—Anda, vete ya. Yvuelve pronto, aquí mismo te espero.
Pero Hortensia no volvió. No volvió. Y ahora se pregunta de nuevo, como tantas veces lo ha hecho desde que la apresaran, cómo no se alarmó con el ladrido de los perros al llegar a la huerta. Felipe la esperaba, y ella no volvió. Los perros ladraban de una forma extraña, y ella no se dio cuenta. Sólo se fijó, como le habían indicado, en que la hortelana llevaba un pañuelo atado en la cabeza y se lo desató al verla llegar.
Los perros ladraban.
—¿Vende usted gallinas?
Los perros ladraban. La hortelana miró al suelo para contestar retorciendo el pañuelo entre los dedos:
—Sí.
La miró al vientre y echó a correr llevándose el pañuelo retorcido a los ojos.
Los perros ladraban.
Ella también tendría que haber corrido. Pero no corrió. Sintió el peligro en la carrera de la mujer, en el pañuelo que se llevaba a los ojos y en el ladrido de los perros. Pero no corrió. Contuvo la respiración. Las armas de los guardias civiles encañonaron su espalda. Y ella pensó en Felipe. Aquí mismo te espero, le había dicho. Un guardia civil ató sus manos y la empujó:
—Andando. Caldo de gallina te vamos a dar a ti. Unas buenas sopas, con muchos garbanzos.
Los otros reían.
Treinta y nueve días pasó en Gobernación. Treinta y nueve días y muchas palizas y muchas horas de rodillas pasó en Gobernación. Pero Hortensia no quiere pensar en eso. Se sienta en el retrete, se toca las rodillas y piensa en Felipe. Recuerda el primer beso. Fue en Córdoba. Se acuerda de Córdoba y de la boca de Felipe buscando la suya, y se toca las rodillas. Ya están casi curadas, aunque le da la sensación de que un garbanzo se ha quedado dentro. Sí. Hay un bulto muy duro debajo de la piel, y le duele. El médico le dijo que eran figuraciones suyas. Este médico no ve bien. Está viejo, y tiene legañas amarillas. Además es dentista, qué ha de saber él. Ella está en que la piel le ha crecido encima de un garbanzo. La curó una vez, sólo una vez, cuando llegó de Gobernación. No le preguntó qué le dolía, él sólo quería saber por qué la llevaron allí. Le dijo que en la cara no tenía nada, y ella no podía ni abrir los ojos de la hinchazón. Se toca las rodillas y recuerda. Alcohol. Alcohol le frotó el dentista en las heridas y fue peor que cuando le echaban vinagre allí, en el segundo piso de Gobernación. Había un crucifijo en la pared de aquel cuarto del segundo piso de Gobernación, y muchos garbanzos sobre una tabla con sal en el suelo. A las dos o a las tres de la mañana la subían siempre, y luego la bajaban entre dos, porque ella no podía ni mantenerse derecha. Treinta y nueve días. Treinta y nueve días sin hablar con nadie. En el calabozo de al lado había una presa que se pasaba las horas cantando. Manolita se llamaba, y cantaba Tomo y obligo, de Gardel. Sólo sabe que se llamaba Manolita.
—Anda, Manolita, vamos para arriba, a ver si allí nos cantas otro tango.
No supo más de ella, sólo que se llamaba Manolita. Cantaba muy bien, y un día ya no la oyó cantar más. Rabia. Rabia es lo único que ella sentía cuando le echaban vinagre en las heridas. Rabia. Sólo la rabia mantuvo sus labios apretados. Sólo la rabia los despegó para gritar el dolor en el vientre.
—No le pegues ahí, so bestia, ¿no ves que está preñada?
Este niño va a ser fuerte. Muy fuerte va a ser. Aguantó lo que había que aguantar. Ahora se mueve. Va a ser tan fuerte como su padre. Y tendrá el pelo rizado y negro, y las manos grandes, y la boca carnosa como la boca de su padre. Hortensia sale de los aseos llevándose la mano a la boca. La comadrona le sigue los pasos, y ella se acaricia los labios. Ella no esperaba que los besos fueran con la lengua.
Fue en Córdoba y ella llevaba dos trenzas.
35
—No te separes de mí.
Hortensia estaba junto a la puerta del locutorio, detrás de Reme y de Elvira, esperando a que salieran las diez presas que habían entrado en el primer turno de visita. La comadrona se acercó a su oído para decirle que no se separara de ella, después añadió:
—Vas a tener una visita muy especial esta tarde. Fíjate bien en el marido de mi hija.
—¿En el marido de tu hija?
—Sí, en el marido de mi hija.
Hizo hincapié al pronunciar la palabra marido, le guiñó un ojo, y volvió a hacer hincapié al volver a pronunciarla.
—En el marido de mi hija, y no grites al verlo. No le hables, sólo fíjate bien en él. Recuerda lo que te digo: no le hables, y no digas su nombre.
Hortensia no podía saber de quién le estaba hablando Sole, pero lo supo.
—¿El marido de tu hija es...?
—No digas su nombre.
—Pero ¿es..., es quien me estoy figurando que es?
—Sí. Está en la puerta del locutorio. No ha querido que te lo dijera antes por si no le dejaban entrar, pero ya está en la puerta, la paquetera acaba de pasarme esta nota, mira: «Tu hija ha entrado con su marido».
—Silencio, ¿no saben que en la cola no se habla?
Es Mercedes la que grita Silencio. Mercedes quiere aprender a gritar. La funcionaria con moño de plátano se dirige a Hortensia y a Sole:
—Ustedes dos, den un paso al frente.
Grita, porque después del suceso del dedo del niño Dios recibió una dura amonestación de la hermana María de los Serafines. Le dijo que era muy blanda con las internas, y que debía aprender a ponerse en su sitio si no quería perder su puesto.
—Se le están subiendo a la chepa, Mercedes, y si a usted se le suben a la chepa se nos suben a todas a la chepa. Tengo mis informadores, no crea que no sé lo de la cancioncita, sé lo que pasa en la prisión a todas horas y a usted se le están subiendo a la chepa. A todas horas, no lo olvide.
No lo olvida. Y Mercedes se acerca a Hortensia apuntándola con el dedo:
—¿Quiere que la castigue sin comunicar?
Hortensia quiere decir No. No, quiere decir, pero se le ha formado un nudo en la garganta que le impide hablar.
—¿Qué le pasa, no quiere contestar?
—Es que Hortensia no se encuentra bien.
Es Sole la que contesta.
—¿Y por eso tiene que hablar en la cola? Pues a lo mejor ya ha hablado bastante y no le hace falta entrar al locutorio a hablar más.
—No se encuentra, le ha dado un vahído, y yo soy nueva, y no sabía que en la cola no se puede hablar, le ha dado un vahído, por eso le he hablado yo, que soy comadrona, y como ella está encinta y yo soy comadrona, le he preguntado de cuántas faltas está.
Las presas del primer turno comenzaron a salir del locutorio. Hortensia las miró, miró a Mercedes, apretó los labios y contuvo las lágrimas. La desesperación le hizo tragar el nudo que cerraba su garganta: