—Mire, señora Tomasa, el alcalde. Ese es el alcalde.
Don José. Se llamaba don José. Llevaba a su mujer del brazo, y un sombrero panamá. Atardecía. Don José iba con un traje de lino, y con su esposa del brazo. Tenían una hija que se llamaba Libertad.
18
—Esta noche la sacan.
—¿Está segura? ¿Y cómo lo sabe?
Sole y Mercedes estaban arreglando la cama de una enferma. La funcionaria se acercó al oído de la presa cuando remetían las dos una sábana. Así supo Sole que a Hortensia le quedaba una noche.
Y Mercedes lo supo por casualidad. La funcionaria se encontraba en Dirección para pedir un cambio de turno, cuando escuchó la orden de labios de la hermana María de los Serafines y oyó cómo la superiora le proponía a La Zapatones asistir a la expedición como testigo. La Zapatones aceptó, y Mercedes cayó desmayada al suelo.
—¿Come usted bien?
—Sí, hermana.
—Ande, váyase a la enfermería. Y que la vea el médico.
Después de recibir unas palmadas en las mejillas, Mercedes se levantó y con el rostro aún pálido, abandonó el despacho olvidando pedir el cambio de turno. Y corrió la voz:
—Esta noche la sacan.
—Esta noche la sacan.
Reme y Elvira se llevaron las manos a la cabeza al enterarse de la noticia y, a pesar de que tenían prohibido acercarse al pabellón de madres, se colaron con Sole para despedirse de Hortensia. Las tres pudieron abrazarla.
Reme cogió un momento a la niña en brazos. Sole envolvió a Hortensia en un abrazo largo, muy largo. Y Elvira le acarició las mejillas:
—No duele.
Las palabras llegaron a los labios de Elvira sin que las hubiera pensado, cuando su terror más íntimo la estremeció al sentir en sus dedos la ternura de Hortensia.
—Me han dicho que no duele.
Todos los comentarios del día siguiente giraron en torno a la niña y a la madre.
—Dicen que la nueva la acompañó a la capilla y se quedó fuera con la hija toda la noche. Y que la niña no paró de berrear de hambre, criaturita.
Y que el cura la quiso convencer para que confesara y comulgara. Le dijo que su deber era salvarle el alma, y que si se ponía en orden con Dios le dejaba que le diera la teta a la niña. Pero ni confesó ni comulgó, no consintió, esa mujer tenía los principios más hondos que el propio corazón.
Y dicen que La Zapatones le metió prisa para vestirse. Y ella la encaró diciendo que la dejara tranquila. ¿No ve que me estoy poniendo mi propia mortaja?, dicen que dijo, y se vistió tranquila con un vestido que le había hecho su hermana para Navidad.
Y dicen, y es cierto, que cuando el capellán se marchó de la capilla, Hortensia escribió una carta. Y en el momento en que acabó de firmarla, Mercedes entró y permitió que la madre amamantara a la hija.
—Gracias.
Gracias, le dijo la mujer que iba a morir. Amamantó a la niña, la besó, y luego le pidió a Mercedes que se la entregara a Pepita.
—Me han dicho que viene a por ella todas las mañanas.
Había llegado la madrugada, cuando sonó el motor de un camión. Hortensia se quitó los pendientes y se los dio a Mercedes, ocultó en la toquilla sus dos cuadernos azules y el documento de su sentencia, y le rogó a la funcionaria que recogiera su bolsa de labor por la mañana y se lo entregara todo a su hermana. Es para la niña, le dijo.
Era el día seis de marzo de mil novecientos cuarenta y uno. En el libro de inscripción de defunciones del cementerio del Este anotaron el nombre y dos apellidos de diecisiete ajusticiados. Dieciséis hombres y una mujer. Una sola: Isabel Gómez Sánchez. Hortensia no figura en la lista. El nombre de Hortensia Rodríguez García no consta en el registro de fusilados del día seis de marzo de mil novecientos cuarenta y uno. Pero cuentan que aquella madrugada, Hortensia miró de frente al piquete, como todos.
—¡Viva la República!
Y dicen, y es cierto, que una mujer se acercó a los caídos y se arrodilló junto a Hortensia.
Llevaba unas tijeras en la mano. Le cortó un trocito de tela del vestido que se había puesto para morir.
Y le cerró los ojos.
Y le lavó la cara.
RESULTANDO.— Probado y así lo declara el Consejo, que la procesada, Hortensia Rodríguez García, de malos antecedentes morales y perteneciente a las J.S.U., ingresa voluntaria en el Ejército rojo prestando servicio en las Milicias del Pueblo de Córdoba, y toma parte en los desmanes y crímenes que se cometen en la citada capital contra personas de derechas. Y probado, así mismo, que la procesada es detenida en las huertas de El Altollano mientras hacia acopio de víveres destinados a los bandoleros de Cerro Umbría.
CONSIDERANDO.— Que los hechos que se declaran probados y que se refieren a la procesada, son constitutivos de un delito de ADHESIÓN A LA REBELIÓN, previsto y penado en el Núm. 2 del art. 258 del C. de J. M., delito del que aparece responsable en concepto de autora por su participación directa y voluntaria.
CONSIDERANDO.— Que el Consejo, haciendo uso de las facultades que le conceden los art. 172 y 173 del C. de J.M., y teniendo en cuenta que es de aplicar el Grupo Y, apartado 11 —con agravante de trascendencia y peligrosidad—, del Anexo a la Orden de 15 de enero de 1940, estima justo imponer la pena en su máxima extensión.
CONSIDERANDO.— Que todo responsable criminalmente de un delito o falta lo es también civilmente.
VISTOS.— los preceptos citados y demás de general aplicación.
FALLAMOS.— Que debemos condenar y condenamos a la procesada, como autora del delito de ADHESIÓN A LA REBELIÓN, con las agravantes de trascendencia y peligrosidad, a la pena de MUERTE y accesorias legales correspondientes, para caso de indulto, debiendo ser ejecutada la procesada por FUSILAMIENTO. En cuanto a responsabilidad civil se estará a lo dispuesto en la ley de 9 de febrero de 1939.
Así por ésta nuestra sentencia lo pronunciamos, mandamos y firmamos.
TERCERA PARTE