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La única iluminación era la de los débiles rayos de sol que se filtraban entre las grietas del techo de madera y la luz lechosa que conseguía atravesar el ventanuco cubierto de moho. Nos abrazamos y empezamos a besarnos lentamente. Acaricié con la boca sus labios, sus mejillas, su frente y sus largas pestañas; cerré los ojos para saborear su aroma a bosque. Claudine metió la mano por debajo de mi abrigo y mi camisa y me tocó con sus dedos helados.

– Tienes las manos frías -dije.

– Se calentarán enseguida. Estás ardiendo.

Metió la otra mano por debajo de mi camisa y me acarició la columna vertebral, deteniéndose un instante sobre mi cicatriz. Nuestros besos se tornaron más ardientes, nuestra respiración se hizo más agitada y mi miembro se apretó vigoroso contra el pantalón. Claudine tenía las mejillas enrojecidas y yo me notaba las manos calientes como brasas. Liberé la blusa de la falda y abrí los corchetes del sujetador. Los pechos de Claudine, suaves y esponjosos, no eran los de una joven que no ha sido madre, pero me emocionaba su madurez. Las huellas que la maternidad había dejado en su cuerpo la hacían más auténtica y terrenal. Hubiera querido ser el padre de sus hijos, hubiera deseado crecer a su lado. Oculté el rostro en su cuello y le levanté la blusa para besar sus pechos y saborear su piel. Claudine dejó escapar un gemido y enterró los dedos en mi cabello. Le levanté la falda -de tweed, larga hasta las rodillas- por encima de la cintura, y me emocionó descubrir que bajo los calcetines de lana llevaba medias de seda y un liguero. Me resultó excitante ver sus blancos muslos por encima del encaje. Con los ojos entrecerrados, Claudine me dirigía una mirada llena de dulzura y placer. La despojé de toda la ropa interior y se quedo desnuda ante mí, esperando mis caricias con un abandono exento de vergüenza. Estuvimos toda la mañana haciendo el amor, parando de vez en cuando para conversar, y volviendo a empezar.

– No hacía así el amor desde que era joven -me dijo, ruborizándose de placer-. Pensaba que había perdido toda mi sensualidad en el aburrimiento de mi vida cotidiana.

– Estás preciosa -le dije, admirando su belleza-. El sexo te sienta bien.

– ¿Quién nos iba a decir que un día nos acostaríamos juntos cuando jugábamos a canicas en la Place de L'Église?-comentó Claudine riendo, mientras se tumbaba encima de mí.

– ¿Qué diría monsieur Baudron si nos encontrara aquí?

– Tendría que marcharme de Maurilliac para siempre.

– Entonces espero que nos encuentre -dije muy serio. Claudine me miró en silencio un buen rato. Hubiese dado cualquier cosa por adivinar su pensamiento-. Ven conmigo, Claudine. No puedo irme sin ti.

– Pero todavía no has encontrado tu cuadro.

– Sí que lo he encontrado.

– ¿En serio? -Me miró sorprendida-. Cuéntame.

– Sólo si me prometes que vendrás conmigo.

Claudine se puso seria a su vez.

– ¿Me prometes que nunca me abandonarás, que cuidarás siempre de mí? ¿Me prometes que envejeceremos juntos, que nos querremos y que recuperaremos el tiempo que no hemos estado el uno al lado del otro? ¿Puedes prometérmelo, Mischa? Porque si me lo prometes, me iré contigo.

La hice bajar de encima de mi cuerpo y la abracé en mi regazo como a un bebé.

– Puede que ya no seamos jóvenes, pero nos quedan muchos años de vida juntos. Claudine, te prometo que te amaré y te cuidaré hasta que la muerte nos separe. Sólo te pido que confíes en mí. De haberme conocido durante los últimos cuarenta años, estarías tranquila porque sabrías con certeza que nunca he amado así a otra mujer.

– ¿Cómo te hiciste la cicatriz?

– En una pelea -respondí. No tenía deseos de dar a conocer los detalles más terribles de mi juventud.

– ¿Y cómo ocurrió?

– Todo empezó cuando Coyote se fue… -Poco a poco fui despojándome, una capa tras otra, de la gruesa piel que me cubría como una armadura pensada para que nadie pudiera acercarse a mí, que me mantenía a salvo y fuera del alcance de los demás. Y a medida que levantaba una capa tras otra, me sentía más contento y más ligero. Le hablé de la Tienda de curiosidades del capitán Crumble, de Elena y Matías, del día que vinieron los ladrones, y del momento doloroso en que Coyote me abrazó por última vez, de la irritante costumbre de mi madre de ponerle un plato en la mesa, de su fe inquebrantable, de cómo se fue separando poco a poco de mí y de cómo yo me sumergí en un mundo de violencia y bandas callejeras. Le hablé de mis robos, de mi actitud violenta y el terror que inspiraba. No estaba orgulloso de aquella etapa de mi vida, pero quería que Claudine lo supiera todo, no quería tener secretos para ella. A Linda no le había dejado entrar en mi corazón, pero Claudine lo tendría en sus manos, porque siempre le había pertenecido a ella.

Le hablé de la pelea que casi me cuesta la vida.

– Los miembros de mi banda se largaron corriendo y me dejaron tirado sobre el asfalto, indefenso y sangrando en mitad de la noche. En aquel momento vi pasar toda mi existencia, entendí que había convertido mi vida en un desastre, y todo por culpa de un hombre.

– No, Mischa. -La mirada de Claudine era tierna y seria-. Él fue el desencadenante, pero no la causa de tu crisis. Eras un niño herido. Quién sabe, tal vez habrías hecho lo mismo aunque no le hubieras conocido.

– Coyote me rechazó, y su rechazo me cayó sobre los hombros como un fardo cada vez más pesado. En mi primera pelea me descargué de una parte del peso. La carga se hacía más ligera con cada enfrentamiento.

– Probablemente esa cuchillada te salvó la vida -dijo Claudine sonriendo.

– Me empujó a reflexionar sobre mi vida, y a partir de ese momento cambié. Me puse a trabajar con mi madre en la tienda, estudié todo lo que pude sobre antigüedades…

– ¿Tuviste novias?

– Principalmente una, Linda. Estuvimos nueve años juntos, pero lo cierto es que nunca me entregué a ella, aunque desde el primer día hizo todo lo posible por «salvarme». Creo que por eso le gustaba, porque yo era su proyecto.

– ¿La amabas?

Lo pensé un instante. Ahora que amaba a Claudine podía ver la diferencia entre amar y necesitar.

– Estaba a gusto con ella -dije-. La necesitaba, pero no, no la amaba.

– ¿Qué tal se llevaba tu madre con ella?

– No muy bien. A mi madre nunca le gustaron mis novias.

Claudine soltó una risita.

– Te quería sólo para ella. Y no la culpo, porque tú eras todo lo que tenía. -Trazó con el dedo una línea sobre mi mejilla-. Yo también te habría querido sólo para mí. Lástima me habrían dado Linda y las demás chicas que llevaras a casa; no les habría concedido ni una sola oportunidad.

– ¿Te acuerdas de mi madre?

– Recuerdo que era muy hermosa pero fría. Caminaba erguida, con la cabeza bien alta. Recuerdo que tenía unos bonitos pómulos y una piel muy bonita, pero no creo que la viera sonreír.

– Tenía una sonrisa preciosa cuando se dignaba mostrarla. Creo que tú le habrías gustado.

– ¿Por qué lo crees? -Claudine sonreía con incredulidad.

– Fuiste la única niña que se mostró amable conmigo. Eso le habría gustado.

Sentados al sol sobre el puente nos comimos las baguettes que Claudine había preparado y contemplamos cómo se fundía la escarcha. Luego nos pusimos a caminar para no helarnos de frío. Claudine me llevó al cementerio de una aldea al otro lado del Garona donde estaba enterrado su padre. Quería despedirse de él. La dejé arrodillada sobre la hierba ante la lápida para que pudiera hablar con su padre a solas y di una vuelta por el cementerio con las manos en los bolsillos. Mientras jugueteaba con la pelota de goma me pregunté si mi padre tendría una tumba en Alemania. De repente sentía la necesidad de hablar con él. Estaba pensando en esas cosas cuando una lápida sencilla y en pleno abandono desde hacía años, cubierta de musgo y de malas hierbas, me llamó la atención. Me la quedé mirando tan sorprendido que contuve la respiración. En grandes letras ponía «Pistou», y debajo: Florien Roche, 1941-1947, el amado hijo de Paul y Annie, te llevamos siempre en nuestro corazón. Me arrodillé ante la lápida y arranqué el musgo con las uñas. Así que Pistou no había sido un mero producto de mi imaginación, sino un niño de mi edad que nunca llegó a hacerse mayor.