—¿Usted cree?
—Se lo digo yo.
El grupo entero ha formado un corro, y Pepita muestra a las hijas de Reme el vestido que le ha hecho a su hermana. No ha visto a Paulino, que se acerca a ella abriéndose paso entre la gente, apretando con la mano una carta que lleva en el bolsillo. No lo ha visto, pero lo verá pronto. Lo verá, cuando don Javier descubra en el joven que se acerca un enorme parecido con su nieto.
—¡No es posible!
No es posible, exclamará. No es posible. El abuelo lo mirará incrédulo. No es un parecido cualquiera. Sí, lo mirará y abrirá los ojos asombrados. Más. Más. No es un simple parecido.
No es un parecido.
Es su nieto Paulino el que se acerca. Y gritará sin poder evitarlo:
—¡Paulino, hijo!
Y extenderá los brazos hacia él. Paulino lo mirará, ahogando su sorpresa. Se agachará, para que su abuelo le tome la cara en las manos. Se abrazarán, sin dar tiempo a las lágrimas. El abuelo le dirá a su nieto que ya es un hombre, mientras lo aprieta con todas sus fuerzas, en tanto el nieto le pregunta si sabe algo de su madre y de su hermana.
—Elvirita está aquí.
—¿Aquí, dónde?
Paulino girará la cabeza a derecha y a izquierda. Buscará a su hermana con impaciencia entre el gentío que forma la cola.
—¿Dónde? ¿Dónde está?
—Dentro, hijo, Elvirita está dentro.
Don Javier señala la puerta de la prisión.
El dolor obliga a Paulino a buscar un punto de apoyo. Pepita los mira desconcertada. Poco a poco toma conciencia del peligro que corren los dos si alguien más observa aquel encuentro, e indica a la familia de Reme que rodeen al abuelo y al nieto.
—¿Y mi madre?
—Murió en el Campo de Los Almendros.
Busca apoyo, Paulino, y lo encuentra en el hombro de Benjamín.
—Quiero ver a Elvirita.
Pepita se coloca frente a él y le mira a los ojos.
—¿Dónde está Felipe?
—Allí atrás, con la chiqueta de Salamanca.
—Espérate aquí un momento, no te muevas de aquí, entraremos todos juntos.
Pepita fue a buscar a Felipe y a Amalia y, ante las quejas de los que aguardaban la cola, arrastró a la pareja.
—¿De dónde han salido esos dos?
—De mi casa, ¿le parece a usted? Éste es mi hermano, ¿se entera? Y está malo y no puede quedarse dos horas de plantón. Y ésta es su señora. ¿No ve que está malo? Y por eso me adelanto yo a coger sitio, señora, que llevo en la cola lo que va de tarde y para mí se me queda lo que he pasado por los dos, que me duele todo el cuerpo de sujetar el frío.
Los incorporó a su grupo, y organizó en un momento tres familias distintas, para que todos pudieran entrar:
—Tú eres mi marido, Paulino, y con mi marido y conmigo entra este inocente, que es nuestro hijo. Y no te preocupes, Paulino, que nuestro niño parece tontito pero no lo es.
Agarró al hijo pequeño de Reme de la mano, se colgó del brazo de Paulino y, señalando a Benjamín, le dijo a Felipe que era su suegro:
Y este hombre se llama Benjamín, y Benjamín entra contigo y con tu señora, Felipe, que para eso es tu suegro.
Sus ojos azulísimos se cruzaron con los ojos azulísimos del abuelo de Elvira, que esperaba a que Pepita dispusiera cómo y con quién debía entrar él.
—Usted, señor Javier, entrará solo, como siempre, para despistar. Y las tres hermanas entran con el que ha venido de León y con el niño, y son cinco.
Y abrieron las puertas.
Pepita explicó a La Veneno el parentesco de todos y de cada uno con tanta rapidez y tanta firmeza que a todos los dejaron pasar.
34
El entusiasmo de las presas recorre las galerías de la prisión con la noticia que acaba de vocear La Veneno. A partir de mañana, las reclusas podrán hacer labores de punto y de costura. Todos los días, excepto los domingos y las fiestas de guardar, se les entregará a cada una su labor cuando salgan al patio, y se recogerán por la noche. La directora acepta la petición que las reclusas hicieron en su día, las prendas que confeccionen podrán entregarlas a sus familiares.
La alegría de las reclusas se convertirá en excitación a medida que se acerque la hora de visita. Hortensia intentará sin éxito controlar sus esfínteres y a pesar de que le repugna ir al baño, acudirá en repetidas ocasiones tapándose la nariz con los dedos. Hace horas que han cortado el agua y de nuevo se han atascado los retretes.
La comadrona, Sole, la acompaña a todas partes.
—Yo haré punto de aguja.
Y mientras la espera, le cuenta que Victoria Kent ordenó construir la prisión de Ventas, y que estaba diseñada para albergar a quinientas reclusas. Se queja de la falta de espacio. Se queja de que doce petates ocupen el suelo de las celdas donde antes había una cama, un pequeño armario, una mesa y una silla. Se queja de que los pasillos y las escaleras se hayan convertido en dormitorios, y de que haya que saltar por encima de las que están acostadas para llegar a los retretes.
—Esto es una inmundicia. Así estamos como estamos. Once mil personas no pueden evacuar en tan pocos váteres.
A Hortensia no le interesa el motivo del estado lamentable de los aseos. No, en este momento no le interesa conocer las causas de la suciedad que las rodea, ni de las enfermedades que padecen por falta de higiene que Sole se empeña en enumerar:
—Tiña, tifus, piojos, chinches, disentería, esto es una indecencia.
No, no le interesa a Hortensia en este momento, porque se encuentra inquieta, piensa en Felipe y sólo quiere pensar en Felipe. Sólo en Felipe, su excitación le impide concentrarse en otra cosa. Ella sólo quiere recordar un beso. Un beso furtivo, el último que le arrancó a Felipe en Cerro Umbría. Un beso que a ella le pareció demasiado corto, y a él demasiado largo. El monte no es sitio para besos, le riñó. No es sitio para besos:
—Al monte se viene a pelear.
—Anda, no seas tonto.
—Déjame, Tensi, que nos pueden ver.
—¿Quién?
—Cualquiera.
Sin prisa. Ella quería un beso detenido en sus lenguas y él retiró su boca bruscamente, cuando apenas se habían rozado los labios. Se despidieron así. Así se besaron por última vez cuando Hortensia se fue a comprar víveres. Y antes de comenzar a bajar hacia El Llano, giró la cabeza y repitió que su marido era tonto.
—Eres tonto.