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—Hoy es Navidad, se lo pido por Dios. Déjeme entrar.

No tuvo valor para negárselo, Mercedes. Y dio la orden de que entrase el segundo turno después de castigar a Hortensia y a Sole.

—Mañana fregarán la galería ustedes dos. Entren de una en una. Ustedes dos pasarán las últimas.

La primera en entrar al locutorio fue Elvira. Corrió hacia la esquina derecha y se apostó pegada a la tela metálica.

—Aquí, abuelo, aquí.

También su abuelo fue el primero en entrar. Anduvo lo más aprisa que pudo y se pegó a su vez a la tela metálica que cercaba el pasillo desde su lado.

—Te traigo una sorpresa.

Pero su nieta ya no pudo oírle, las demás presas gritaban a sus parientes.

—Aquí, aquí.

—Aquí, madre, en el medio.

La sorpresa de Elvira se acercó a la tela metálica con avidez en la mirada. Elvira no reconoció a Paulino de inmediato. Su abuelo señaló al hombre que tenía a su lado y ella le miró. Le miró fijamente. Se miraron. Habían pasado casi dos años desde la última vez que se miraron. Paulino reconoció en la coleta roja a la niña que dejó en el puerto de Alicante.

—Chiqueta.

Y ella, sin pensarlo, movió la cabeza a derecha y a izquierda azotando de rojo el aire.

—Paulino.

Él se llevó el índice a los labios y le ordenó que callara su nombre. A su lado, el hijo de Reme alzaba a su nieto entre las manos estirando hacia arriba los brazos. El niño no paraba de llorar. Reme tampoco.

—Tráemelo el día de la Merced.

Suplicaba Reme intentando controlar su llanto. Pero su hijo no la oía. Su hijo sólo oía los gritos de Pepita llamando a Hortensia:

—Aquí, aquí, Hortensia.

Hortensia había entrado del brazo de Sole. Y habían entrado las últimas. Sole intentaba hacer un hueco para las dos ,junto a Reme, empujando a una presa que defendía su espacio a empujones. Hortensia buscaba a Felipe con la mirada. Soltó el brazo de Sole y se apoyó en los hombros de Reme.

—Tensi, ¿estás bien?

Ella dio un paso hacia adelante. Él se agarró a la alambrada.

La comadrona había conseguido por fin abrirse un sitio. Empujó un poco más y abrió otro para Hortensia. Le extendió la mano, y Hortensia se dejó conducir hacia su hueco mirando a Felipe.

La mujer que no sabe que va a morir se acerca a la tela metálica. No intenta hablar. Saborea la mirada de Felipe.

—Tensi.

Él pronuncia su nombre por última vez. La mira en silencio. Saborea su mirada. Ella se acaricia las mejillas con las dos manos. Y él también.

La guardiana que recorre el pasillo central camina despacio con los brazos en jarra. Mira a la derecha y a la izquierda con el ceño fruncido. Observa a los familiares. Vigila a las presas. Es La Zapatones, y murmura en voz baja una letanía, la misma que masculla siempre que le toca el turno de locutorio. Algunos creen que reza una oración. Pero no. Repite una y otra vez el último parte de guerra. El parte que su admirado Generalísimo escribió por primera vez de puño y letra. Estando enfermo de gripe, con fiebre, lo escribió de puño y letra. Y ella lo aprendió de memoria: En el día de hoy, cautivo y desarmado el ejército rojo, han alcanzado las tropas Nacionales sus últimos objetivos militares. La guerra ha terminado. Mira a las presas. Mira a sus familiares. Y repite su desprecio, una y otra vez:

Cautivo y desarmado el ejército rojo.

Una y otra vez: Cautivo y desarmado.

CUARTEL GENERAL DEL GENERALÍSIMO

ESTADO MAYOR

SECCIÓR DE OPERACIONES

PARTE OFICIAL DE GUERRA

correspondiente al día 1° de abril de 1939

III Año Triunfal

En el día de hoy, cautivo y desarmado el ejército rojo, han alcanzado las tropas Racionales sus últimos objetivos militares.

                                  LA GUERRA HA TERMINADO.

BURGOS 1° de abril de 1939

Año de la Victoria

EL GENERALÍSIMO,

SEGUNDA PARTE

«Quieres llorar.

Y es tiempo de sequía.

Quieres llorar. Y son tus ojos

girasoles marchitos.»

MARTÍN ROMERO MORENO

1

En silencio y en orden regresan a la galería número dos las reclusas que han ido a comunicar. En silencio y en orden, todas, excepto Reme, que lleva en la mano una silla baja de anea que le ha traído Benjamín, se dirigen hacia sus petates enrollados contra las paredes del pasillo central, en los peldaños de las escaleras o en las celdas, donde tomarán asiento para memorizar la visita en silencio y en orden. Con la mirada perdida, intentarán atrapar los últimos diez minutos, retener el tiempo que ha pasado ya, para el recuerdo.

Reme guarda en su mirada perdida el llanto de su nieto. Coloca su silla junto al petate de Hortensia y la invita a sentarse. Reme no debe llorar. Y no llora. Volverá a ver al niño en septiembre, el día de la Merced, el veinticuatro; de hoy en ocho meses volverá a verlo. El día de la patrona de prisiones permiten a los niños entrar al patio del penal. Y Reme abrazará a su nieto por primera vez.

Diez minutos. Todas y cada una de las presas que han pasado diez minutos frente a sus familiares perderán la mirada muchas veces. Se perderán, porque tienen un lugar donde perderse. Diez minutos. Y Hortensia acepta la silla de anea, y en sus ojos resplandecen los ojos de Felipe; su sonrisa sonríe en su boca; y son las manos grandes de Felipe las que acarician las mejillas de Hortensia con las manos de Hortensia. Diez minutos. Y Hortensia no debe llorar. Se sienta. Y no llora. A su lado, Elvira se desata con furia la coleta. No debe llorar. Pero llora. Llora y se despeina porque no sabe cuándo podrá volver a agitar su cola de caballo para su hermano.

—Elvira, compórtese.

A La Veneno le irrita que las internas pierdan el control. Y Elvira comienza a perderlo. No permitirá sus lágrimas. No permitirá que revolucione a las demás. No lo permitirá. Se acercará a ella con los brazos cruzados bajo el escapulario delantero de su hábito y le ordenará con un grito que se controle: