—La llevaba en brazos.
—¿Cómo es?
—Preciosa.
Las mujeres no tardaron en llegar junto a ellos. Vestían pantalones y cazadoras demasiado grandes para su tamaño. La sonrisa luminosa de Elvira contrastaba con el gesto preocupado de Sole. Amalia se dio la vuelta al oírlas llegar, su madre se acercó a ella y la abrazó de nuevo, con idéntico dolor al que sintió cuando la estrechó en la esquina de Alcalá con Manuel Becerra, donde Amalia esperaba a los fugados para acompañarles al cerro.
—¡Cómo te han dejado, hija!
—Estoy bien, no hacen falta dos ojos para ver. Y la pierna no me duele. ¿No has visto cómo he subido hasta aquí, madre? Anda, vamos.
Elvira giraba sobre sí misma para mostrar su indumentaria a su hermano:
—Mira, Paulino. ¿Parezco un muchacho?
Sí, parecía un muchacho.
—Ya no me llamo Paulino.
—¿Ah, no?
—No.
—¿Y cómo te llamas?
—Jaime, ¿te gusta?
—Jaime. Sí, es bonito.
Después de quedarse pensativa un momento, se dobló los puños de la chaqueta y sin perder la sonrisa preguntó:
—¿Y yo me sigo llamando Elvira?
Amalia dobló los puños de la chaqueta de su madre mientras se dirigía a Jaime Alcántara, que se calzó su gorra de visera.
—La partida de El Tordo os espera en el punto de encuentro de El Pico Montero, a las doce.
—¿Cuántos son?
—Diecisiete.
—Demasiados, habrá que hacer dos grupos.
El Chaqueta Negra había llegado desde Toulouse con dos cometidos. Uno, liberar de inmediato a Soledad Pimentel, antes de que el enemigo descubriera que pertenecía a la dirección del Partido en Salamanca, y enviarla con su hija a Francia a fin de evitar riesgos a la cúpula salmantina. El segundo, reorganizar la guerrilla y constituir la Agrupación Guerrillera de Cerro Umbría. Todos los partidos de la izquierda española en el exilio habían unido sus fuerzas en un bloque antifranquista, la Unión Nacional Española, que obligaría a los aliados a intervenir cuando acabara la guerra en Europa, para ello era necesario organizar un auténtico Ejército Guerrillero que demostrase que en España continuaba la lucha armada.
—Todavía estás a tiempo de pensar lo de Elvira, deja que se la lleve Amalia.
—Ya te he dicho que se viene conmigo, Cordobés.
Elvira temió que la insistencia de Mateo venciera sobre la decisión de su hermano de llevarla al cerro. Desde que salieron de Ventas, desde que comenzaron a caminar hacia la calle Alcalá, Mateo no había dejado de insistir en que llevarse a Elvira al cerro era una locura. Amalia estaba de acuerdo con él, y ya en el primer momento propuso que la niña pelirroja se quedara con ella en Galapagar.
—La casa de Galapagar es de confianza. Allí estaría segura, y tú podrías bajar a verla de cuando en cuando.
Pero Jaime no se dejó convencer. No volvería a abandonar a su hermana.
—Ella se viene conmigo. No insistáis. Tú ve a Galapagar, y no salgas de la casa hasta que bajemos a tu madre. Si no hay contraorden, de hoy en tres meses nos veremos allí.
La niña pelirroja respira aliviada. Se coloca a la izquierda de Jaime y le da la mano:
—Yo me voy con él.
Sole y Amalia volvieron a abrazarse. Se despidieron diciéndose la una a la otra No te preocupes por mí. Sole permanecerá tres meses en Cerro Umbría, un periodo conveniente antes de emprender su huida a Francia. Su hija se esconderá durante ese tiempo en el punto de apoyo de Galapagar. Allí acudirán dos camaradas que las ayudarán a burlar la frontera atravesando a pie los Pirineos.
En el momento en que madre e hija deshicieron el abrazo, Jaime le pidió a Amalia que hiciera algo por él. Temía que, tras la fuga de Elvira, tomaran represalias contra su abuelo.
—Haz que lo saquen de Madrid.
—No te preocupes, yo me encargo.
—Que regrese a Pamplona.
—De acuerdo.
Amalia comenzó a bajar del cerro despacio. Y los demás comenzaron a subir.
Eran las seis de la tarde del día dos de noviembre de mil novecientos cuarenta y dos.
Había comenzado a llover.
8
A Mateo no le gustaba que las mujeres estuvieran en el monte. Toleraba a Sole porque se marcharía pronto, y porque Elvira le había contado que ella fue quien atendió a Hortensia en el parto. Y aceptaba a la chiquilla pelirroja porque había demostrado que era valiente, como su hermano, y porque había aprendido a manejar las armas como un hombre. Él mismo la había adiestrado, le enseñó a disparar con su naranjero y a distinguir el sonido de las armas. Podría manejar cualquiera, aunque ella prefería su pistolita, una pequeña pistola que llevaba al cinto. Además, tenía formación política, mucho más avanzada que la mayoría de los guerrilleros de la partida. En la cárcel había aprendido todo lo que sabía de política. Y en la escuela de campaña daba clases a los hombres que no sabían leer ni escribir. Era lista, a los dieciséis sabía más que muchos que mueren de viejos. Y era fuerte. No había tardado ni un mes en curarse de la fiebre que le subía por las tardes, y casi se había curado también de la tos que se trajo de Ventas. Respiraba el aire del monte con ansia y aunque parecía una mocosa, cargaba con el macuto y el fusil y no se quejaba nunca en las marchas. Ni siquiera tropezó una sola vez cuando debían caminar de espaldas en la nieve para despistar con las huellas. Pero era mujer, aunque pareciera un muchacho, y las mujeres no deben andar como gatas salvajes por el monte. Mateo aceptaba a Elvira porque era hermana de El Chaqueta Negra. La aceptaba, porque le hablaba de Tensi.
—Háblame de Tensi, Elvirita.
—¿De la madre, o de la hija?
—De las dos.
—Tu hija tiene los ojos más azules que el cielo. Y Hortensia nunca te llamaba Cordobés, ni Mateo, ella te llamaba Felipe.
Cuando Mateo le pedía que le hablara de Tensi, Elvira siempre le decía que su mujer le llamaba Felipe. A él le gustaba recordar a Hortensia escuchando a Elvira.
Sí, toleraba a Elvira, porque le hablaba de Tensi. Porque cuando la chiquilla pelirroja pronunciaba el nombre de su esposa, y después el suyo, él se emocionaba al sentir que los reunía por un instante. Hortensia. Felipe.
Pero era mujer, y las mujeres no deben vivir como alimañas en el monte. El Chaqueta Negra no debió traerla, y lo sabe. Por eso la deja a su cuidado cuando la partida realiza una acción, como ahora. Centinela le ha dicho que es, y la chiquilla se lo ha creído. A él no puede engañarle, la excusa de que Elvira no ha participado jamás en un secuestro no es suficiente. Siempre hay una primera vez. Tampoco sirve que diga que es demasiado joven, en la partida de El Tordo están sus dos hijas, ninguna pasa de los dieciséis y nunca se quedan a guardar el campamento. Pero El Chaqueta Negra trata a su hermana como si fuera todavía la niña que dejaron en el puerto de Alicante, y esta chiquilla dejó de ser una niña al salir por la puerta de la prisión, o a lo mejor al entrar, quién lo sabe. Es una mujer, y por eso no debió traerla. No. No debió traerla.