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Sergio lanzó un grito y agitó las riendas para que el bamboleante caballo se diera la vuelta, tras alguna vacilación, y salió hacia delante, luchando para poner en movimiento las enormes ruedas de la carreta de madera una vez más. Sergio lanzó una maldición y se inclinó hacia delante y golpeó con fuerza la grupa del caballo. El animal resopló, y su escroto se fue balanceando a cada pesado paso que daba. Por lo torcidas que tenía las patas y lo que sobresalían sus costillas me di cuenta de que avanzaríamos muy lentos todo el camino hasta la estación Alexándrovski. Me volví para preguntarle al campesino si tenía otro caballo más rápido, pero el hombre no estaba, había desaparecido en el bosque que nos rodeaba con su recién conseguida riqueza antes de que cambiásemos de opinión y le registrásemos los bolsillos. Respiré con fuerza. No llegaríamos antes de medianoche. Tendríamos mucha suerte si llegábamos antes de que saliera el sol. Pero Sergio y yo no nos dijimos nada el uno al otro, nada en voz alta. Seguiríamos adelante, porque no había ningún otro sitio adonde ir.

Cuando llegamos a Alexándrovski el cielo había cambiado del color ébano al magenta y luego a ese verde marmóreo que precede al amanecer. La familia había abordado un tren con destino al abismo de Siberia más de cinco horas antes. La caseta de la estación resplandecía en aquella casi luz, el edificio amarillo y blanco como un trozo del pastel amarillo y blanco del palacio Alexánder, ahora vacío. Con las manos, codos y rodillas yo bajé de un salto de la carreta, y Sergio tuvo que esforzarse para seguirme. Yo me dirigí a buen ritmo a las grandes puertas de la estación, dos veces más altas que un hombre, y desde allí a las vías, al otro lado. Detrás de mí, Sergio me gritaba que Vova estaría bien, que él ya se enteraría de adónde habían enviado a la familia, que podríamos traerle de vuelta, pero el terror me había dejado sorda. Andaba por el pequeño andén entre las dos vías para husmear el rastro de mi niño, dispuesta a tumbarme en las vías vacías que le habían apartado de mí. Pero, para mi asombro, el andén estaba repleto de gente.

En las vías esperaba un largo tren gris que ondeaba la bandera japonesa. Pero no era japonés, sino un convoy corriente de pasajeros que llevaba un cartel donde ponía: MISIÓN DE LA CRUZ ROJA, aunque no iba precisamente en misión de caridad. Su disfraz era mucho peor que el nuestro. Apelotonado en el andén se encontraba medio regimiento de soldados rusos con sus guerreras con botones de latón, los rifles colgados del hombro, dando largas caladas a sus cigarrillos. Los uniformes parecían nuevos, como si los hubieran confeccionado para aquella misión en particular. Sergio me puso una mano en el hombro y me hizo retroceder hasta una de las altas ventanas con muchos cristales de la estación; mientras mirábamos desde aquel hueco, un oficial con la frente despejada y bigotito salió del tren y bajó al andén para hablar con los soldados.

– Es el coronel Kobilinski -me dijo Sergio, bajito-. Es un héroe de guerra, destinado a Tsarskoye para vigilar a la familia.

Aunque no alcancé a oír lo que les decía Kobilinski a los hombres, estaba claro por su postura y por las actitudes relajadas de los soldados que la partida del tren no era inminente. De hecho, no había ni el menor asomo de tensión. La familia imperial no debía de encontrarse a bordo. Quizá ni siquiera hubiese abandonado aún el palacio. Me volví a Sergio con aire interrogante, y él me dijo:

– Si Kobilkinsky sigue aquí, es que aún no se han ido.

Por algún maravilloso milagro, la familia debía de estar todavía en Tsarskoye. Luego me enteraría de que no había sido ningún milagro. Los mismos trabajadores del ferrocarril revolucionarios que habían detenido todos los trenes se habían negado a cambiar de vía y acoplar aquel, sospechando que querían sacar subrepticiamente al zar del país, un hecho que estaban decididos a evitar: el zar era prisionero de los revolucionarios, tenía que someterse a juicio, no acabaría pasando la vida en un cómodo exilio. Le había costado a Kérenski hacer muchas llamadas a las estaciones, gritando ante el receptor con su voz retumbante y excitable, hasta convencer n aquellos hombres, que habían adquirido el nuevo hábito de cuestionar toda autoridad y no respetar ninguna.

– Tenemos que irnos -me dijo Sergio, bajito.

Las calles de la ciudad de Tsarskoye estaban tranquilas. En nuestro carro pasamos junto a las vías de ferrocarril, los almacenes y los mataderos, la catedral, la comisaría de policía, la oficina de correos, todos los edificios municipales que hacían que la pequeña ciudad se moviese con tanta eficiencia como cuando el zar todavía era zar. Sergio conocía muy bien aquellas calles: Malaya, Kolpínskaya, Stredníaya, Sadoivaya, Dvortsóvaya… -ya que había viajado por todas ellas en su Rolls-Royce en días más felices, siguiendo al zar con el resto de la corte- y todas por las que íbamos yacían como un delantal bien planchado, con las ataduras limpiamente colocadas frente al enorme complejo de Tsarskoye Seló, el pueblo del zar. Las imponentes mansiones de la antigua corte formaban un silencioso regimiento de honor, formado a nuestro paso. Yo rogué que no nos encontrásemos con la familia y su séquito corriendo como un bólido en dirección contraria a la nuestra con sus coches, hacia la estación de ferrocarril. Antes de que hubiese podido levantar la mano o gritar un nombre ellos se habrían ido, y se llevarían a Vova de mi lado otra vez, como en una broma cruel.

Sergio empezó a tramar en voz alta un plan para rescatar a Vova, coreografiando entradas veloces, fintas, maniobras de flanqueo, pero igual que todos los planes de combate de Rusia, los suyos fiaban más en la fantasía que en la realidad. Sobrestimaban nuestras fuerzas, y subestimaban de una manera fatal las del enemigo. Finalmente le hice callar.

– Somos dos. ¿Te das cuenta de lo que dices?

Sergio empezó a protestar y acabó por quedar silencioso.

Las ruedas de la carreta gemían y sonaban como si se fueran a partir.

– Escúchame -le rogué-, si hubiese cincuenta soldados en la estación, habrá cien más en Tsarskoye que no sienten ningún cariño por los Románov. Si te ven, te reconocerán y creerán que formas parte de una conspiración para salvar al zar. Te podrían arrestar, o incluso dispararte.

O, y eso no lo dije, podían lincharle en el acto, rabiosos todavía por la escasez de munición en la guerra en la que habían servido; el linchamiento se había convertido en una práctica demasiado común en Peter. Se habría linchado a diez mil personas solo hasta finales de aquel año. Una multitud capturaba a un ladrón y le cortaban las manos, cogían a un asesino y lo arrojaban al Neva y le disparaban cuando intentaba salir, agarraban a un burzhooi y lo colgaban por los pies de un árbol para torturarlo mejor.

Vi que Sergio miraba fijamente al frente, con la mandíbula tensa.

– Esos hombres no han asistido al ballet en su vida. Para ellos no seré más que una vieja cualquiera. Quizá no se fijen en una vieja.

La verja negra de hierro forjado que rodeaba el Pueblo del Zar se alzó repentinamente ante nosotros, y Sergio paró el carro en la Dvortsovaya, no lejos del inicio de la corta avenida que conducía hacia las puertas del palacio. Oía el rumor de las hojas de los árboles muy por encima de mí, como manos que barajaran cartas, y ese viento también me traía el suave aroma de las lilas plantadas por media docena de emperatrices en el transcurso de dos siglos. La última vez que estuve allí era invierno y los copos de nieve flotaban en espiral como insectos de hielo en torno a las farolas muy altas, a ambos lados de las puertas del palacio. Yo dejé a mi hijo en Tsarskoye en marzo, pero ahora, en agosto, no podía dejarlo de ninguna manera.

Hasta aquel momento mi mente se había representado el peor destino imaginable para Vova una y otra vez, como si fuera un disco de gramófono rayado, pero la aguja se acababa de levantar y la inseguridad llenaba el vacío. Habría guardias en la puerta. ¿Qué podía decirles para convencerlos de que dejasen libre a un miembro del séquito del zar? ¿Y si Niki no tenía intención alguna de dejarle ir? Empezó a formarse en mí una idea, que en sí misma era tan estúpidamente sencilla como complicados eran los planes de batalla de Sergéi: me limitaría a pedir permiso para despedirme de mi hijo. Seguramente le concederían eso a una anciana. Pero a partir de ahí, ¿qué? No importaba. Lo único que tenía que hacer era entrar. El final vendría solo. Yo solo tenía que inventar el principio, y el principio se encontraba delante de mí. Ante el cielo rosado, detrás de los abedules que se alineaban a ambos lados de la carretera, veía la parte superior del palacio amarillo y blanco.