Hortensia las verá salir en fila del patio. A todas las verá mirar un momento hacia lo alto. Y sabrá que todas llevan una misma esperanza. Una esperanza idéntica. Y las verá regresar sin ella, mirando las doce hacia la tierra.
Esa misma noche formarán otra fila en la galería después de que La Zapatones lea sus nombres en una lista y La Veneno les ordene salir con la ropa puesta.
—Las nombradas, salgan con la ropa puesta.
—Faltan tres.
—¿Cómo que faltan tres?
—Sí, aquí hay nueve.
Las nueve jóvenes que ya están en fila miran a sus compañeras de expediente. Hortensia, Elvira, Reme y Sole las miran también. El miedo ha paralizado a las tres mujeres que deben salir. La funcionaria grita sus nombres. La Veneno se impacienta:
—¿Es que no están?
La Zapatones mira a un lado y a otro, confusa:
—Tienen que estar.
Y vuelve a nombrarlas.
El pánico de las condenadas aumenta con los gritos que pronuncian sus nombres. Ninguna de las tres es capaz de moverse.
—Bendito sea Dios, ¿pero usted no sabe a quién se tiene que llevar?
—Sí, hermana, a las que están en la lista, pero yo no puedo conocer a todas las internas una por una. Tienen que salir ellas.
—¡Esto es el colmo!
La hermana María de los Serafines gritará con vehemencia. Exigirá a las tres condenadas que salgan.
—¡Salgan!
El miedo crece.
De nuevo, tres nombres serán lanzados al aire como una descarga. Y ninguna de las nombradas, incapaces de reaccionar, podrá vencer su parálisis.
—¡Ya está bien! Llévese a las nueve que tiene y vuelva con refuerzos.
Vendrán los refuerzos. Todas las presas de la galería número dos derecha serán obligadas a formar en el pasillo. Hortensia, Reme, Elvira y Sole se situarán junto a las tres condenadas, que habrán podido apenas dar dos pasos, arropadas por el movimiento de las demás. Volverán a gritar sus nombres.
Volverá el silencio, la parálisis, el miedo.
—Si no quieren decir ustedes quiénes son, contamos hasta treinta.
Y contaron hasta treinta. Y sacaron a cuatro de la fila. Tres veces contaron hasta treinta.
A doce presas sacaron de la fila. Elvira estaba entre ellas.
—¡Vamos!
Y, a la orden de ¡Vamos!, comenzaron las doce a caminar.
Nadie preguntó a las nombradas por qué no salían. Nadie las señaló con la mirada.
Ellas verán cómo se llevan a sus compañeras. Comprobarán que es cierto: se las llevan. Es cierto.
Y vencerán el pánico.
Darán dos pasos al frente.
Y saldrán.
La Veneno detendrá la marcha de las que había escogido el azar, y las doce abrazarán a las tres condenadas. Y les darán las gracias.
Elvira se abrazará a Reme.
—¡Sangre mía!
Y Hortensia se abrazará al hijo que lleva en el vientre. Y comenzarán los dolores de parto.
15
—Lleva toda la noche, doctor, y toda la mañana. Alumbra la coronilla y luego se vuelve para atrás.
—¿Y qué quiere que haga yo? Yo no soy tocólogo, Sole.
—Salve a ese niño. Sálvelo usted que es médico y lo puede salvar. Yo no he visto un parto tan torcido en todo lo que llevo de vida. La criatura está colocada, pero cuando parece que viene deja de venir.
Apenas sin fuerzas, Hortensia solloza en la camilla de reconocimiento de la enfermería. Mercedes le aprieta la mano y le seca el sudor de la frente dándole ánimos:
—Anda hija, que ya está aquí, tienes que empujar.
—Que se lo den a mi hermana, hágame usted ese favor, que no lo lleven al orfelinato, que se lo den a mi hermana, por lo que más quiera usted.
El parto del hijo de Hortensia tardó aún siete horas más. Las contracciones mantenían a la parturienta en un quejido continuo. La comadrona no sabía qué hacer. Y el médico tampoco, registró en su memoria las clases de tocología en la Universidad, las prácticas en la maternidad de Santa Cristina y los manuales de obstetricia que manejó en los cursos superiores en la Facultad de Medicina. Cuando la mujer que iba a morir dio por fin a luz, don Fernando cortó el cordón umbilical y cogió al recién nacido por los pies gritando que era una niña sin disimular su alivio y sin reprimir su alegría.
—¡Una niña!
—¿Está sanita?
—Sanita, y tan guapa como la madre.
—Deje que vea si viene completita, doctor.
El médico entregó a la niña a los brazos abiertos de la madre.
Y Hortensia le contó uno a uno los dedos de las manos.
—Cinco deditos en cada mano.
—Y otros tantos en cada pie, Hortensia. Está enterita. ¿Cómo le vas a poner?
—Tensi. Se llamará Tensi.
—¿Tensi?
—Hortensia, pero un día conocerá a su padre y él la llamará Tensi, como me dice a mí.
El médico se retiró a lavarse las manos pensando en su esposa, en lo feliz que estaría con un hijo en los brazos, el niño que ambos deseaban y que nunca llegó. Era tiempo ya para la reconciliación. Ya era tiempo. Él no había querido decirle que volvía a ser médico. No había querido, porque las razones que le llevaron a regresar al ejercicio de la medicina nada tenían que ver con ella y no eran motivo de orgullo para él. Y no había querido, porque aún no sabía si había tomado la decisión correcta. Pero hoy ha traído un niño al mundo, y desea compartir con doña Amparo su satisfacción.
—Doctor, ¿puedo pedirle un favor?
Era Sole, que se acercó a él extendiéndole una toalla.
—Dígame, si está en mi mano...
La comadrona le contó la situación de Hortensia, los temores ante la inminencia de su ejecución:
—Van a fusilar a Hortensia.
—¿Cómo dice?
—Estaban esperando a que naciera la niña.
Don Fernando enjuga la humedad de sus dedos, uno a uno, como si quisiera limpiarse el horror.
—Pero ¿qué me está diciendo?
—Que ya ha nacido la niña. Así que van a fusilar a la madre. Y a la niña la llevarán a la inclusa, o se la darán a cualquiera.