Luego apareció Herder, guapo, atlético, distinguido, seguro de sí mismo, obsequioso, encantador, simpático: un crisol de todas las virtudes masculinas. Se habían conocido en una conferencia en la universidad de él. Victoria le había echado el ojo encima nada más entrar en el salón de actos, y cuando él se acercó a presentarse en la pausa para el café no tuvo ninguna duda de que iba a convertirse en su próximo entretenimiento. Pero las cosas no fueron como ella esperaba. En lugar de un amante apasionado se encontró con un caballero a la antigua usanza que le enviaba flores al trabajo y quería presentarle a su familia. Después de un par de meses de citas idílicas, cenas a la luz de las velas y un caudal de regalos románticos que iban de las rosas rojas a una docena de galletas decoradas con su nombre, Herder le propuso mudarse a su apartamento de la calle 72. Victoria estuvo a punto de darle largas, pero entonces recordó las vistas al parque, la fuente de la terraza y el portero con librea del vestíbulo, y se dijo ¿por qué no? Unos meses más tarde, Herder apareció con el anillo. A ella no se le ocurrió una forma mejor de pasar los próximos cincuenta años. Para entonces, hacía mucho tiempo que ni siquiera recordaba a Santiago Lema. Herder van Halen lo había borrado todo. Quizá sólo por eso, y a pesar de todo, ya había merecido la pena que se cruzara en su camino.
– ¡Victoria!
La propia Marga le abrió la puerta. No parecía haber nadie más en la casa, que flotaba en un silencio opresivo. Aquella paz ingrata, aquella ausencia de ruido, subrayaba definitivamente la ausencia de Jan, y Victoria la recibió con unas acuciantes ganas de huir.
– ¿Estás sola?
Muy mal. Esa frase no se le dice a una viuda reciente. De hecho, mejor no se le dice a nadie. Victoria abominó de su propia torpeza.
– Sí. Les… les he pedido a todos que se fueran. Tengo que empezar a acostumbrarme, ¿no?
Las lágrimas se le subieron a los ojos. Victoria le dio un abrazo breve y la empujó suavemente hacia el salón.
– Anda, vamos. No hemos tenido mucho tiempo de hablar…
– Claro. Me… me alegro de verte. No estaba segura de que estuvieses aún en Madrid. No sé ni lo que dijiste el otro día, pero me pareció entender que se trataba de un viaje relámpago.
En aquel momento se dio cuenta de que debería haber preparado mejor aquella escena. Qué error, qué gran error presentarse así en la casa de Marga sin llevar en la cabeza toda una batería de explicaciones que justificasen su permanencia en España. ¿Qué iba a decirle ahora? Pero ¿cómo podía ser tan estúpida? «Ay, Jan, buena la has hecho confiando en mí… ¡Y tú que pensabas que tu amiga era muy lista!»
– ¿Dónde está Herder?
«Bueno, pues nada, de cabeza a la piscina.»
– Se ha marchado hace tres horas.
– ¿A Nueva York?
«No. A las Bahamas, a pasar el resto del verano. Pero mira que es tonta esta pobre chica.» -Aja.
– ¿Y tú?
– Me quedo. Unos días. Para… para haceros compañía a Solange y a ti.
Marga enarcó las cejas. «Cuidado, Vic: no es tan estúpida.» ¿Hacerle compañía a ella cuando Jan acababa de morir? ¿Dejar partir solo a su marido para entretener a una persona que tampoco era lo que se dice su amiga del alma? Menudo desastre. Iba ya a calificar de fracaso total la primera parte de su misión cuando se le encendió una lucecita.
– No es sólo por eso… se trata de Herder.
– ¿Qué le pasa?
– Las cosas no marchan entre nosotros. Necesitamos algo de tiempo… Por eso he decidido quedarme en Madrid. Nos vendrá bien pasar unos días separados, y, por otro lado, me gustaría ayudarte un poco con Solange.
«Bueno, esto está mejor.» Una buena mentira es aquella que se parece mucho a la verdad, y no había nada falso en lo que acababa de decir a Marga.
– Pero Herder y tú… No sé, hacéis tan buena pareja…
«Ya estamos con la tontería de las parejas buenas y malas. La vida, querida Marga, no es una alfombra roja donde lo que de verdad importa es que dos personas que caminan juntas entre los flashes formen un conjunto ideal.»
– Ya, ya, pero… Bueno, las cosas no son tan fáciles… Y ahora, con todo lo de su campaña, Herder está muy susceptible.
Mentira cochina. Si alguna ventaja tenía el ingreso en política de Herder es que le quedaba más bien poco tiempo para meterle a ella el dedo en el ojo.
– En fin, que me vendrán bien unos días lejos de él, y qué mejor sitio que Madrid para… para reflexionar.
Marga la miró con simpatía antes de tomarla de la mano.
– Si eso es lo que has decidido, adelante. Espero que todo se arregle. Dicen que la primera crisis de pareja llega a los siete años. ¿Cuánto tiempo lleváis juntos Herder y tú?
«Por favor. La puñetera teoría de los siete años…»
– Pues… no sé, seis y medio, más o menos. Pero, con un poco de suerte, arreglaremos las cosas. -Forzó una sonrisa.
– ¿Dónde vas a quedarte?
Mierda. Ni siquiera había pensado en eso…
– En el hotel, supongo.
– Pero eso es un disparate… Quiero decir que te va a costar una fortuna. -Se le iluminó la cara-. Oye, ¿por qué no te instalas aquí? Hay habitaciones libres, no tengo que decirte lo grande que es la casa.
– Oh, no, de ninguna manera. -«Ni muerta, vamos. En la casa de Jan, sin estar Jan, con Marga echando el moco por las esquinas y Solange peleándose con ella.»
– ¡Marga!
La voz cantarína de Solange tocada por un deje de aspereza, que Victoria intuyó era el que usaba hacía tiempo para dirigirse a su madrastra.
– ¡Sol, querida! Está aquí tu tía Victoria.
Solange entró como una centella y la abrazó.
– ¡Tía Vi! ¡Pensé que te habías ido!
– Hay novedades: va a quedarse en Madrid durante unos días. ¿Qué te parece? ¿A que es una gran noticia? ¿Estás contenta?
En ese momento, Victoria sintió un arrebato de piedad hacia Marga, que estaba dispuesta a cualquier cosa para ganarse a aquella cría. Solange ni siquiera miró a su madrastra en busca de una confirmación.
– Tía Vi… ¿Es cierto?
– Sí… Estoy de año sabático, y puedo tomarme unas semanas libres. Herder se ha ido esta mañana.
– Y aún hay más… Estoy convenciendo a Victoria para que se quede en casa.
Solange abrió mucho sus grandes ojos azules.
– ¿Aquí? ¿Con nosotras?
– Bueno, todavía no está decidido… -la voz de Victoria sonaba tan débil, tan poco convincente, que ella misma se dio cuenta de que había perdido aquella guerra sin empezar a librarla.
– Oh, tía Vi, por favor, por favor, por favor… Me gustaría tanto tenerte cerca… Estoy tan triste sin papá…
Dos lágrimas como garbanzos rodaron por aquel rostro blanquísimo. Solange ni siquiera hizo el ademán de enjugárselas. La pequeña manipuladora sabía sacar partido incluso de las desdichas.
– Bueno… No quiero molestarte, Marga.
– Pero si no es ninguna molestia. Hay sitio de sobra, ya lo sabes. -Marga le dio unas palmaditas en el brazo, y el gesto se le antojó propio de una anciana tía abuela-. ¿Qué ibas a hacer sola en un hotel, además de gastar dinero?