—Paulino.
Él volverá a llevarse el índice a los labios.
3
La carta que escribió Paulino continúa en el bolsillo de su chaqueta. La escribió para Pepita. Y la olvidó. La olvidó por completo al ver a su abuelo en la puerta de la prisión de Ventas. Ahora la acaricia con los dedos. Y duda. Quizá sería mejor no entregársela. Aprieta la carta que escribió al llegar a casa de Amalia, la salmantina que milita en Solidaridad Obrera, la hija de Sole. Tengo que irme, pero quiero que sepas que, aunque mi gusto sería quedarme contigo, mi deber está por encima de mi gusto, y siempre lo estará. Quizá sería mejor decirle a Pepita que olvide lo que le pidió en la iglesia de San Judas Tadeo.
Aprieta la carta. La arruga.
Y camina junto a Pepita.
El grupo que se había formado para entrar en la prisión se dispersó al salir. Los que habían entrado juntos salieron juntos y se despidieron en la puerta. Cada cual marchó con los que había llegado, pero Paulino le dijo a Felipe que no regresaría con él, que llevaría a su abuelo a casa. Y le pidió a Pepita que les acompañara.
—Si es de tu gusto...
Si es de tu gusto, contestó ella ruborizada mirándole a los ojos. Y ahora que ya se han despedido de don Javier, caminan juntos. Solos. Y los ojos de un color imposible vuelven a mirarle con rubor mientras él arruga la carta en su bolsillo y Pepita baja la mirada para hablarle a media voz:
—Me pediste una contestación que todavía no te he dado. ¿Quieres que te la dé, o ya no quieres?
—Antes, quiero que sepas una cosa.
—¿Qué cosa?
—Una cosa muy importante, que quiero que entiendas bien.
—Tú dirás.
—Quiero que la entiendas muy bien, ¿comprendes? Si después de lo que voy a decirte no quieres saber nada de mí, lo entenderé, ¿comprendes?
Ella continuó mirando al suelo. La indignación que había sentido al creerse abandonada por Paulino había ido en aumento a medida que pasaron los días. Pero desapareció al instante cuando le vio en la prisión de Ventas. Al verle llegar, se desvaneció el abandono. Se desvaneció el temor a no verle nunca más. Aunque ahora, prende en ella idéntico temor. ¿Qué es aquello que debe saber antes de contestar? Va a abandonarla. ¿Qué debe comprender? No volverá a verla nunca más.
El volvió a preguntar:
—¿Comprendes?
Ella temió más que nunca al responder de nuevo:
—Tú dirás.
—Soy comunista.
Pepita soltó una carcajada y se llevó la mano a la boca para seguir riendo.
—¿De qué te ríes?
—Yo me estaba figurando que me ibas a decir que estabas casado, o que tenías un chiquillo por esos mundos.
—Qué cosas tienes.
—A ver, como andas por ahí, en la guerra.
—Esto es mucho más serio que un hijo, chiqueta. Soy comunista, y lo seré toda la vida. Voy a Toulouse a ponerme a disposición del Comité Central. Pueden cogerme por el camino y meterme en la cárcel, o pueden matarme, ¿comprendes?
—Mucha importancia te das tú, ¿qué hay que comprender? Yo ya sabía que eras comunista. Felipe es comunista, mi hermana es comunista, y don Fernando, el último que me podía yo imaginar, también es comunista. Hasta la señora Celia es comunista, cómo no ibas a serlo tú.
—Pero yo soy un huido, chiqueta, ando escondido y tengo que seguir escondiéndome. No quiero engañarte, no sé cuánto tiempo seguirá siendo así. Tienes que saber que soy un hombre político y que nadie podrá cambiar mis ideas. Nadie. Esto es una cosa más seria que si hubiera tenido un hijo, y será así hasta que me muera, o hasta que me maten si me tienen que matar.
—Y la mujer que comparta tu suerte ha de ser conforme con eso.
—La mujer que comparta mi suerte ha de saber que la suya puede ser muy negra. Me pueden coger y me pueden matar, nos podemos casar y quedar viuda o me pueden matar sin casarnos. Y tú tienes que pensarlo bien. Yo no sé si tengo derecho a pedírtelo, o si hubiera sido mejor no pedírtelo. Yo no sé cuánto tiempo tendré que seguir escondiéndome.
Ella levantó la vista del suelo. Él le tomó la mano y la pasó bajo su brazo.
—¿Quieres ser mi novia?
Sonrieron los dos. Los dos desearon abrazarse. Ella se colgó de su brazo y comenzó a caminar deprisa.
—¿Adónde me llevas?
—Adonde van los novios de Madrid.
Lo condujo a la estación de Delicias, y cuando llegó el primer tren y descendieron los primeros viajeros, le abrazó.
Y se entregó a su suerte en aquel abrazo.
Algas.
Sus besos fueron algas enredadas en agua de mar. Algas en dos mares que se encuentran.
Algas.
Sí.
4
—¿Seis mil seiscientas?
—Seis mil seiscientas.
—Están locos.
—Si fuéramos socialistas no nos cobrarían ni una perra chica.
—¿Eso te han dicho?
—Eso mismo, lo primero que me ha preguntado esa rubia es si somos socialistas.
Mientras Felipe y Amalia esperaban a Paulino en la cocina, la militante socialista a la que se refería Felipe aguardaba en la sala de estar. Era rubia, sí. De nariz aguileña y barbilla prominente, vasca, de San Sebastián. La salmantina que milita en Solidaridad Obrera la había llevado a su casa para preparar la fuga de Paulino y Felipe. Pero Paulino no había regresado aún de acompañar a su abuelo, y Felipe obligó a la rubia a sentarse en la sala hasta que regresara. Y la rubia se sentó, después de mantener una breve conversación con Felipe, en la que intentó convencerle de que huir a través de Portugal era imposible. Los que cruzaban la frontera portuguesa eran devueltos de inmediato por los guardinhasde Salazar. Lo más sensato era pasarlos por Irún, así lo estaban haciendo con otros compañeros, y así se lo propuso sin darle otra opción.
—Tú decides, pero nosotros no sacamos a nadie por Portugal.
—Yo no decido solo, hay que esperar a que llegue mi camarada.
—No puedo esperar, habíamos quedado a las ocho y son las ocho.
—No sé a qué viene tanta prisa.
—Oye, los vuestros están cayendo cual pichones, supongo que eso sí lo sabes.