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Me quedé contemplando la tormenta hasta que cesaron los truenos y los relámpagos, aunque seguía lloviendo a cántaros y soplaba un vendaval. Me dije que al día siguiente me despediría de mi infancia para siempre. Llega un momento en que uno tiene que elegir entre vivir en el presente o no tener vida en absoluto. Volví a meterme en la cama, cerré los ojos y me sumí en un sueño plácido y profundo como no disfrutaba en mucho tiempo. Hacía años que no soñaba, pero aquella noche tuve un sueño tan vívido que me pregunté si sería real.

Volvía a ser un niño y me encontraba en el banco junto al río, tirando piedras al agua. El sol estaba alto en el cielo y el aire cálido olía a pino. El río borboteaba cantarín, las moscas revoloteaban al sol, las cigarras chirriaban entre la hierba y las doradas flores de la retama danzaban agitadas por la brisa. Pistou estaba a mi lado, jugando con mi pelotita de goma. Permanecíamos en silencio porque no nos hacían falta palabras. De repente, una mariposa se posó en la mano de Pistou, que se volvió hacia mí sonriendo. Entonces recordé lo que me contó Jacques Reynard: que el nombre secreto de mi madre durante la guerra era Papillon, mariposa.

– Así que ya ves, no soy un producto de tu imaginación -dijo Pistou.

– Lo siento. ¿Te molestó que lo pensara? -Tiré una piedra al río y me quedé mirando cómo botaba sobre la superficie.

– No, estoy acostumbrado.

– ¿Cómo es estar en el cielo?

– Delicioso. Cuando llegues te gustará. Puedes comer todas las chocolatines que quieras.

– Me parece estupendo. ¿Estará también el cureton?

– Abel-Louis llegará en cualquier momento. Le están esperando.

– ¿Recibirá su castigo?

– El infierno está en la Tierra, amigo. Tú ya has estado allí, ¿no?

– Pero quiero que sufra.

– Sufrirá cuando contemple su vida y se dé cuenta de cómo la ha fastidiado. No olvides la ley del karma, Mischa. Lo que enviamos nos es devuelto. Nadie escapa de la ley de causa y efecto.

– ¿Y mi madre estará? -La mariposa abrió las alas y salió volando.

– Está aquí, y también tu padre. -Pistou me devolvió la pelota de goma.

– ¿Están juntos?

– Por supuesto.

– ¿Puedo verlos?

– Están siempre contigo, cuidando de ti. Que no puedas verlos no significa que no estén. -Se puso de pie-. Tengo que marcharme.

– ¿Nos volveremos a ver?

– Sí, claro. Volverás a verme si abres bien los ojos -dijo, con una de sus risitas maliciosas.

– ¡Eres un caradura! -Al ponerme de pie, comprobé que yo ya no era un niño y era mucho más alto que él.

– Te agradezco que hayas sido mi amigo, Pistou.

– Nos lo hemos pasado bien, ¿verdad?

– Muy bien.

– Todavía puedes pasarlo bien si no te olvidas de ser un niño.

– Lo intentaré.

Pistou se internó en el bosque. Yo me guardé la pelotita en el bolsillo y me volví hacia el sol, que brillaba tan intensamente que me obligó a entrecerrar los ojos. Me tapé la cara con la mano y me desperté sobresaltado en la cama. Había amanecido y hacía un día espléndido. La tormenta se había alejado y no quedaba ni una nube en el cielo.

Hice el equipaje, me vestí y bajé a desayunar sintiéndome tan nervioso que no podía estarme quieto. Claudine me había prometido que estaría a las diez en el vestíbulo. Desde allí nos iríamos en coche al aeropuerto de Burdeos, tomaríamos un avión hasta París, y otro avión a Estados Unidos, donde viviríamos el resto de nuestras vidas. El tiempo se me hacía eterno y no paraba de consultar el reloj. ¿Por qué pasan tan despacio los minutos cuando queremos que se aceleren?

Me preparé los cruasanes con mantequilla y mermelada y probé el excelente café. Intenté leer el periódico pero no conseguía entender las palabras, sólo podía pensar en Claudine. Después de desayunar me acerqué al invernadero para contemplar los jardines por última vez. No esperaba encontrar a Joy admirando el panorama con una taza de café en la mano.

– Qué mañana tan hermosa -me dijo sonriente-. Lástima que te marches hoy. Me habría gustado que me acompañaras a dar un paseo.

– Hace frío para pasear. Preferiría volver en verano.

– Es cuando suelo venir yo. Ésta es la primera vez que vengo de visita en invierno. Tal vez sea el destino -dijo, mirándome con ternura.

– Pero el jardín está precioso incluso ahora.

– Sí, incluso después de una tormenta.

– No podía dormir y estuve mirando la tormenta, como cuando era niño. Mi madre decía que el viento anunciaba cambios.

– En tu caso parece que es cierto. Después de todo, hoy empiezas una nueva vida. -Volvió a mirar ensimismada a lo lejos y suspiró-. Al parecer, hay una obra de arte muy valiosa enterrada en este jardín, ¿lo sabías?

Me quedé atónito, pero intenté disimularlo.

– ¿En serio? -Me ardían las mejillas de vergüenza, como si yo mismo hubiera enterrado la obra de arte.

– En la última carta que me escribió Billy -susurró Joy- me decía que él y dos amigos más fueron los primeros en entrar en el château cuando se marcharon los alemanes. Uno de ellos, Richard Quigley, tenía conocimientos de arte, y al parecer identificó un cuadro de Tiziano. Por alguna razón no lo habían embalado con las demás cosas para llevárselo a Alemania en el tren privado de Goering. Porque Goering se dedicaba a robar todos los objetos de arte que encontraba. Para evitar que el cuadro desapareciera, Billy y los otros dos lo enterraron en el jardín. De no haber sido por Richard, me contó Billy, habrían enrollado mal el lienzo y lo habrían estropeado, porque hay que enrollarlo con la pintura hacia fuera. Encontraron una tubería de plomo y metieron dentro el lienzo con la idea de venir en su busca después de la guerra. Pero Billy murió poco después, y en cuanto a Richard… ¡pobre Richard!

– ¿Qué le ocurrió? -Notaba la boca seca y la lengua como de trapo. Las últimas piezas del rompecabezas estaban a punto de encajar, y no estaba seguro de que quisiera ver el resultado.

– Lo asesinaron.

– ¿Lo mataron? ¿Durante la guerra?

– No, hacia mil novecientos cincuenta y dos. Lo leí en los periódicos cuando fui a ver a mi familia en Staunton, que está en Virginia Occidental. Recuerdo que el asesino fue condenado a cadena perpetua en la prisión de Keen Mountain. Y espero que se pudriera allí, porque Richard era un joven estupendo. Billy me había hablado tanto de él que me parecía conocerle.

– ¿Y cómo se llamaba el tercero de los hombres que liberaron el château?

– Lo llamaban Coyote -dijo, frunciendo el ceño-. Me pregunto qué habrá sido de él.

Me pareció que todo me daba vueltas y tuve que sentarme y masajearme las sienes.

– ¿Te encuentras bien? -Joy se sentó junto a mí y me pasó el brazo por los hombros.

– Siento un poco de náuseas -dije, recordando a Coyote desenterrando el cuadro. Ahora entendía por qué había venido a Maurilliac y por qué habíamos tenido que huir en mitad de la noche como ladrones. Y es que habíamos sido unos ladrones, o por lo menos lo había sido Coyote. Recordé cuando entraron a robar en la tienda y la posterior desaparición de Coyote. ¿Habría asesinado a Richard Quigly después de desenterrar el cuadro? ¿Habría sido también el responsable de la muerte de Billy? Miré el reloj. Eran las diez menos cuarto.

– No me pasa nada. Supongo que son los nervios -dije, incorporándome-. Un vaso de agua me sentará bien.

– No creo que lleguemos nunca a saber si el cuadro está enterrado aquí o no -comentó Joy alegremente-. Pero me gusta la idea de que en este terreno puede haber enterrado un secreto precioso. Adoro los misterios. -Se levantó y apuró la taza de café-. Venga, vamos a buscar un vaso de agua. Te has quedado pálido como un fantasma.