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—Reme, Reme.

—¿Qué?

—Toma.

Era el Día de Difuntos. El día en que Reme y Tomasa se encontraron más solas que nunca cuando regresaron a la galería número dos derecha, en fila, en silencio y orden desde el taller de costura. Dos mantas ensanchaban los refajos de Reme.

—Hoy se nos ha dado bien.

—Sí, se nos ha dado bien.

El tono de sus voces denotaba que las dos mujeres intentaban ocultar su tristeza. La añoranza que sentían por sus compañeras añadía confusión a la congoja que ambas descubrieron al verlas marchar. Alegría, sí, sintieron una profunda alegría al observar cómo alcanzaban la puerta de salida.

—Mira, Reme, ya han abierto la puerta de la jaula.

—Y ya salen, Tomasa, ya salen.

Reme y Tomasa se emocionaron al verse libres, también ellas, por un momento. Libres, al verlas liberadas. Pero después, la libertad de sus compañeras aumentó el cautiverio al que regresaron cuando se dieron la vuelta y caminaron solas hacia el patio.

Solas.

—¿Tienes hambre?

—Claro que tengo hambre, ¿cómo no voy a tener hambre, carajo?

Tristes.

Tomasa piensa en sus hijos. Siempre que está triste, piensa en sus hijos, arrastrados por la corriente río abajo.

—Reme.

—¿Qué?

—¿Tú sabes si todo lo que se lleva el río aparece luego en el mar?

—Todo lo que se lleva la corriente está en el fondo del mar.

Esa misma noche, en la reunión de Partido en la habitación de los lavabos, Tomasa y Reme debían incorporarse a una nueva familia. Como Reme recibía paquetes y Tomasa no, buscaron un grupo que ya estuviera compensado. Se sumaron al de cuatro presas en el que sólo dos de ellas recibían comida. Era la familia de la mujer que lloraba el día de la Merced por no haber reconocido a sus hijas. Reme le preguntó su nombre.

—Josefina.

—¿De dónde eres?

—De Gijón.

Y Tomasa le preguntó por el mar.

Reme y Tomasa abandonaron su espacio en el pasillo central, y se acomodaron en el interior de la celda que ocupaba su nueva familia junto a otro grupo de seis presas. En el momento en que Josefina les mostraba las dos baldosas que les correspondían a cada una, la voz de La Zapatones llamó a recuento. La funcionaria había pasado el día esperando el regreso de Elvira. Pendiente del registro de entradas, iba y venía, y contaba una y otra vez a las presas, como si al contarlas pudiera suceder que la niña pelirroja apareciera.

Pero Elvira no regresará jamás a la prisión de Ventas.

No.

La Zapatones no sabe que Elvira no regresará. No sabe tampoco que la orden de traslado de Sole fue una artimaña. Ni sabe que doña Antoñita Colomé no se desmayó nunca. Inicia de nuevo un recuento a deshora, y tuerce el gesto al llegar a Tomasa.

—¿Cuándo traen a Elvirita?

La Zapatones no contesta, y ella repite la pregunta:

—¿Cuándo traen a Elvirita?

La insistencia de la extremeña de piel cetrina aumenta la inquietud de la funcionaria. Tomasa lo sabe. La mira a los ojos y espera en silencio con la aviesa intención de preguntar de nuevo si no obtiene respuesta. La Zapatones le mantiene la mirada y antes de que llegue a retirarla, una voz a su espalda llama su atención:

—La hermana María de los Serafines dice que haga el favor de ir a su despacho.

Es Mercedes. Sus palabras no piden un favor, ordenan.

La orden de La Veneno estremece a La Zapatones. Tomasa aprecia el temor en el rictus de su boca. El peinado de Arriba España se gira en la cabeza erguida que se da la vuelta.

—¿Qué?

—Le llama a Dirección la hermana María de los Serafines.

Las presas de la galería número dos derecha verán marchar a La Zapatones mirando al frente. Será la última vez que la vean.

La Zapatones no volverá a hacer sonar sus llaves cuando cierre las puertas metálicas del pasillo central. No volverá a mostrar un caramelo amarillo entre sus labios rojos cuando vigile a las internas en el patio. Ni volverá a murmurar en voz baja la letanía que masculla en el locutorio, el último parte de guerra. No volverá a repetir su desprecio, una y otra vez, mirando a los familiares y a las presas. Cautivo y desarmado el ejército rojo.

Nadie volverá a ver a La Zapatones en la prisión de Ventas.

Y nadie preguntará por ella.

7

Las primeras jornadas en Cerro Umbría supusieron para Elvira el mayor reto al que se había sometido jamás. Ella, y sólo ella, debía demostrar a Mateo que su hermano no había cometido una locura. El primer día, y a pesar de las reticencias de Mateo, fue sólo disfrutar del primer día.

—Has estado a punto de reventar la operación, los intereses personales deben quedar fuera de esta historia, parece mentira que todavía no sepas eso, coño.

—Tú hubieras hecho lo mismo, Mateo, no me jodas. Tú hubieras hecho lo mismo, y lo sabes.

—A lo mejor lo sé y a lo mejor no lo sé. Pero lo que tengo por seguro es que esto le va a costar caro a la chiquilla. Deberías dejar que se la lleve Amalia.

—Ni hablar, se queda conmigo.

Sentados sobre una roca, con sus armas entre las rodillas, los dos hombres fumaban un cigarrillo mientras aguardaban a que Sole y Elvira se cambiaran de ropa. Ellos ya habían cambiado las suyas, los uniformes de falangistas los llevaban guardados en los macutos. Amalia permanecía de pie. Separada unos metros de la roca, les daba la espalda apoyada en su bastón mirando abstraída a la lejanía. Acababa de decirle a Jaime que Pepita había ido a buscarla a la puerta de Ventas.

—Fue a preguntarme por ti.

—¿Cómo está?

—Preocupada.

—¿Sabe que he vuelto?

—Lo adivina. ¿Quieres que se lo digan?

—No.

Mantenerla al margen. Jaime quiere mantenerla al margen. Desde que supo que la carta que le envió desde Francia la llevó a los sótanos de Gobernación, no ha vuelto a escribirle. No la pondría en peligro nunca más.

—Cuando todo esto acabe, iré a buscarla.

Mateo les escuchaba pensando en su hija.

—Y yo iré a por mi hija.