– Te prometo que le dejaré el mayor imperio que jamás haya poseído Rusia.
El manifiesto navideño de Nicolás II a su ejército hablaría de esa visión, aunque todavía no realizada, de esa Gran Rusia, y la paz que seguiría de ella, envolviendo a todos los pueblos eslavos y resolviendo todos los conflictos que se habían ido cocinando a fuego lento, «una paz tal que las generaciones venideras bendecirán vuestro sagrado recuerdo». ¿Le creí yo acaso? Como sus súbditos más leales, yo todavía confiaba en que él era capaz de cualquier cosa. Entonces él me besó, el triple beso en las mejillas que concede el divino zar a sus súbditos en Pascua, y luego un último beso, el de un hombre a una mujer, con sus labios resecos encima de los míos. Yo abrí la boca para recibir su ruda lengua, que no había probado desde hacía catorce años, y que ahora me permitía saborear. ¿Me habría amado él durante todos aquellos años? Si él… si él me hubiera hecho noble y me hubiese convertido en su esposa en 1894 en lugar de Alix… Nuestro beso fue largo, y aunque el crepúsculo nos envolvía con un manto de piel negra, no éramos totalmente invisibles bajo él. Cuando nos separamos al final, vi que Sergio había salido, con el cachorro tras él, pero mi hijo había vuelto para esperarnos, y ahora estaba de pie en el corredor, con el asombro más absoluto pintado en la cara.
Aquella noche soñé que seguía al zar a través de las puertas del sur de Tsarskoye, esas grandes puertas, con su fachada gótica como el portalón de una iglesia enorme. El zar iba vestido con su grueso capote y su papakhii de piel, y yo solo veía su ancha espalda mientras sus grandes perros, quince perros pastores escoceses, esa gran raza que prefería la reina Victoria, que fue la primera que los crió en Balmoral, venían a meter sus largos morros en los pliegues de su capote, y luego corrían ante él por la hierba, hacia el bosquecillo de abedules y robles, y volvían, entrecruzando sus pasos como lanzaderas en un telar. Su perro favorito, Imán, era el único en palacio, pero Imán había desaparecido, quizá se hubiese clavado un clavo en una pata, o nadado demasiado lejos en uno de los lagos, y ahora Niki no quería apegarse a un solo perro, de modo que disfrutaba de ellos como manada, sin querer a uno en particular más que a otro. Espaciados a diez metros de distancia entre sí, ante la alta verja de hierro, se encontraban de pie los guardias cosacos, y a lo largo del horizonte, uno de ellos cabalgaba en un enorme caballo, bestia y hombre fundidos en una sola fuerza veloz, encaminándose a los barracones de su regimiento, construido al estilo moscovita que tanto le gustaba a Niki, una imitación de pueblo medieval bautizado como Fiodórovski Gorodk. Niki caminaba solo, delante de mí, sin verme, pero yo le seguía mientras iba avanzando por la hierba, por los claros de los árboles, a lo largo de pequeñas masas de agua que se habían vuelto verdes y negras por el reflejo de esos árboles y sus sombras y la hierba, los muros amarillos y las columnas blancas del palacio Alexánder alzándose como un antiguo templo griego en el otro extremo del largo paseo y el amplio césped. Sus hijos corrían por allí, construían torres de nieve y bajaban con sus trineos en invierno, paseaban en canoas por los lagos y nadaban en los canales en verano, servían té en la isla de los Niños, en la casita de juguete, enterraban a sus animales de compañía en el pequeño cementerio que había al otro lado del puente y marcaban sus tumbas con losas de piedra en forma de pirámides en miniatura. Yo le seguí a través del puente hasta la isla de los Niños, donde subió los pocos escalones hasta el porche de la casa de juguete, que se parecía a las casas de juguete construidas para todos los niños privilegiados rusos desde Pedro el Grande, y donde, con su mano enguantada, barrió las hojas de los asientos de las dos sillas de anea; el viento sopló por encima del agua tranquila e hizo traquetear la pequeña canoa en su pequeño muelle de piedra, y las agujas de pino se movieron en los árboles, que eran dos veces más altos que el tejado. Algunas de las agujas, no sujetas a las ramas, cayeron como una lluvia ligera, y él las quitó de la mesa en la cual se encontraba colocada una vajilla de juguete: tetera, tazas y platos, y luego se volvió hacia mí y levantó un brazo con la palma hacia mí, y dijo que él no era Niki, sino Vova, que había crecido y ya era hombre, y me desperté cuando yo corría por la hierba para ir a besarle la mano.
En Petersburgo, conté a todo el mundo que había dejado a mi hijo en Stavka, con Sergio.
El 1 de enero Niki regresó a la capital y, como me había prometido, empezó a librar la capital de sus enemigos para que la ciudad y el trono fueran seguros para nuestros hijos. El príncipe Dimitri Pavlovich fue exiliado a Persia. El gran duque Nikolasha, que ya estaba en Tiflis, habiendo sido enviado allí tras su destitución como comandante en jefe del ejército para dirigir los regimientos del Cáucaso, recibió la orden de quedarse indefinidamente allí. El príncipe Félix Yusúpov, con su capote gris de soldado y bajo guardia, fue enviado a su propiedad de la provincia de Kurskaya, en la Rusia central. El hermano de Sergio, Nicolás, fue enviado a Grushevka, su propiedad en el campo en Ucrania. A los Vladimírovich se les ordenó salir de Petrogrado, y Miechen, Andrés -que me dedicó un rapidísimo adiós- y finalmente Borís, se fueron al Cáucaso, a Kislovodsk, con la excusa salvadora de que estaban realizando una cura en un balneario, y el palacio Vladímir y la mansión Von Dervis quedaron vacíos de repente. Andrés vino a decirme adiós a la Perspectiva Kronoverski, y yo le bendije con el icono de mi padre de Nuestra Señora de Czestokowa, mientras él se arrodillaba, aunque no se iba a la guerra sino a un lugar que la guerra no había tocado y donde podía estar totalmente seguro; francamente, me alegré de verle partir. Ya no era ninguna diversión para mí, y su traición ponía en peligro a mi hijo… mis ambiciones para mi hijo. Kyril, como comandante de la Marina, recibió la orden de dirigirse a Port Románov, en el Círculo Polar Ártico, muy lejos de la capital, donde quizá, con un poco de suerte, se congelara hasta morir. Después de la guerra, Niki planeaba volver su atención a sus ministros del Consejo de Estado y a los miembros de la cámara inferior de la Duma, para librar ambas de la incompetencia que estaba paralizando el país, pero sentía que reorganizar el Gobierno justo entonces, en medio de una guerra, podía ser desastroso. Primero Rusia debía ganar a Alemania. Y así, con este fin, Niki abruptamente decidió volver durante tres semanas a Stavka, y Alix y sus consejeros no pudieron disuadirle.
Las vacaciones de Navidad y Año Nuevo habían elevado la moral del país, y el tiempo se había encargado del resto, volviéndose tan frío, a quince grados bajo cero, que las calles se habían vaciado de alborotadores. De hecho hacía tanto frío que no se podían enviar suministros ni a la capital ni fuera de ella, porque las tormentas de nieve mantenían los trenes congelados en las vías. Las panaderías se vieron obligadas a dejar de hacer pan porque la harina y el azúcar no se podían transportar desde sus respectivos almacenes y silos, y los ricos pasteles desaparecieron de las tiendas, seguidos por los bizcochos, bollos, tartas y finalmente las humildes hogazas de pan. Las mujeres empezaron a hacer largas colas para obtener lo que hubiese disponible. Había enormes problemas para transportar el carbón, también, y las vallas de madera que quedaban en Peter empezaron a desvanecerse porque la gente las iba arrancando para quemarlas en sus estufas. Pero siguiendo las órdenes del zar, cuatro camiones consiguieron descargar carbón en mi mansión de Petrogrado, y aquella imagen llamó tanto la atención que se congregó una multitud, a pesar de la temperatura, solo para verla. Como he dicho, mi barrio estaba lejos de las fábricas que albergaban a los huelguistas, y mi casa también estaba bastante alejada de los alojamientos donde estos vivían, de modo que aquella multitud pertenecía a la nobleza, pero no por eso era menos hostil. Los hombres golpeaban entre sí las manos enguantadas, con los gorros de piel bien encasquetados, y hacían comentarios. Yo abrí la puerta del balcón de Vova, solo una rendija. Daba a la perspectiva Kronoverski, y oí al embajador francés Maurice Paleologue, un metomentodo que llevaba un diario de acontecimientos extenso pero ridículamente banal (los nombramientos ministeriales del zar estaban consignados junto al abrigo de chinchilla y el vestido de tafetán gris que llevaba la bella esposa reciente del hermano de Niki. Hablaba incluso de sus «soberbias perlas»). Sí, Paleologue declamaba, altisonante: «Parece que "nosotros" no reclamamos la atención de las autoridades imperiales igual que Madame Kschessinska». Ante lo cual yo pensé: «Por supuesto que no, fumisterie. ¡Tú no eres la madre del zarevich!». Pero no dije nada y cerré la puerta, porque sonaba el teléfono, mi llamada semanal de Vova.