sus parientes imperiales, notas confiscadas por la policía secreta, y sabía que ahora estaban solos. Él y Alix habían llegado a aceptar que Alexéi no viviría mucho más, y ciertamente no podría servir como zar. Y, según dijo Niki, no solo era la vida de Alexéi la que estaba en peligro; también lo estaba la de Alix, por distintos motivos. Ella le había escrito: «No dejes que me envíen a un convento. No me separes de mi niño». ¿Había oído yo algún rumor? Asentí. ¿Acaso no sabía él que yo los había oído prácticamente de primera mano en la cama cubierta de marta cibelina, en el palacio de Von Dervis?
Niki me dijo que había decidido volver a Peter a finales de diciembre, para hacerse cargo de los asuntos molestos en la capital, y luego enviar a Alix y a los niños al palacio de Livadia, en Crimea, después de la Navidad rusa, donde podrían quedarse unos cuantos años, hasta que la guerra hubiese terminado convenientemente, hasta que se hubiese vuelto a implantar el orden por parte del Consejo del Estado y de la Duma del Estado, o bien ese cuerpo parlamentario de dos cámaras sería disuelto a perpetuidad. Finalmente, según su plan, Alix volvería a Petersburgo, pero Alexéi, si todavía vivía, se quedaría allí, escondido, igual que su primo inglés Jorge V y su esposa María habían ocultado a su enfermizo hijo Juan, igual que la hermana de Alix, Irene, había ocultado a su hijo hemofílico, Henry. Y allí, igual que John y Henry, acabaría por morir Alexéi.
Oíamos las balas de cañón que explotaban, las canicas que golpeaban unas con otras mientras Vova jugaba, y Niki volvió la cabeza hacia él, aun hablándome todavía a mí. Quería llevarse a Vova a casa con él, a Tsarskoye, para Navidad, solo. Podía ayudar a decorar los árboles en el palacio Alexánder, el del Gran Salón, otro en el corredor para los criados y el último en la sala de juegos, el abeto que ponían allí lleno de adornos de cristal y espumillón, tan alto que casi tocaba el techo, y yo pensé: «¿Acaso el decreto contra los árboles de Navidad no se aplica al soberano, o Niki está recordando la comodidad neblinosa de alguna Navidad pasada?». Porque aunque yo sabía que Niki me contaba todos aquellos detalles para tranquilizarme, el que sonreía al recordarlos era él. Las velas en el árbol de la sala de juegos serían las primeras que se encenderían, dijo, y debajo de él, Vova y los demás niños desenvolverían sus regalos. Después de Año Nuevo, Vova podría viajar con ellos a Crimea, para Pascua. Y así, unas vacaciones conducirían a otras, un mes al siguiente. Vova podría llamarme una vez por semana. Yo podría verle en marzo, antes de que la familia partiese para Crimea. Tendríamos que explicarle a él todo aquello, poco a poco, las peculiaridades de su nacimiento, la función de su nuevo lugar, y finalmente, la asimilación de su nuevo nombre, y esa transferencia debía llevarse a cabo con tan poca prisa y tan cuidadosamente como los petersburgueses cultivaban sus viñas y sus flores en sus invernaderos a lo largo de todo el invierno, obligando a sus bulbos a florecer, a sus viñas a dar fruto, forzando a la naturaleza a hacer lo imposible, a crear el verano en medio del hielo. Y cuando Alix volviese a Peter con las niñas, Vova podría ir con ella. ¿Lo entendía todo yo?
No era ninguna idiota… ¿cómo creía que podía haber memorizado si no todos aquellos divertissements y adagios, un paso que conducía a otros cientos de pasos? Comprendí que, sin una línea de sucesión clara, los diversos hombres Románov de todas las ramas de la familia se pelearían frenéticamente por la corona. Y con toda aquella debilidad y divisiones desde arriba, y la niebla terrible de la guerra a nuestro alrededor, las banderas rojas de la Revolución ondearían otra vez desde los tejados y las ventanas de Peter, y los antiguos revolucionarios volverían sigilosamente a la capital para aprovechar la inestabilidad del antiguo trono de trescientos años. No… no podía haber ruptura en la ruta al trono. Sí, yo lo entendía. El hijo de Niki (uno de ellos) sería zarevich. Ahora estábamos lo bastante callados para notar que Vova también se había quedado en silencio. Niki podía considerarle un niño, pero yo sabía que no era así. Vova había estado escuchando a posta. Si no quería hacerlo, si no quería irse con el zar, yo sabía que me lo diría de inmediato. Estaba sentado en el catre, inmóvil. Por supuesto, quería ir. Era la gran aventura que ansiaba, el camino que lo alejaría de mí finalmente. Y entonces dejó que una canica rodase lentamente a lo largo del alféizar para tirar al último soldado que permanecía en pie, y este cayó con estruendo al suelo.
En aquel preciso momento un soldado de verdad llegó a la puerta del estudio y le dijo a Niki que era la hora de la comida. El rostro de Sergio apareció a continuación en la puerta, y por el gesto que traía, supe que el zar ya había comentado con él sus planes, y que Sergio estaba muy afligido por ellos. Incluso le había apenado oír que Niki me los volvía a contar a mí, aunque él no sabía que nada de todo aquello era una sorpresa para mí, y que yo venía preparándome y temiéndolo desde Spala. Pero comprendí que por eso Sergio me había hablado antes de muerte, de dejarle sus posesiones a Vova: quería reclamar de alguna manera a Vova antes de que Niki lo engullese por completo. Pero ¿qué podía hacer Sergio? Vova no era hijo suyo, por mucho que lo quisiera, si bien Vova no lo sabía. Y mi hijo tampoco me pertenecía plenamente a mí. Este destino, o uno similar, habían correspondido a Vova desde su concepción. Y él no lo sabía tampoco.
Toqué la mano de Sergio al pasar a su lado, y luego Niki hizo un gesto a Vova de que se adelantase con Sergio y el soldado, mientras nosotros nos quedábamos un poco atrás. Niki se volvió hacia mí a la luz débil e invernal de aquel dormitorio.