Entonces se oyó el sonido de unos cascos apagados sobre la hierba, y una figura negra, luego cinco y luego otras cinco cargaron por encima de una elevación pequeña. Los cosacos de Niki llevaban sus monturas hacia el patio desde sus barracones en el Fiódorovski Gorodok. Conté veinticinco cosacos en total. ¿Venían a salvar al zar? Tenían un aspecto temible, con sus bigotes encerados acuchillando sus mejillas, largas casacas rojas adornadas con plata, los altos y negros papaji que daban a los cosacos, ya bastante altos sobre sus caballos, una altura aún mayor. Al cabo de un momento sacarían sus sables curvados -en cada hoja grabado el monograma dorado H II, en cada hoja el águila de doble cabeza- de sus vainas de cuero, y chillando los elevarían por encima de la cabeza para bajarlos sobre la cabeza de aquellos soldados insolentes.
Pero no ocurrió nada de todo aquello. Ni remotamente. Los soldados, en lugar de aprestarse a defenderse de la horda que se acercaba, apenas levantaron la vista. Y los cosacos fueron deteniendo sus caballos hasta dejarlos al paso, con los klychs todavía enfundados, y fueron tomando posiciones a lo largo de la curva del camino. Estaban al servicio de la Duma. Durante trescientos años, los feroces cosacos habían jurado devoción completa al zar, y todos prometieron proteger al zar y su familia «hasta el último minuto de mi vida». Todos los hombres entregaban veinte años de su vida al servicio militar, y no importaba lo asediado, lo desesperado que estuviese un zar: siempre podía contar con sus cosacos. Jinetes expertos, magistrales espadachines, tiradores excepcionales, eran el puño poderoso del emperador. Fueron los enemigos más temibles a los que se enfrentó Napoleón; fueron los hombres que ataron las corbatas de soga de Stolypin en torno al cuello de los revolucionarios y que, junto con el ejército, aplastaron las rebeliones campesinas de 1905. Estos cosacos habían amado a su zar, y el zar había amado a sus cosacos, llevado su casaca, practicado el mandoble por encima de la cabeza, su golpe mortal, el klych. Hasta Alexéi poseía un uniforme de cosaco en miniatura. Pero los cosacos de Niki, que ya no eran suyos, ayudarían a escoltar a su amo hacia el olvido.
Dos Rolls-Royce corrieron junto a la fila de jinetes y reconocí el primero como el del propio zar; mientras pasaba, vi a Kérenski sentado en su interior. Yo conocía su cara, con la bulbosa nariz y el pelo como un matorral, aunque nunca le había visto en persona, solo en las fotos que había repartido por todas partes, como para decirle al pueblo, como habían hecho en tiempos los zares: «Conocedme, queredme». Salió del Rolls (¿el nuevo líder llegaba para dispensar a su predecesor un educado adiós?) y luego salió otro hombre. Le reconocí también: era el hermano del zar, Miguel. El gran duque debía de estar allí para despedirse, y Kérenski actuaría como testigo, a menos que Miguel se fuera con la familia. Pero ¿por qué iba a irse con ellos? Había sido zar solo durante tres días, y Kérenski, según decían, estaba tan encantado con el abortado mandato del gran duque que había llamado «patriota» a Miguel. ¡Qué atrevimiento! Otro hombre los siguió por las escaleras hacia el palacio. Era el oficial de la estación, el coronel Kobilinski.
Miguel entró en el palacio, pero Kobilinski se quedó en los escalones para supervisar a sus soldados, que le miraron pero no se pusieron firmes ni saludaron. Él hizo un gesto adusto. Ocho soldados finalmente se movieron y subieron a los camiones para arrancar los motores. Los cambios de marchas protestaron cuando los conductores empezaron a pelearse con la transmisión, y luego, después de unos cuantos intentos fallidos, se dirigieron hacia las puertas, y los sirvientes se agarraron unos a otros sentados en sus bancos, las cajas traqueteantes. La evacuación había empezado.
Miguel volvió a salir con Kérenski, con la cabeza gacha, la mano encima de los ojos… ¿Qué ocultaba, sus lágrimas? ¿El alivio ante el destino que evitaba para sí, con su acto de «patriotismo», el destino al que se enfrentaba ahora su hermano, el zar? Kobilinski estrechó la mano de Kérenski y la de Miguel, y cerró la portezuela del coche tras ellos; el vehículo describió un lento círculo, encaró la avenida y se fue.
Kobilinski esperó hasta que las puertas se cerraron de nuevo e hizo señas a los soldados de que formasen un cordón en torno a los pocos coches que quedaban. Los soldados, de mala gana, formaron un semicírculo asimétrico en torno al perímetro y dos hileras desiguales desde el último escalón hasta los coches. Varios de los cosacos intercambiaron miradas ante aquella formación tan desaliñada, y yo comprendí que, desaliñada o no, aquella era la guardia de honor por entre la cual debía pasar la familia imperial, y que debía dirigirme al interior el palacio, rápidamente, ya, y solicitar despedirme en privado de Vova antes de que se llenaran aquellos coches. Me alejé del árbol y me dirigí hacia el palacio. Pero había esperado demasiado.
Procedentes del salón circular del palacio Alexánder y bajando las escaleras de piedra aparecieron la hijas de Niki, flanqueadas por el coronel Kobilinski. Las chicas llevaban todas sombreros de paja negra de ala ancha y supuse que pelucas, porque el pelo que les habían afeitado en marzo no les podía haber crecido tanto, y con sus camisas blancas y sus faldas largas de tweed parecían bastante adultas, aunque, claro, debían de serlo ya. La mayor, Olga, tendría ya casi veintidós años, la misma edad que tenía yo cuando Niki dejó mi corazón hecho trizas para casarse con Alix. ¿Era posible que yo hubiese vivido tantos años? Una de las niñas llevaba un perrito faldero, y cuando el animal se soltó de sus brazos y quiso echar a correr, un soldado le dio una patada, el muy mujik, y el perrito volvió a correr hacia ella, ladrando. El coronel Kobilinski miró al soldado ofensor, pero no dijo nada.
El coronel hizo entrar a Olga Nikoláievna en el primer coche abierto, y las otras tres chicas, junto con una mujer que debía de ser la condesa Hendrikov -la única mujer de la corte que iba a hacer el viaje en aquella ocasión-, en el segundo. Entonces llegaron los chicos, los dos, altos y delgados, con sus cuerpos adolescentes, el pelo corto con el mismo estilo poco favorecedor, con un flequillo corto en la frente. Vova. El hombre que los custodiaba desde la casa no parecía ser un soldado revolucionario, sino una especie de ayuda de cámara con traje de marinero, uno de los niñeros, el dyadi Nagorni, o Derevenko, aunque los chicos ya eran demasiado mayores para tener niñeros y más bien necesitaban ordenanzas o ayudas de cámara. Vova estaba muy mayor, muy alto. Los dos habían celebrado su cumpleaños en cautividad. Los quince años de Vova quedaron marcados, según le escribió a Sergio, por un pastel salpicado de pétalos de lila, y los trece de Alexéi por una procesión especial de clérigos de Nuestra Señora de Znamení, que le llevaron un icono sagrado que incluso los soldados revolucionarios se habían sentido impulsados a besar. De modo que había algunos elementos del viejo mundo que todavía respetaban. Vova iba andando muy cerca de Alexéi, probablemente los dos serían ya inseparables, mientras iban desplazándose rápidamente entre las dos filas de soldados que los miraban abiertamente. Si yo me abría paso entre aquellas dos filas podría coger a mi hijo entre mis brazos, pero sabía que nuestro abrazo sería roto con violencia, de modo que me quedé quieta. Ahora no, pero entonces, ¿cuándo?