—Ahora usted, Tomasa.
Es el turno de Tomasa, que no puede contener su ira. Cuando se le acercó La Veneno, la extremeña le mantuvo la mirada, con la boca apretada de rabia. Después de unos minutos, la monja obligó a Tomasa. Atrajo la cabeza de la reclusa hacia el Niño Jesús. Tomasa agachó la cabeza, acercó los labios al pequeño pie, y en lugar de besarlo, abrió la boca y separó los dientes.
Un crujido resonó en el silencio de la galería.
Un crujido.
Y una boca que se alza sonriendo, con un dedo entre los dientes.
Y un grito:
—¡Bestia comunista!
El grito es de la hermana María de los Serafines. Mercedes acerca su pañito almidonado al pie del Niño Jesús y cubre su amputación como quien cura una herida. La monja vuelve a gritar:
—¡Bestia comunista!
Y propina un golpe seco con el puño cerrado en la boca de Tomasa.
Un vuelo de hábitos, de anchas mangas blancas dirigidas a un rostro que no ha perdido la sonrisa.
La fuerza del puñetazo hace escupir a la sacrílega, y el dedo del Niño Dios vuela con las tocas por los aires. Ha terminado el besa pie. La hermana María de los Serafines ordena la búsqueda del dedo cercenado. Y las reclusas rompen la formación sofocando una carcajada. A Elvira se le escapan dos lágrimas al intentar controlar su sofoco, y Hortensia se lleva las manos al vientre y exclama:
—¡Ay, madre mía! ¡Ay, madre mía de mi vida y de mi corazón!
Para no reír, las reclusas buscan el dedo perdido sin mirarse unas a otras. Para no reír, no miran a Tomasa.
—¡Aquí está!
Es Reme, que ha encontrado el dedito de Dios y se lo entrega a la monja.
El labio de Tomasa ha comenzado a sangrar, la hermana María de los Serafines la empuja hacia Mercedes ordenándole que quite a la sacrílega de su vista:
—¡Quite a esta sacrílega de mi vista!
Y acerca el pequeño dedo al pequeño pie para comprobar si podrá curar la herida. Sí, podrá pegarlo. Lo mira con arrobo. Una lágrima le asoma por el rabillo del ojo. Podrá pegarlo, aunque se notará la juntura como una pequeña cicatriz.
Las presas de la segunda galería derecha podrán reír cuando se estén arreglando para acudir al locutorio. Cuando la agitación bulliciosa por la alegría del encuentro con sus familiares les haga olvidar la tristeza que les produjo la imagen de Tomasa, intentando mantener el equilibrio, saliendo a empujones hacia su castigo. Podrán reír cuando olviden la pena que sintieron al verla caminar abrochándose el vestido de la madre de Elvira. Sólo entonces, cuando las reclusas estén preparándose para la visita, podrán reír. Y será Reme la que provoque sus risas. Se pellizcará, como todas, los pómulos, para que el color lleve a su rostro un aspecto un poco más saludable, un poco menos demacrado y famélico, y dirá mientras lo hace:
—Y ahora, se cargarán de razón cuando digan que las comunistas nos comemos a los niños. Carajo que es bruta la muy puñetera.
Reme será la primera en reír. Elvira la seguirá después de preguntar a Hortensia:
—¿Te fijaste en la cara de La Veneno?
—¡Cómo se puso!, capaz de darle algo.
La tensión acumulada saltará en carcajadas mientras se arreglan las que tienen visita, ayudadas por las que no la tienen.
—Toma, Reme, ponte esta bufanda roja que te alegre un poco la cara.
Reme se limpia con saliva las manos, porque hace tiempo que han cortado el agua. Se asea pensando en Benjamín. No debería haberle pedido jabón en la visita anterior. El jabón escasea. No tenía que habérselo pedido, y menos aún la sillita de anea. Pobre Benjamín, no tenía que haberle pedido nada. Él siempre le lleva lo que puede llevarle. Y sonríe pensando en su nieto, al que verá esta tarde por primera vez. El hijo de su hijo, nacido en León hace apenas seis meses.
Hortensia está más excitada que de costumbre, y no sabe por qué. Se estaba haciendo dos trenzas, como le gusta a Felipe, cuando una mujer que trajeron hace unos días de Salamanca se acercó a ella. Había sido acusada de colaboración con bandoleros, eso era todo lo que sabían de aquella mujer pequeña y enérgica que entró en la galería número dos derecha sin que el miedo asomara a sus ojos. Algunas creyeron que se trataba de una guerrillera, pero en realidad pertenecía a la dirección del Partido Comunista en Salamanca.
—Me llamo Sole.
Después de decirle que se llama Sole, añade que es comadrona, y que su hija le ha enviado un mensaje:
—Dice que no me despegue de ti, y que salgamos
juntas a comunicar, que es muy importante que estemos juntas.
—¿Por qué?
—Eso no me lo ha dicho.
Y Elvira canta, más alegre que nunca, mientras se anuda un lazo en su cola de caballo, como le gusta a Paulino. Tiene un poco de fiebre que no se le quita, y hoy se alegra por ello, porque su abuelo la verá con rubor en las mejillas.
Elvira no sabe que en unos minutos verá a su hermano Paulino. Tampoco Paulino lo sabe.
Paulino camina ya hacia la prisión de Ventas acompañando a Felipe.
33
La mirada de Paulino recorre con avidez la extensa cola que se ha formado ante la puerta de la prisión. Busca a Pepita. Ni Paulino ni Felipe ni Amalia, la joven que acaba de llegar de un pueblo de Salamanca y milita en Solidaridad Obrera, sabían que era preciso llegar con tiempo para tener la oportunidad de entrar de los primeros y colocarse en las esquinas del locutorio, el mejor lugar para la visita, donde los familiares y las presas pueden escucharse mejor, aunque apenas lleguen a oírse.
La cola es más larga de lo que hubieran podido imaginar. Cada reclusa puede comunicar con cinco miembros de su familia como máximo. Hoy, al ser día de Navidad, casi todos los familiares vienen de cinco en cinco. Y todos desean entrar los primeros para alcanzar las esquinas.
Las presas entrarán al locutorio en turnos de diez, durante diez minutos. También ellas correrán a las esquinas.
Pepita ha llegado de las primeras, y don Javier, el abuelo de Elvira, y las tres hijas solteras de Reme, el hijo pequeño y el marido, pobre Benjamín. Benjamín no entrará al locutorio, porque ha venido su hijo mayor con su nieto, y Reme no conoce todavía al niño, y vienen desde León. Entre todos suman siete, y los siete no pueden entrar.
—Ay qué lástima, pero eso no puede ser. Usted entra conmigo, y el niño también que con este follón que hay aquí hoy, no nos van a pedir ni los papeles.