Выбрать главу

—Contrólese.

La disciplina comienza por el control. La hermana María de los Serafines lo sabe. Y está dispuesta a castigar a la niña pelirroja que no va a morir. La mira con desprecio mientras Elvira llora y revuelve su melena con las dos manos después de arrojar su lazo a los pies de la monja, después de arrojar a sus pies su desesperación.

El volumen del vientre de Hortensia le impide levantarse deprisa. Quiere recoger el lazo. Quiere tranquilizar a Elvira porque teme que la hermana María de los Serafines la castigue.

La va a castigar, sí.

—Sabe de sobra que no quiero lágrimas aquí. Sabe de sobra que no consiento ni una sola rabieta. Lo sabe. Y, por si se le ha olvidado, yo se lo voy a recordar.

La monja la ha cogido por el brazo y la levanta de un tirón de su petate.

—Venga conmigo.

Se la lleva.

Hortensia consigue superar la torpeza, se levanta sujetándose los riñones y se acerca a la monja.

—Hermana, por caridad, no se la lleve, está malita, tiene calentura, y tose.

Reme y Sole siguen a Hortensia.

—Está del pecho, tiene una tos muy fuerte.

—La tiene agarrada en lo hondo, no sabe usted bien cómo está esa niña.

La hermana María de los Serafines se vuelve hacia ellas. Aprieta los dientes y frunce el ceño al mirar a las tres. Sin mediar palabra, tira del brazo de Elvira y la empuja hacia el pasillo.

Se la lleva.

Sí, se la lleva.

Y Elvira no para de llorar.

2

La melena roja de Elvira ha dejado de ser de Elvira. Antes de cortársela, La Veneno le hizo una trenza. De raíz, se la cortó de raíz en presencia de La Zapatones, que estaba de pie frente a Elvira, la barbilla adelantada hacia ella y las piernas abiertas, vigilante, con los pulgares colgados en su cinturón, ordenándole que no se moviera.

—No se mueva.

Se la cortó de raíz, La Veneno. Después entregó su trenza roja a La Zapatones. Y La Zapatones la metió en la bolsa donde guardan el pelo, para venderlo.

—A ver si ahora aprende.

Ha aprendido Elvira. No debe llorar. Regresa a la galería número dos sin su melena. No debe llorar. Y no llora. Se sienta en su petate tapándose la cabeza con las manos y se lamenta sin llorar:

—Me han robado el pelo.

Intenta consolarla, Reme, y comienza a decir el refrán que se ha repetido a sí misma tantas veces:

—El que se pela...

Pero Elvira la interrumpe sin consuelo y se abraza a ella:

—No se estrena, Reme, no se estrena.

—¡Sangre mía!

Le dice sangre mía, aunque en esta ocasión Reme no piensa en sus hijas, y le acaricia la cabeza.

—Crece, crece pronto, ya lo verás.

—Me lo han robado.

Y dice que se lo han robado porque muchas presas venden su cabello a las monjas, para comprar en el economato de la prisión. Y las monjas lo venden a su vez a los traperos, para hacer caridad.

—Van a venderlo.

Elvira ve su pelo trenzado caer a la bolsa. Ve cómo se desliza su trenza. Ve cómo resbala un pez en la talega de un pescador. Y no ve cómo se acerca Mercedes colocándose las horquillas de su moño de plátano:

—Qué silla más bonita.

Hortensia acaricia la espalda de Elvira y contesta que la silla no es suya sin mirar a la funcionaria.

—¿De quién es?

—Déjenos en paz.

—¿Cómo dice?

—Hágame usted ese favor, estamos en familia y en familia queremos estar. La silla es de la Reme, por si lo quiere saber de veras. Y ahora que ya lo sabe, ¿quiere alguna cosita más, vida mía?

Todas las miradas se dirigen hacia Mercedes: la de Sole, la de Elvira, la de Reme, la de Hortensia; y Mercedes da media vuelta mientras las presas continúan mirándola.

—Coño, le has echado valor.

Rió Sole al admirar a Hortensia.

—Cojones es lo que le ha echado.

Rió Reme. Rieron las demás. Y rió Elvira.

—Ahora vamos a ver lo que nos han traído, que los malos momentos vienen solos, pero los buenos hay que buscarlos.

—Y en barriga llena no entran penas.

Lo primero que vio Hortensia entre las cosas que le había enviado Pepita fue su vestido. Un vestido de franela gris, cuajado de pequeñísimos ramilletes blancos.

—Quiere que me alivie el luto.

—Pues hala, a aliviarse, Hortensia.

Reme sacó un paquete envuelto en papel de estraza. Era jamón. Un pequeño trozo de jamón.

—Benjamín me ha traído jamón.

—¿Jamón? ¿Has dicho jamón?

—Pobre, yo le había pedido jabón. Yo le había pedido una pastilla de jabón. Y él me ha traído jamón. Me entendería mal.

—Yo tengo pavo, madre mía de mi vida. Mira, Elvirita, tengo pavo.

—Hoy vamos a cenar largo, Elvirita.

—Como reinas, hija, como reinas.

—Pues yo voy a ir al economato a comprar agua caliente y nos hacemos un café, ¿quieres?

Todas intentaban distraer a Elvira, que dejó de tocarse la cabeza para buscar sus viandas, y gritó entusiasmada al descubrir la sorpresa que le había enviado su abuelo:

—¡Turrón!

Esa noche, mientras compartan el placer de saciar el hambre, Hortensia, Reme y Sole pensarán en Tomasa. Pero ninguna de ellas hablará de Tomasa.

Elvira sólo pensará en su hermano. Comerá intentando recordar su aspecto, apreciará el gran parecido con su padre. Después, dormirá junto a Reme, abrazándose a ella para sentir su calor, y despertará en numerosas ocasiones:

—Paulino.

Lo verá acercarse a la valla metálica del locutorio y llevarse el índice a los labios. Se mirarán los dos. Se reconocerán:

—Paulino.

Ella intentará dormir de nuevo, tapándose la boca

con la mano, para callar su nombre. Y volverá a dormir. Y volverá a verlo. Y no podrá evitarlo, gritará: