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—Es bonito Madrid.

No ha podido avisar a Pepita, no ha podido decirle siquiera que se iban de Ave María. No ha podido. Y la dueña de la casa no ha querido llevarle una nota, dijo que no, que no quería llevar eso encima si la cogían. Felipe volvió a enfadarse con él cuando oyó lo que estaba pidiendo.

—A ti se te ha ido el seso como el agua se va por un caño, chiquillo, en un momento se te ha ido todo el seso.

—Sólo quería enviarle una nota.

—¡Qué nota ni qué nota, joder! ¿No te das por enterado de que esta mujer no tiene que saber de ella ni el nombre? ¡Y vas tú, y le quieres dar las señas, so merluzo!

—Le he pedido que venga esta noche.

—¿Aquí? ¿A Pepita?

—Sí.

—La has hecho buena.

Felipe descubrió en la expresión de angustia de Paulino un terror que no le había visto nunca, ni siquiera en los peores momentos de las peores atrocidades que habían presenciado juntos. Le miró a los ojos, y le dijo que no se preocupara, que avisarían a Pepita de que no debía volver a Ave María.

—Mira, ahí estuvimos nosotros poniendo sacos, se ve que no hicimos bien la faena.

El tranvía rodea la Puerta de Alcalá.

—Sí.

La buscará en la puerta del penal. Intentará acercarse a ella y le entregará una carta. Hoy mismo escribirá la carta.

—Menudos pepinazos, tiene más agujeros que un cedazo.

Es raro Felipe, le dio un abrazo inmenso antes de abrir la puerta de Ave María, cuando le dijo que no se preocupara por Pepita.

—No te preocupes por Pepita, y ven aquí, cabrón. Dame un abrazo, hijo puta, que llevas una herida más honda que la mía.

Parece bruto, pero es un sentimental, se le nota cuando habla de Tensi. Le llamó hijo puta sólo por nombrarla, y quiere mucho a Pepita, también se le nota, porque cuando él le contó lo de San Judas Tadeo mientras bajaban las escaleras, se paró y volvió a abrazarle. Y se le pasó el enfado. De dónde habrá sacado esa maleta de doble fondo para guardar las armas, la ha conseguido esta misma mañana, porque ayer no la tenía. No le ha consentido cargarla, tozudo sí que es. Si me paran, le había dicho, no me conoces. Yo iré delante y tú unos pasos atrás y si ves que me paran, pon cara de paisaje y sigue andando como si nada, que todas las precauciones son pocas. Sin embargo, se sentó a su lado en el tranvía y ahora no para de hablarle, porque es un sentimental y no soporta estar enfadado.

—Estamos llegando.

No consentirá que vuelva a cargar la maleta. Cuando bajen del tranvía, se la arrancará de las manos si es necesario. Qué le habrá visto en la cara cuando le dio ese abrazo; una herida más honda que la mía, le dijo. Y Paulino vuelve a ahuecarse el cuello de la camisa, y cierra los ojos. Pepita. Y la ve, sentada en la piedra del camino del cerro, intentando ocultar su rostro tras la toquilla. Y la ve caminar asustada hacia atrás alrededor del matorral, apartándose el mechón de la frente. Y la ve, con su vestido de flores y sus zapatos mojados, contonear las caderas. Y la ve enfadada. Y la ve gritando. Y la ve con una vela en la mano en la iglesia de San Judas Tadeo. Y la ve santiguarse mirándolo a él, y acercarse el pulgar a la boca.

Y la siente en los labios.

31

El vestido de Hortensia estará listo para el día de Navidad, el vestido que la mujer que va a morir llevará puesto cuando vaya a la muerte. Franela gris, con pequeños ramilletes de flores blancas. Pepita se ha pinchado al dar la última puntada. Distraída, chupa la gota de sangre que brota de su pulgar y mira hacia la calle por el balcón. Es domingo, y está acabando la tarde. La nieve que cayó durante los últimos días se ha convertido en montículos marrones de diferentes tamaños que se derriten al borde de las aceras. Pepita se retira del balcón y se dirige a la cocina. Ensimismada aún, con el vestido de su hermana en la mano, le pedirá permiso a doña Celia para utilizar la plancha:

—¿Me da usted su permiso para planchar el vestido de mi hermana?

—Sí, hija. ¿A ver?, te ha quedado muy bonito.

Y doña Celia la verá llenar la plancha con carbón; la verá comprobar si está caliente con el sonido de la yema de uno de sus dedos mojado en saliva, y deslizar la plancha sobre la tela en recorridos cortos y precisos, mientras ella escucha la novela en el aparato de radio. No le dirá nada su patrona, no interrumpirá el silencio con el que Pepita maneja el vestido dándole la vuelta para colocar la falda, salpicando las flores con agua en las arrugas que se resisten y repitiendo unos pequeños golpes de plancha después de volver a comprobar con el dedo que continúa caliente. Y no le hablará doña Celia, no porque tenga interés en la historia que está escuchando, no, no será por eso por lo que guarde silencio, ni porque piense que Pepita está ensimismada en el planchado, será porque doña Celia sabe que Pepita no tiene ganas de charla. Y sabe por qué.

Y doña Celia espera.

La observa doblar el vestido, y cómo se pone colorada de repente.

—Los hombres son unos frescos. A lo primero, se acercan como bravos, y luego después te despachan y se van.

No tardará Pepita en tener ganas de charla. Pero aún no es tiempo. Y su patrona lo sabe. Sabe que debe esperar porque las palabras de Pepita aún forman parte de un suspiro. Doña Celia la oye suspirar. Y espera.

—Ay, madre mía.

Pepita regresa al silencio.

Aunque no tardará mucho en dar rienda a sus quejas. Será un poco más tarde, después de la cena, cuando vuelva a ponerse colorada de repente en la cocina mientras seca una sartén con un trapo.

—Echan a correr sin dar más explicaciones. Te arrumban como a un trasto viejo, y ahora paz y después gloria. Y no me lo disculpe, señora Celia, que tiene meneo la cosa. No me disculpe a ese mamarracho, que ese malaje vestido de señorito se ha creído que es la mona vestida de seda y que el tronío lo regalan con un traje gris perla. Y si pudo venir a pedirme relaciones, bien hubiera podido volver a decirme que olvidara que me las había pedido. Ése se va a enterar. Cuando lo vea, se va a enterar.

Sí, ya tiene ganas de hablar. Y a doña Celia le corresponde intentar consolar a la que no tiene consuelo desde hace dos días, desde hace dos noches, cuando al salir de la casa de don Fernando la abordó un señor con sombrero marrón y le pidió la hora.

—No llevo reloj. Pero si espera un minuto, oirá usted mismamente que dan las nueve.

Dieron, en efecto, las nueve. Y Pepita no oyó las campanadas. Oyó cómo la voz que le había pedido la hora se convertía en un susurro: