—¿Y qué puedo hacer yo? Yo no puedo hacer nada.
—Pídale a la guardia civila que avisen a su hermana. Si usted se lo pide, lo hará. Hoy es día de visita, estará en la puerta. Usted sólo tiene que decirle que le mande recado de que la niña ha nacido ya, y que venga a por ella.
Las manos del doctor Ortega ya están secas. Sole insiste en su ruego mientras le retira la toalla:
—Es usted una persona buena, doctor, lo lleva escrito en la cara, ¿hará usted esa bondad?
Sole ha dejado la toalla sobre el lavabo y tira de la manga del médico. Le mira a los ojos como quien se asoma a un pozo para ver si hay agua. ¿Hará usted esa bondad? Vuelve a preguntar. Y luego le pide perdón, al advertir que le está tirando de la manga.
—No se preocupe, Sole, lo haré.
Lo hará. Le dirá a Mercedes que busque a la hermana de Hortensia en la puerta, sin saber que la hermana de Hortensia se llama Pepita. Sin saber que la hermana de la mujer que acaba de ser madre es la joven de ojos azulísimos que determinó su regreso al ejercicio de la medicina. Él sabía que una hermana de Pepita estaba en Ventas. Lo sabía. Pero lo había olvidado. Se lo dijo doña Celia cuando le pidió, de parte de El Chaqueta Negra, que tomara a su servicio a la hermana de una camarada presa. Y lo había olvidado. Hortensia es la hermana de la muchacha de ojos azulísimos que le envió doña Celia. Pepita. Y el marido de Hortensia es el hombre que tenía una bala en el costado. Don Fernando no será consciente de ello hasta que entregue el recado a Mercedes, hasta que pronuncie el nombre de Hortensia y diga que su hermana ha de saber que la niña ha nacido. Entonces comenzará a relacionar a las dos mujeres. Y recordará las palabras atropelladas de Pepita, las que soltó de corrido cuando le llevó el mensaje de El Chaqueta Negra:
—... porque Felipe tiene una bala dentro y hay que sacarla, para que no se muera. Y usted es médico, señorito, usted es el médico que necesita el marido de mi hermana Hortensia, que está presa y está preñada y se morirá si Felipe llega a morirse.
Y saldrá de la prisión pensando en Pepita. En Hortensia. En Felipe, en el proyectil que le extrajo del costado. En la niña que acaba de traer al mundo. Y en su regreso definitivo a la medicina.
Y llegará a casa habiendo decidido que siempre será médico.
Sonreirá al abrir la puerta. Sonreirá, porque ya es tiempo de comunicarle su decisión a su esposa. Se quitará la capa española, la colgará del perchero sonriendo y procurará que suenen sus pasos al caminar. Se dirigirá hacia el reloj de pared del pasillo, le dará cuerda sin perder la sonrisa.
Y subirá las escaleras despacio.
Pisará fuerte, para que doña Amparo sepa que está subiendo.
Por fin está subiendo.
Y doña Amparo oirá los pasos que suben, los oirá con claridad. Está subiendo. Su marido está subiendo las escaleras de la torre.
Por fin está subiendo.
Y ella comenzará a bajar.
16
Todas las mañanas, antes de acudir a la estación a recoger carbonilla, Pepita irá a la prisión de Ventas a preguntar por Hortensia, tal y como le indicó Mercedes el día que nació la niña. Y todas las mañanas le contestarán lo mismo:
—Tu hermana está bien, la han llevado al pabellón de madres. Ven el día de visita.
—¿Se sabe ya cuándo...?
—¿Cuándo qué?
—¿Cuándo la sacan?
—Ya está bien, ¿no? Te he dicho que eso no se pregunta, y que vengas el día de visita. ¿Es que no te cansas de preguntar?
No había modo de saber hasta cuándo permitirían que Hortensia amamantara a su hija. No había modo, pero Pepita no se cansaba de preguntar.
—Es por la niña, ¿sabe usted? Yo soy su tía y soy yo quien me la tengo que llevar cuando saquen a mi hermana. No sea que vaya a ser que crean que no tiene a nadie, pero me tiene a mí. Es por eso, y por nada más que por eso, que preciso saber cuándo...
—Ya lo sé, ya lo sé, me lo has dicho mil veces y mil veces te he dicho yo que aquí eso no se pregunta. ¿Te has enterado ya?
—Sí, señora.
—Pues, hala, ahora vete y vuelve el día de visita.
Sí, señora, volvía a decir Pepita, y se marchaba tranquila sabiendo que a su hermana le habían concedido un día más.
Pudiera ser que se apiadaran de Hortensia y, a pesar de que le habían denegado el indulto, la dejaran vivir. Pudiera ser. Incluso podrían olvidar que estaba pendiente su pena. Pudiera ser que no se acordaran de ella. Pero se acordarán de ella.
Durante un mes y medio, Pepita acudirá por las mañanas a la puerta de la prisión. Los días de visita verá a Hortensia en el locutorio, siempre con su hija en los brazos, preguntando siempre si Pepita le trae noticias de su marido:
—¿Sabes algo de él?
—¿Qué?
Alzará a la niña envuelta en una toquilla blanca que le han tejido sus compañeras de galería, Elvira, Reme y Sole.
—Dile que es rubia, y que tiene los ojos celestes como tú, y como madre.
Pero Pepita no oye a Hortensia, ni puede ver a la niña. No puede distinguir más que un bulto en la penumbra, enrollado en una toquilla, detrás de las telas metálicas. Grita, para intentar que su hermana le oiga decir que la niña es muy guapa.
—¡Es muy guapa, muy guapa!
Aunque no sabe si es muy guapa.
Al cumplirse un mes y medio del nacimiento de la niña, cuando Pepita llegue temprano a la puerta de la prisión para preguntar por Hortensia, la portera no le contestará que regrese el día de visita.
—Espera aquí un momento.
—¿Qué pasa?
—Nada, tú espera aquí.
La funcionaria con moño en forma de plátano aparecerá al cabo de unos minutos. Le entregará a Pepita una bolsa de labor, y a la niña que lleva en los brazos. Y entonces Pepita sabrá que esa misma mañana regresará su luto riguroso.
Cuando llegue con su dolor a la pensión, doña Celia la estará esperando. A su rostro asomará la angustia de buscar palabras que sirvan para nombrar la muerte. Pero al ver a la niña en brazos de Pepita, sabrá que no es necesario nombrarla.
—Le he lavado la cara.
Le he lavado la cara, le dirá.
—Y le he cerrado los ojos.
Y le ha cerrado los ojos.
Y le entregará un pequeño trozo de tela cortado a tijera.
Un trozo de franela gris, con florecitas blancas.