– ¿Adónde los llevan? -le pregunté a Sergio.
Meneó la cabeza.
– Solo les han dicho que cojan ropa de abrigo.
¿Ropa de abrigo? La madre de Niki, sus hermanos, primos, todos estaban ahora en el sur, en el Cáucaso y Crimea. Niki no necesitaría ropa abrigada allí.
– Pero si van al sur, al palacio de Livadia -dije.
– Hay demasiados disturbios por ese camino -me explicó Sergio-. La estepa está vacía. Probablemente los lleven al este. -Al ver mi cara, dijo-: Kérenski ha prometido que la familia volverá en otoño, una vez se haya reunido la asamblea constituyente, y Niki será libre de ir adonde quiera.
Miré a Iósif, que negaba con la cabeza, y luego a Sergio. Cogí el cuaderno que llevaba en la mano y se lo entregué.
– Mira, mira esto.
Sergio lo abrió por la página donde decía: «Contemplamos plenamente la guerra civil, la guerra declarada por la clase oprimida contra la clase opresora, esclavos contra propietarios de esclavos, siervos contra terratenientes y trabajadores contra burgueses, como algo legítimo, progresivo y necesario». Sergio leyó aquellas líneas y luego arrancó aquella página del cuaderno, arrugó el papel en la mano y lo tiró al suelo. Yo señalé la bola de papel.
– Quieren una guerra civil.
Él sonrió.
– ¿Y dónde está el que ha escrito esto? Expulsado de tu casa tan deprisa que ni siquiera tuvo tiempo de llevarse con él su gran discurso.
Pero el caso es que había estado en mi casa. En 1905 no había llegado tan lejos. En 1918 podía estar escribiendo en papel oficial, en lugar de escribir en libretas escolares, emitiendo sus propios ucases desde el escritorio del zar en el Palacio de Invierno, donde estaba ahora Kérenski. Pensé: «Los Románov no podéis imaginaros una Rusia sin vosotros». Mientras los Románov que quedaban en Peter soñaban, en Siberia, con los enjambres de mosquitos en verano y el frío tan extremo en invierno que solo las pieles de reno podían ayudar a un hombre a soportarlo, Niki y su familia se encogerían hasta convertirse en unas figuras tan diminutas en el horizonte que finalmente ni siquiera se las podría ver, el «antiguo zar», con sus «antiguos hijos». En el entorno de Siberia sus guardias, borrachos de vodka y lejos de la razón moderadora de Kérenski, podían volverse muy hoscos por el aburrimiento de sus puestos ignominiosos, y nadie de la capital ni de la antigua corte, ningún Vladimírovich, ni Mijaílovich, ni Alexándrovich oiría llorar a la familia real si sufrían. ¿Y cómo oiría yo llorar a mi hijo si se lo llevaban más allá de los Urales, atravesando miles de kilómetros de estepa vacía, a cualquier pequeña ciudad donde Kérenski considerase adecuado esconder a la familia? Ya veía los ríos Tura y Tobol, las incontables verstas, una pradera en esta estación pero una placa de hielo muy pronto. Y por tanto le dije a Sergio:
– Llévame a Tsarskoye. Vova no puede irse con ellos a Siberia.
A mitad de camino de la estación Alexándrovski, junto a Tsarskoye Seló, nuestro tren, que había abandonado la estación Varsovia en Petersburgo a las ocho, con muchísimo tiempo para llegar a Tsarskoye antes de medianoche, inexplicablemente se detuvo en medio de la nada. Todos los trenes a Tsarskoye se habían detenido temporalmente, dijo nuestro conductor. Esperaríamos. Una hora se convirtió en dos, antes de que Sergio y yo nos diésemos cuenta de que nuestro tren estaba retenido a propósito: el secreto de la partida del zar, el gran secreto de Kérenski, ya no era ningún secreto, y los trabajadores de ferrocarril radicalizados a lo largo de la línea de Varsovia, al oír los rumores, suspicaces, debieron de decidir negarse a permitir que llegase cualquier tren a Tsarskoye, sin duda para mantener apartados a todos los amigos de los Románov hasta que partiese el tren elegido para llevarse a la familia. Y al darme cuenta de esto, empecé a tirar de la manga de la guerrera de Sergio.
Bajamos desde la parte trasera del último vagón hasta la gran llanura en la cual se encontraba Petersburgo. Esas verstas entre la capital y Tsarskoye eran una pequeña colección de pueblos y fincas rústicas antes de llegar a Krasnoye Seló y al propio Tsarskoye. Era lo bastante tarde, incluso en el verano ruso, para que estuviese oscuro, y Sergio dirigía la marcha cuando empezamos a caminar hacia el pueblo por el que acabábamos de pasar. Las ropas campesinas que nos había conseguido mi hermano (un abrigo ligero y un pañuelo para mí; un gorro blando, una blusa ancha y unos pantalones sueltos para Sergio) conseguirían, o eso esperaba al menos, que pareciésemos de esas personas que van a pie. Sergio iba cojeando delante de mí; su artritis, que le había hinchado los nudillos, también le había inflamado las articulaciones, de modo que se movía con cuidado, con la espalda encorvada. Al ir siguiendo las vías entre un espeso bosque de abetos, yo iba tropezando. Mi gracia y mi equilibrio no servían para nada en aquel suelo plagado de raíces y agujeros. Al final encontramos una carretera de tierra con hondos surcos, y Sergio dijo que el pueblo estaba allí cerca y que debíamos apresurarnos. Cada pocos minutos yo interpelaba a Sergio para que mirase la hora, y él consultaba su reloj, que llevaba en su bolsa de cuero: las 10.30, las 10.42, las 10.56… Finalmente me dijo: «Mala, no me preguntes más». Eran las 11.04 cuando apareció un campesino que llevaba un caballo y una carreta de madera. Sergio se adelantó cojeando para darle el alto y yo contemplé sus gestos. Los brazos de Sergio se movían; el campesino, sin gorra pero tocado con el típico corte de pelo tipo tazón, meneaba la cabeza, agitando el flequillo y haciendo gestos hacia la parte trasera abierta de su carro. ¿Se ofrecía a llevarnos, acaso? Sergio sacó su bolsa. Había oído que cuando Niki salía a caballo por aquellas carreteras del campo, cada tarde a las dos, se paraba y hablaba con los campesinos que pasaban, y que sabiendo que tenía esa costumbre, los campesinos de ese distrito y de más allá se alineaban a ambos lados de la carretera para suplicar un favor al zar o para entregarle una petición, sabiendo que a Nicolás le gustaba cumplir todas aquellas peticiones. A su padrecito zar le gustaban los suplicantes, le gustaba otorgar favores. Yo me acerqué un poco más. Sergio estaba colocando un montón de rublos en las callosas manos de aquel campesino. El hombre llevaba una blusa y unos pantalones casi idénticos a los que le había dado mi hermano a Sergio, pero estaban demasiado sucios para que los llevase alguien que simplemente interpretaba un papel. Tendríamos que haber pegado a la cara de Sergio una desgreñada barba de crin de caballo del trastero del Mariinski. Hasta el padre Gapón, escondido en Petersburgo después del desastre del Domingo Sangriento, se las ingenió para cortarse el pelo, afeitarse la barba y pintarse la cara con maquillaje teatral para evitar ser descubierto y arrestado. Nosotros no habíamos tenido tiempo de crear la verosimilitud, aunque eso importaría más tarde; por ahora, los rublos de Sergio eran lo bastante reales. El viejo campesino bajó al suelo y Sergio me hizo el gesto de que me acercase. Mientras me ayudaba a subir al pescante del conductor, el carretero permaneció inmóvil, mirando sin ver la pequeña fortuna que tenía entre sus manos. Seguramente el mundo se había vuelto loco, cuando a uno le caían esas enormes sumas de dinero por una carreta medio podrida y un caballo derrengado. ¿Era aquel el nuevo orden de las cosas?