Mientras pasaba todo esto, Sergio permanecía en Stavka siguiendo el consejo de su hermano Nicolás, que temía por su seguridad. No había revolucionarios allí, en el cuartel general, entre los generales del antiguo régimen. Cualquier disturbio entre los militares estaba teniendo lugar entre la infantería acuartelada en las ciudades y en los frentes. En las cartas que me enviaba, Sergio me daba noticias de la guerra. En los frentes, los soldados estaban cansados y se negaban a luchar, y aunque el nuevo comandante supremo, Brusílov, hizo una gira animándoles a reagruparse para preparar una nueva ofensiva, se encontró con hombres a quienes no les importaba nada Galitzia ni Francia, y que solo querían volver a casa. Los hombres querían la paz con tanta desesperación que habrían devuelto al zar a su trono si este se la hubiese prometido. En el frente del este, los hombres incluso habían empezado a confraternizar con los alemanes, que atraían a los rusos por encima del Dniéster con vodka y prostitutas. Solo en el sudoeste, lejos de las grandes ciudades, los soldados seguían todavía disciplinados. Pero cuando empezó la ofensiva ordenada por los comandantes en junio, los hombres avanzaron solo tres kilómetros hacia Galitzia para retomar todo el terreno que habían perdido en la Gran Retirada antes de negarse a ir más allá y empezaron a desertar, saqueando y violando a lo largo de todo el camino en Volschinsk, Konivjy y Lvov. Sergio temía que aquellos soldados descontentos y sus iguales finalmente se abrieran camino hasta Peter y se reunieran con los varios miles de tropas acuarteladas en el lado de Víborg de la ciudad, tropas que habían ayudado a hacer la Revolución ya desde un principio y que podían derrocar también al tambaleante gobierno provisional. Los miembros de la Duma estaban enfrentados con los kadets del Partido Democrático Constitucional, los revolucionarios socialistas, los anarquistas y los socialdemócratas, cuyo grupo escindido de bolcheviques había empezado a agitar y armar a los guardias rojos, las brigadas de trabajadores que habían surgido no solo para proteger las fábricas de Víborg que estaban tan cerca de los regimientos de Víborg, sino la Revolución misma contra una imaginaria contrarrevolución. Y mientras el gobierno provisional trabajaba los detalles del Parlamento perfecto que sería elegido en otoño, los bolcheviques empezaron a susurrar por las calles: «El gobierno provisional mismo se ha convertido en una marioneta de los contrarrevolucionarios que planean reinstaurar al zar».
Exhausto y abrumado, el primer ministro de la Duma, el príncipe Lvov, dimitió y fue sustituido por un hombre nuevo, aquel Alexánder Kérenski que había ayudado a asegurar la abdicación del gran duque Miguel. Kérenski había servido en la Duma como ministro de Justicia y ministro de la Guerra y ahora parecía, en un juego de las sillas musicales ministerial que rivalizaba con los nombramientos de Alix, que sería instalado como primer ministro a cargo del país. Los rumores aseguraban que Kérenski se había trasladado al Palacio de Invierno, a la propia suite de Alejandro III, a su mismísima cama, y cuando no podía dormir, iba andando por toda aquella enorme habitación cantando arias de ópera, tan borracho estaba con su nuevo poder. En una ocasión quiso ser actor. Sus discursos eran tan apasionados que a veces se desmayaba después de pronunciarlos, y de niño había firmado notas para sus padres diciendo: «Del futuro artista de los Teatros Imperiales, A. Kérenski». Si sus guardias hubiesen sido menos ignorantes, todo Peter habría sabido ya qué arias cantaba Kérenski, y de qué óperas eran. Ese Kérenski, dijo Sergio, había hablado de trasladar a la familia imperial a Inglaterra o Finlandia para su seguridad, donde vivirían, quizá de forma permanente; si eso ocurría, nosotros también pediríamos permiso a Kérenski para irnos al extranjero. Los Románov en la campiña inglesa, cazando faisanes y bebiendo té en alguna casa dada en usufructo, cuando en tiempos habían gobernado sobre una sexta parte del mundo. En ese caso, Vova ya no sería de ninguna utilidad para ellos, ni yo tampoco. De modo que las cartas de Sergio no eran demasiado consuelo para mí, ni tampoco las de Andrés. El me enviaba cartas al teatro, que mi compañero Vladimírov me traía como si fuera una especie de cartero posrevolucionario. Andrés describía la enorme villa blanca que su madre había alquilado para ellos, custodiados por una docena de cosacos, las cenas, los tés y los juegos de cartas de los que disfrutaban con los Sheremétiev y los Vrontzov, que también habían dejado Peter por el Cáucaso, y cuando yo leía aquellas alegres cartas, pensaba: «¿Qué extraño mundo de espejo ha encontrado esta gente en el mar Negro, donde la Revolución parece no penetrar el azogue de ese plano?».
No había tés ni cenas para mí. Allí donde vivía yo era un estorbo, y para las personas con las que vivía representaba un peligro. Habían hecho una película pornográfica sobre mí que me representaba recibiendo a un gran duque tras otro, o incluso dos a la vez, en la fantasía de algún cineasta revolucionario de lo que era el tocador de una amante: La historia secreta de la bailarina Kschessinska. Me convertí en tema de muchos artículos nuevos, sobre las joyas y la plata robadas de mi casa: «Dieciséis poods de plata del palacio de la Kschessinska»; sobre los sobornos de guerra: «Espionaje y la bailarina»; sobre mi antigua relación con Nicolás: «Secretos de M.F. Kschessinska». Pero lo más espantoso de todo fue la novela, El romance del zarevich, de María Eugeníeva, que contaba que la historia de mi aventura con Nicolás había tenido como resultado el nacimiento de dos hijos, ya mayores, ambos enviados a París después de la Revolución de Febrero. Ojalá fuese verdad. Pero no, mi único hijo no estaba en París, sino que estaba aquí, justo a las afueras de la ciudad, justo bajo sus propias narices, enviando sus cartas a Sergio, un gran duque Románov del antiguo régimen… y por tanto, en peligro. «Estoy bien. Estamos plantando un huerto. Alexéi y yo pasamos películas en su habitación. Te beso las manos. Vladímir.» Mis relaciones con la corte, que en tiempos me convertían en alguien valioso a quien conocer, ahora me convertían en un peligro. En Vladimírov escondí mi bolsito con las joyas en el fondo de una maceta con su planta. La fotografía firmada del zar la había metido entre las páginas de una revista en casa de Yúriev, temiendo decirle a Yúriev lo que había hecho por miedo a comprometerle, y más tarde descubrí que él, sin saberlo, tiró aquella revista. Escondí el paquete de las cartas del zar en casa de otra amiga para salvarlas, pero ella fue arrestada, su hogar registrado una y otra vez hasta que finalmente ella, aterrorizada, quemó todas las cartas y las redujo a cenizas. «Perdóname, divina criatura, por haber alterado tu descanso», junto con todas las otras encantadoras frases que Niki había robado de los clásicos o imaginado para mí con su propia inspiración, todo había desaparecido. Hasta la más humilde de las criadas de las hijas de Niki, Elizaveta Nikoláievna Evesberg, se sintió obligada a quemar las notitas que las chicas habían dejado para ella y que había conservado como recuerdo: «Elizaveta, me puedes coser este botón, gracias, Tatiana», porque era demasiado peligroso haber sido hasta la «sirvienta explotada» del Palacio de Invierno, demasiado peligroso conocer a cualquiera que conociera a algún Románov. Y yo, por supuesto, conocía a muchos de ellos, y había alardeado de esas relaciones.