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Mientras me duchaba y me afeitaba pensé en Claudine. Estaba esperando que me telefonara. El sonido de su voz acrecentó mi deseo y despertó de nuevo mis celos.

– ¿Cuándo podemos vernos? -le pregunté, con mi habitual impaciencia.

– Esta mañana, en el puente.

La idea de otro paseo me produjo un sentimiento de frustración, pero me pareció que era preferible no expresarlo por teléfono.

– Te echo de menos -dije, en cambio-. Te he echado de menos todo el fin de semana.

– Yo también te he echado de menos -dijo Claudine. Pero su voz sonaba diferente, con una contención que me llenó de espanto.

– Ven ahora mismo -le dije-. Tengo que explicarte muchas cosas. Te estaré esperando.

No tuve que esperar mucho rato. Claudine apareció con abrigo, sombrero y un pañuelo de rayas alrededor del cuello. Llevaba botas forradas de borrego y medias marrones. Cuando la abracé, la noté tensa.

– ¿Estás bien? -le pregunté.

– Vamos a sentarnos -me dijo. El estómago me dio un vuelco. La seguí hasta el banco de piedra donde nos habíamos sentado la mañana de nuestro primer encuentro.

– ¿Qué ocurre? ¿Tienes dudas? ¿Qué problema hay?

Claudine tomó mi mano entre las suyas y me miró a los ojos. Vi miedo tras su capa de seguridad.

– Estuviste en misa -me dijo.

Me quedé atónito, pero intenté disimular.

– Así es -dije-. Tú estabas con Laurent y no quería molestar.

– Y me seguiste hasta casa.

De nuevo me dejó sorprendido. No me quedaba más remedio que decir la verdad. Apoyé los codos sobre los muslos y me froté la cara con las manos.

– Siento haber hecho el tonto -le dije.

– ¿Por qué me seguiste, Mischa?

– Quería ver cómo te trataba Laurent.

– ¿Por qué no me lo preguntaste?

– Me parecía que no querías hablar de él.

– No quiero que estropee lo que tenemos.

– Lo estropea por ser tu marido.

– Si estoy contigo no quiero pensar en él. -Me sentí aliviado cuando vi las lágrimas en sus ojos. No la había perdido, después de todo-. Te quiero, Mischa. Cuando estamos juntos puedo fingir que Laurent no existe.

Me incorporé y tomé sus manos entre las mías.

– Y puedes hacer que no exista, Claudine, puedes abandonarle y venirte a Estados Unidos conmigo.

– No puedo. -Volvió la cara y se secó la nariz con el dorso de la mano-. No lo entiendes.

– Claro que puedes. Tus hijos son mayores. Maurilliac es un desierto, aquí no te retiene nada. En Nueva York podemos empezar una nueva vida juntos. -Claudine se volvió para mirarme-. Eres joven y hermosa -le dije, acariciando su fría mejilla con la punta de los dedos.

Claudine me cogió la mano y se la llevó a los labios.

– Tengo miedo -susurró.

– ¿De Laurent?

– No, Laurent me da lástima. No para hasta que controla todo lo que le rodea, yo incluida. Se ha convertido en un hombre amargado, siempre enfadado. Ahora percibe que yo me alejo de él y se aferra a mí con desesperación. Nunca quería hacer el amor, y ahora me desea más que nunca. Estoy cansada de poner excusas.

– Entonces, ¿de qué tienes miedo?

Claudine me miró con timidez. Una arruga de preocupación ensombrecía su rostro.

– Tengo miedo de hacer algo incorrecto. Tengo miedo de Dios.

– ¡De Dios! -Me sentí tan aliviado que me entró risa, pero recordé la estrecha relación de Claudine con el padre Robert-. ¿Te has confesado? -Ella asintió-. Pero ¿por qué? Un sacerdote no puede aprobar el adulterio.

– Pero tenía que decírselo. Todos estos años ha sido amable conmigo, mi único apoyo. Al principio no podía hacer frente a Laurent y él me enseñó a decirle que no. No estaba bien mentirle.

– No puedes quedarte con un hombre que no te hace feliz simplemente para contentar a un sacerdote. Tienes que seguir tus instintos y luchar por tu felicidad.

– Me siento culpable. Laurent es el padre de mis hijos. Nos conocemos desde niños y llevamos veintiséis años durmiendo juntos. Hicimos nuestras promesas ante Dios. Estoy incumpliendo uno de los diez mandamientos, algo que no había hecho nunca.

– Todavía no has hecho nada.

– Pero tengo la intención de hacerlo.

Lo decía totalmente en serio. Me parecía increíble que se dejara engañar de esa manera. ¿Acaso no sabía que no eran más que tonterías inventadas por los curas para controlar a la gente?

– Maldita sea, Claudine, no dejaré que otro sacerdote destruya mi felicidad. -La tomé en mis brazos y la besé con pasión-. Atrévete, deja de esconderte. Puedo entender que tengas miedo de Laurent, que tengas miedo del futuro, o de ti misma, pero no utilices la Iglesia de excusa. ¿Me quieres?

– Sí.

– Eso es lo único que importa. No me iré sin ti.

Me sonrió con gratitud. Pareció tranquilizarse al verme tan decidido, como si buscara una muestra de mi amor. Necesitaba asegurarse de que la quería y de que no la iba a dejar tirada. Al fin y al cabo, estaba a punto de abandonar el mundo que conocía, y una vez que se marchara no podría volver.

– Quiero acostarme contigo, Mischa -dijo de repente-. Quiero que me hagas el amor, que me hagas tuya.

– ¿Dónde? -me limité a preguntar. No necesitaba saber nada más.

– Conozco un lugar. -Se puso de pie y me tomó de la mano-. Ven, Mischa, empecemos nuestro futuro juntos.

Caminamos junto al río cogidos de la mano, como una pareja de jóvenes amantes. El corazón se me llenó de nostalgia al recordar aquellos veranos: la hierba repleta de grillos y saltamontes, los árboles de frondosas ramas donde piaban los pajarillos, el aire cargado de aroma a romero y a pino. Claudine representaba todas esas cosas, y si venía conmigo a Estados Unidos me traería lo mejor del verano. Al cabo de un rato llegamos a una casa de campo con establos y cobertizos. No se veía un alma por los alrededores.

– Aquí venía a jugar de pequeña -dijo Claudine-. ¿Te acuerdas de Antoine Baudron?

No lo recordaba. Imaginé que sería uno de los que me escuchaban embobados cuando me inventaba cuentos de milagros y visiones místicas en el patio del colegio.

– Era su casa. Se casó y se fue a vivir a otro pueblo, pero su padre sigue llevando la granja. -Me condujo por el camino asfaltado que pasaba junto a los cobertizos. De vez en cuando se agachaba y se escondía con ánimo juguetón, lo que me recordaba mis juegos con Pistou. Finalmente abrió la puerta de un establo-. Aquí guardan los terneros en primavera. Arriba está el pajar, y seguro que queda algo de heno donde echarnos. -Soltó una risita maliciosa y me indicó con un gesto que la siguiera.

– Hay gente que nunca crece -le dije en broma.

– Ya somos dos, Mischa -respondió ella mientras subía al pajar por la escalera de mano.

Pero cuando nos tumbamos sobre el heno, resguardados del frío, dejamos de sentirnos como unos chiquillos. Claudine se apretó contra mí.

– Abrázame fuerte -dijo-, necesito que me des calor.